A la espera de los remedios pendientes

Por Alfonso Carvajal

Los remedios que no llegan, los aún pendientes, son los ansiados tratamientos para la covid que nos asedia. Se está a la espera. Mucho se ha hablado, nada decisivo. Se habló en su día del cloro en sus distintas formas: letal para el virus y abrasivo para el huésped; hubo incautos que cayeron ¡qué fatalidad! De los más sonados fue el sugerido por Trump, habló de inyectar un desinfectante o aplicar un potente haz de luz a los contagiados. Otros remedios, en apariencia no tan burdos, se presentaron al amparo de la ciencia, ese arcano, fue el caso de la hidroxicloroquina, un “regalo de los cielos” al decir del mismo Trump entusiasmado. Esta sustancia, congénere de la quinina —un antipalúdico clásico—, fue promovida por el microbiólogo marsellés Didier Raoult; basaba su eficacia en estudios poco claros. En tiempos de tribulaciones, urgidos por el miedo, cualquier remedio es bueno: “tal vez funcione” decimos, aunque no haya pruebas que lo avalen; es el fruto del deseo, un sesgo. Así fue. La hidroxicloroquina, propuesta por este investigador sin pruebas fehacientes fue recibida por médicos y autoridades como panacea universal, ingentes cantidades de la poción cayeron sobre la faz de la tierra, al estilo bíblico; tal fue la cosa que se temió el desabastecimiento. Llegaron datos de estudios más creíbles que desautorizaron el uso de la hidroxicloroquina y, de paso, a su mentor. Acabó mal el excéntrico profesor Raoult —luce en las fotos destacado anillo con calavera en el meñique, su libertad—: de ser visitado por el mismísimo presidente de la república pasó a ser reprendido por un comité disciplinario profesional; un santón devenido en charlatán. No hubo pena sin embargo para la pléyade de creyentes que le siguieron. Sorprende comprobar que la quinina, matriz de este fármaco estrella, se utilizase también sin pruebas en la gripe de aquel 18, la que dio en llamarse “española”; claro que aquellos eran otros tiempos, solo hace un siglo. Arropado esta vez en el rigor del ensayo clínico publicado en revistas de prestigio llegó el remdesivir, un antiviral, “no evita la mortalidad, pero disminuye el tiempo de estancia en el hospital”; fue la conclusión del estudio del laboratorio comercializador. En otro, el Solidarity de la OMS, con una muestra mayor, no se observó sin embargo ventaja alguna favorable a este producto. Ya lo habían aprobado las agencias reguladoras, la americana y la europea, tan solícitas con la industria. Esta es la situación del remdesivir, aprobado por esas agencias pero desaconsejado de momento por la OMS; algunas sociedades científicas como la European Respiratory Society tampoco la recomienda. Sin embargo, nada es descartable en ciencia, vuelve el remdesivir redimido en uso ambulatorio; un nuevo estudio recién publicado en el New England Journal of Medicne, que marca lo que es y no es en Medicina, encuentra un notable beneficio cuando se usa de esta forma en los primeros días de la enfermedad, un balón de oxígeno para esa molécula y su cotización que, de confirmarse, lo será también para los enfermos beneficiados. Otros fármacos tuvieron peor suerte y cayeron sin remisión a las primeras de cambio, fue el caso de la asociación ritonavir/lopiravir, antivirales útiles en el sida. La única sustancia que superó en ese tiempo con claridad la prueba de los ensayos clínicos fue un corticoide, la dexametasona, un medicamento clásico y conocido. Hay acuerdo en esto, esta sustancia, y con probabilidad sus análogos, nos pueden sacar de un mal trance —una bicoca—, no a todos. Identificar la eficacia de un medicamento no es sólo un logro científico de interés sanitario, cotiza en bolsa. La prueba, el remdesivir. La cotización del laboratorio comercializador, Gileud, subía y bajaba al albur de los acontecimientos, los resultados que se filtraban y publicaban; esta misma ebullición del mercado se observó también con las vacunas, pero hoy hablamos de esto otro.

Medicamentos muy diversos se han incorporado al arsenal terapéutico, se cuenta en la actualidad con un buen puñado, pertenecen en su mayor parte al grupo de los biológicos, otra generación; algunos imitan a los anticuerpos, los anticuerpos monoclonales, otros, como los antivirales, inhiben funciones vitales de estos microorganismos. Poco a poco ese puñado de sustancias crece. Entre los recién llegados hay uno prometedor, el Paxlovid® de Pfizer, una asociación de dos moléculas que inhibe una enzima importante para la replicación de este coronavirus, y lo hace en la célula infectada, una añagaza; el virus podría mutar y sortear la inmunidad de las vacunas, entraría incluso en la célula, pero en este segunda línea estaría está defensa que aparece inexpugnable. Así lo querríamos. Ese medicamento de Pfizer, del que España, se nos dice, ha encargado “344.000 dosis” (sic), ha demostrado en un ensayo clínico riguroso con más de 2000 participantes una eficacia elevada, de casi un 90%, sin mayores riesgos —de momento—; eficacia para prevenir muertes y hospitalizaciones. Se ha visto en personas infectadas con riesgo de desarrollar un cuadro grave. Uso pues ambulatorio y administración por vía oral. Todo ventajas.

Quedó atrás un tiempo de confusión cuyo fruto más visible fue la mentada hidoxicloroquina. Se esperaba un remedio milagroso. No apareció, no lo hay. A cambio, tuvimos vacunas pronto, que no es poco. No se ha dado todavía con una medicación específica eficaz para la covid. Se han valorado millones de moléculas para encontrar el mejor encaje, la estructura capaz de bloquear los receptores a los que se une el virus, o fases de su replicación. Hay en marcha ensayos clínicos a este propósito, son miles. Poco a poco se genera más y más conocimiento y se da con medicamentos eficaces. El panorama está cambiando.

Si con todas las cautelas que sean menester tomáramos la historia del sida como referente, veríamos que se tardó un buen tiempo en dar con la cura eficaz. El primer fármaco útil para el sida fue la zidovudina, con esta indicación se utilizó en 1987, cinco años después de la detección del primer caso de la enfermedad; después vinieron muchos. Más tiempo pasó todavía hasta dar con las combinaciones eficaces que mantienen el VIH a raya, de lo que se dispone ahora. Para el sida, ya ven, no hay vacunas, las continuas mutaciones del virus lo dificultan.

Hay dos dimensiones de la pandemia a considerar para comprender su progresión —un juego intelectual este de la predicción—. La primera dimensión sería la evolución del propio virus. La otra, la intervención humana; en esta intervención entrarían no solo las medidas de salud pública, reiteradas y de sobra conocidas, sino también los tratamientos médicos: las vacunas y estos medicamentos de los que se habla aquí. Por lo que respecta al virus, este muta, lo sufrimos, se puede especular, pero no predecir su comportamiento; hora la variante delta, más grave; hora la ómicron, menos grave y más contagiosa, ¿qué viene a continuación? En cuanto a los tratamientos médicos, parte de esa intervención humana, ya están aquí las vacunas y vendrán otras mejores. Se dispone decimos de un creciente número de sustancias para tratar la covid. No será con probabilidad una sustancia única de valor universal la que ofrezca la solución, la biología se caracteriza por su complejidad. Tal vez a semejanza del sida, aunque con más rapidez, se dispondrá de muchas sustancias eficaces. En el uso ajustado a cada caso particular, en el orden, en la combinación de sustancias cuando se haga necesario…, quizás se encuentre la clave. Parece pronta a llegar. Que así sea.

Alfonso Carvajal