TRIBUTO A LA CULTURA DE MI PUEBLO

Desde la distancia, con el corazón en Alcázar de San Juan

Hace más de cincuenta años que el trabajo me obligó a abandonar Alcázar de San Juan, ese rincón de la Mancha que me vio nacer, jugar en sus calles y soñar con el futuro. Me fui joven, con la maleta llena de ilusiones y el alma partida por dejar atrás mi tierra, mis amigos, mis gentes, mi hogar y esa manera tan nuestra y peculiar de hablar sin prisas y con verdad.  Desde entonces, he vivido lejos, pero jamás me he sentido ajeno a lo que sucede en Alcázar. Uno nunca deja de ser del lugar donde aprendió a mirar la vida, nunca he dejado de ser alcazareño.

Y es precisamente desde esa distancia, - más geográfica que sentimental -, donde contemplo con orgullo cómo mi pueblo ha florecido como uno de los mayores referentes culturales de toda España. No exagero. Son pocos los municipios de características similares e incluso con mayor número de habitantes, que pueden presumir de la actividad, diversidad y vitalidad cultural que hoy tiene Alcázar. La vida allí no solo continua: vibra, canta, celebra, convive y recuerda.

Me emociona ver cómo se mantienen vivas muchas de nuestras tradiciones más antiguas: la hoguera de San Sebastián, San Antón, las luminarias de La Candelaria, los dulces de San Blas, San Antonio, el fervor de San Isidro, la celebración de Pentecostés o las “medias fiestas” en honor de Santa Águeda, Santa Apolonia y San Marcos, son algunas de esas tradiciones que marcan el calendario popular como auténticos ritos de pueblo, con el sabor de lo auténtico.

Pero Alcázar no solo vive de sus tradiciones religiosas. Al contrario, ha sabido ampliarse, reinventarse y abrir sus brazos a todo tipo de manifestaciones culturales. Ahí están las impresionantes recreaciones de Moros y cristianos,  que nos transporta siglos atrás y llena sus calles de emoción y memoria; la deliciosa y concurrida Feria de los Sabores, donde los sentidos se dan un festín y donde se mezclan la tradición gastronómica y el espíritu festivo; los veraniegos Escenarios de Verano, que llenan plazas y parques de teatro, conciertos y espectáculos al aire libre para todos los públicos; la solemne y sentida Semana Santa, una de las más singulares de Castilla la Mancha, con su sobriedad y belleza;  la entrañable fiesta de la Vendimia en honor a la Virgen del Rosario, que rinde tributo a nuestras raíces vitivinícolas y al esfuerzo de generaciones; el alegre y colorido carnaval, - único en España que se celebra el mes de Diciembre -,  con su desparpajo, su crítica y su alegría contagiosa;  y, por supuesto, la multitudinaria Feria de Septiembre, que convierte Alcázar de un hervidero de vida, donde la tradición se mezclara con la modernidad en un ambiente de convivencia y orgullo local.

Pero es que, además, como alcazareño en la distancia, me llena, de una enorme emoción saber que mi pueblo sigue latiendo al compás de la cultura, con actos que dan vida a cada rincón y que hacen que uno nunca pierda el vínculo con sus raíces. Pero si hay algo que nos une de manera especial es la certeza, tan firme como el cariño a nuestra tierra, de que Miguel de Cervantes nació en Alcázar de San Juan. Con ese orgullo, Alcázar, sus gentes, celebran cada año jornadas cervantinas, lecturas del Quijote y encuentros que llenan las calles de historia y de futuro, recordándonos que el espíritu del genio universal sigue habitando entre nosotros.

Y esto solo es una muestra. Porque si algo ha sabido hacer Alcázar, es comprender que la cultura no es algo que se programa unas veces al año, sino una forma de ser, una manera de vivir. Cada rincón se convierte en escenario, cada época del año en una excusa para compartir, convivir, aprender, celebrar.

Recuerdo, cuando era niño, cómo acompañábamos a la banda municipal de música, - de la que más tarde llegue a formar parte -, en las procesiones, cómo los vecinos salían a barrer la puerta de sus casas en vísperas de fiestas, cómo mi madre preparaba las tortas en sartén para San Antón. Aquellos gestos, que parecían pequeños, hoy los veo multiplicados, convertidos en grandes eventos, sostenidos por el amor de una comunidad que no ha querido perder sus raíces. Esa capacidad de hacer cada fiesta un encuentro, de cada acto un motivo para compartir, me conmueve profundamente.

Ojalá muchos lugares tomaran ejemplo. En tiempos donde la cultura parece siempre en peligro, Alcázar de San Juan, ha demostrado que el alma de un pueblo se cultiva con memoria, con participación y con cariño. Que nuestras fiestas, nuestras tradiciones y nuestras nuevas expresiones artísticas son el hilo que nos une a los que están, a los que se fueron, - como es mi caso -, y a los que vendrán y que, aunque lejos, siempre hay un motivo, una celebración o un recuerdo que nos llama de vuelta, aunque solo sea con el pensamiento.

Gracias, Alcázar, por no rendirte, por seguir latiendo con fuerza. Aunque hace más de medio siglo que partí, cada fiesta, cada acto, cada noticia que me llega desde allí, (sobre todo a través de Mancha Centro Televisión Alcázar de San Juan), me recuerda que el corazón, en realidad, nunca se fue.