Nostalgia: Los rincones que aún siguen vivos en mi recuerdo

Fonda de la estación

Dicen que el tiempo lo cambia todo, y es verdad. Muchos de los lugares que me vieron crecer en Alcázar de San Juan ya no existen, pero al cerrar los ojos, vuelven a mí las imágenes de aquellos bares, de aquellos lugares donde el tiempo parecía detenerse: las mesas de madera marcadas por conversaciones largas, el murmullo de las copas chocando contra el vidrio, y las risas que se escapaban como si fueran parte del aire del pueblo. Cada rincón tenía su historia, cada lugar su gente. Al alejarme de Alcázar por trabajo, fue como cerrar la puerta a un mundo de luces y sonidos. Los bares, la fonda de la estación, los cines, el casino y las orquestas quedaron suspendidos en mi memoria como notas de una misma melodía. No es que extrañe solo esos lugares, sino el latido que tenían cuando yo formaba parte de ellos. No me llevé maletas pesadas, pero sí la certeza de que esas esquinas, esos aromas y esas voces seguirían esperándome en la memoria.

La Fonda de la Estación tenía un encanto especial: era la puerta de entrada y salida para tantos viajeros, y para mi representaba ese cruce de caminos que siempre ha sido Alcázar. Allí se mezclaba la prisa del que venía con la calma del que esperaba y en el aire flotaba con una sensación de historias por contar.

El Bar de Pepe Luis, - en plena calle Castelar -, con su bullicio alegre y las charlas interminables, era también un lugar donde se respiraba calma: allí solíamos jugar al ajedrez, - sobre todo por las tardes -, entre cafés y risas, mientras la tarde se deslizaba sin prisa. Cada partida era una excusa para conversar, para aprender algo nuevo o simplemente para disfrutar del momento. Hoy, ese tablero solo existe en la memoria, pero sus partidas siguen vivas en mi recuerdo.

Casa Paco, - Paseo de la Estación -, además de bar/cafetería, era un restaurante que dejaba huella. Y, al frente, siempre con una sonrisa y una educación impecable, estaba el metre Manolo, un hombre cariñoso y con un carisma que hacía que cualquiera se sintiera especial. Allí no solo se comía bien, sino que se vivía un ambiente de cercanía que hoy sería imposible de reproducir.

Junto a la estación de Renfe existía también el Bar La Oficina, un lugar emblemático donde se solían celebrar bodas y celebraciones especiales. En esas fiestas, al igual que en la planta superior del Casino, solían actuar orquestas locales que animaban dichos actos, como las orquestas “Crisfel” e “Iberia”, llenando de música y alegría a todo al que acudía a dichas celebraciones.

También formaba parte del paisaje cotidiano el teatro/cine Crisfel y el cine Alcázar, y, posteriormente el Cine Cenjor, donde generaciones enteras se emocionaron con las películas de la época y vivieron, entre aplausos y comentarios, la magia de la gran pantalla en versión local.

Enfrente del bar o “Casa Federico” y del Cristo de Villajos, - también en plena Castelar - se encontraba el entrañable quisco de Benita, donde además de prensa diaria se podían intercambiar novelas, - sobre todo del oeste -, que circulaba de mano en mano y avivaban la imaginación de muchos.

Y como olvidar a Eloy, con su máquina asadora de castañas, instalada en la Plaza de España. Aquel humo dulce que anunciaba el otoño/invierno formaba parte del paisaje de Alcázar. Pero, cuando el asador descansaba, Eloy no desaparecía... En otras épocas del año, colocaba su pequeño "molinillo" redondo y de color rojo, frente al Bar de Pepe Luis,  Los niños/as, con una moneda apretada en la mano, esperábamos nuestro turno para girar la ruleta que decidía cuántos barquillos nos tocaban. Era un juego sencillo, pero, en aquellos días bastaba para llenar de alegría una tarde cualquiera. Es un pedacito de tradición que resiste al tiempo y me conecta con tantos recuerdos de mi infancia.

Y los bailes de Navidad del Casino como olvidarlos, con sus valses y pasodobles que hacían brillar los ojos de jóvenes y mayores por igual. Hoy, el Casino sigue en pie, aunque sus actividades se han visto reducidas; aun así, conserva ese aire de lugar de encuentro que siempre lo definió. Recuerdo que aquellas noches eran mucho más que fiestas; eran encuentro, ilusiones y nervios que marcaban el paso de la juventud.

Alcázar vive en mí como un rumor lejano, como ese lugar al que uno vuelve con el corazón, aunque los pasos anden lejos. Son las calles, los bares donde tantas veces se tejieron charlas y risas, aquellos otros lugares tan entrañables, y, también la música que entonces parecía envolverlo todo.

Eran las rondallas y las estudiantinas, las que ponían voz y alegría a aquellas noches. Con sus guitarras, laúdes y bandurrias, y, en algunos casos, con sus capas oscuras y sus sonrisas jóvenes, recorrían el pueblo regalando melodías. En los mayos, su canto brotaba como una prolongación de la primavera: fresco, festivo, lleno de vida. Y en Navidad, eran ellas quienes traían calor al frío, llenando plazas y hogares con canciones y villancicos que todavía resuenan en mi memoria.

Las rondallas y estudiantinas, no era solo música, era el latido compartido de un pueblo, el eco de la amistad y la tradición que nos unía. Hoy, cuando pienso en Alcázar, no puedo separar su recuerdo del de aquellas voces que parecían envolver cada rincón en una fiesta hecha de raíces y de sueños.

La vida me llevo lejos por trabajo, como a tantos otros. Pero uno no deja de ser donde ha soñado por primera vez. Y yo sigo soñando con aquellas calles, con aquellos sabores, con aquella gente, con aquellos lugares y con aquella música. La nostalgia tiene eso: nos hace creer que todo sigue igual, en su sitio, esperándonos.

Ser alcazareño no es sólo vivir en el pueblo: es llevarlo dentro, con orgullo y con gratitud. Quizás muchos bares, fondas, cines y celebraciones desaparecieron o se transformaron, pero lo que no se borra es lo que representaron: el alma de un pueblo que aún late dentro de cada alcazareño esté donde esté. Volver a esas calles, recordar esos bares, esos cines, esos lugares, esas fiestas, siento que regreso también a lo mejor de mí mismo.