Casi medio siglo después, la promoción del 63 del colegio "El Santo" vuelve a encontrarse

Hay encuentros que trascienden el paso del tiempo y que consiguen devolver, aunque solo sea por unas horas, la ilusión de aquellos años que permanecen intactos en el recuerdo. Eso es precisamente lo que ha vivido la promoción del 63 del colegio "El Santo", cuyos integrantes se han vuelto hoy a reunir, casi cinco décadas después de despedirse de las aulas, para compartir mesa y mantel en el restaurante La Quintería de Alcázar de San Juan.

Hoy no es un día cualquiera. Es ese del día en el que se ha abierto una cápsula en el tiempo emocional de un grupo de antiguos alumnos, que después de casi cinco décadas, han vuelto a reencontrarse. Aquellos niños que compartieron una etapa irrepetible que fue la EGB. La mayoría de ellos nacieron en 1963 y, aunque se despidieron a los 14 años con mochilas llenas de libros y sueños sencillos, hoy el destino ha permitido que se vuelvan a mirar a los ojos.

Un reencuentro que, en esencia, es como regresar a casa. Cincuenta años dan para construir caminos muy distintos y hoy son hombres y mujeres con historias propias, alegrías y dificultades superadas. El tiempo ha trazado mapas diferentes para cada uno de ellos y el espejo les devuelve versiones distintas, pero al verse han descubierto que la esencia de quienes fueron en los pasillos del colegio sigue intacta .

La vida les ha pasado por encima con cicatrices y experiencias que han guiado su camino, pero hoy comprueban que sus risas siguen teniendo el mismo código compartido de siempre. En aquellas aulas no sólo aprendieron a leer o a sumar; aprendieron a convivir, a reír, a forjar amistades que el tiempo no ha podido silenciar. La vida les ofreció diferentes mapas, pero el colegio les dio la misma brújula, esa que hoy les ha vuelto a reunir y que les enseñó que lo que el corazón aprende a querer en los pasillos de la escuela no se borra nunca.

Son el mismo grupo de amigos que arreglaba el mundo en el recreo unidos por el vínculo que se forjó cuando descubrían quienes querían ser. Aquel grupo de adolescentes se ha transformado: hoy son la versión adulta de esos niños, muchos convertidos en padres,  madres e incluso abuelos y abuelas. Cada arruga cuenta una historia y cada cana es un logro alcanzado en esta fiesta de la vida. Este encuentro ha sido un puente entre lo que fueron y lo que son hoy.

Una etapa que dejó una huella imborrable de afecto y aprendizaje, porque aunque el tiempo nos cambie la apariencia nunca podrá cambiar la historia que escribieron juntos.

Momento de celebración en el que también han querido tener un recuerdo especial para los compañeros que ya no están o no han podido estar físicamente, porque de algún modo siguen en sus memorias y conversaciones, así como para quienes fueron sus profesores, a quienes hoy agradecen la labor realizada para enseñarles el camino hacia la vida.