Alcázar de San Juan: Un amor que trasciende generaciones

Han pasado cuatro años. Unas letras para capturar el espíritu de una deseada conversación entre una nieta y su abuelo

Cuando mi abuelito hablaba de Alcázar de San Juan, su voz se llenaba de una calidez especial. Era como si cada palabra trajera consigo el eco de sus recuerdos, impregnados de un profundo cariño por esta tierra manchega. "¿Por qué quieres tanto a Alcázar, abuelito?" le pregunté una vez, y su respuesta quedó grabada en mi corazón, como si con ella me entregara una pequeña llave a su mundo.

“Es la tierra donde nací y crecí,” solía decir. Para mi abuelo, Alcázar no era solo un lugar en el mapa; era un refugio donde las raíces de su vida se entrelazaban con las de sus antepasados. Me hablaba de los campos interminables de la Mancha, donde el trigo danzaba con el viento y las puestas de sol pintaban el cielo con tonos que ningún pincel podría imitar. Me contaba de las noches estrelladas, tan claras que parecía que el universo entero se inclinaba a abrazar el pueblo.

Una de las cosas que más fascinaba a mi abuelo era la historia ferroviaria de Alcázar de San Juan. Con ojos brillantes, me relataba cómo el pueblo se convirtió en un cruce estratégico de vías que conectaban a personas y sueños. También evocaba con orgullo los majestuosos molinos de viento que vigilaban las llanuras desde lo alto, guardianes eternos de una historia quijotesca.

 “Lo que hace especial a Alcázar no son solo los lugares, sino su gente,” decía. Mi abuelo adoraba las tradiciones que unían a las personas, como las fiestas patronales, los desfiles de Carnaval, y la Semana Santa, con su mezcla de devoción y celebración. Siempre hablaba de la hospitalidad de sus vecinos, del aroma de las cocinas que preparaban migas y gachas, y del bullicio de las calles durante los mercados. Para él, Alcázar era una comunidad que latía con fuerza y calor humano.

“Alcázar es donde viví los momentos más felices de mi vida: las fiestas en la plaza, las tardes en el Pretil y cuidando a Doña Acacia, y las noches mirando las estrellas mientras soñaba con todo lo que podía ser”.

Hoy entiendo por qué mi abuelo amaba tanto Alcázar de San Juan. No era solo un lugar; era una parte esencial de su identidad, un pedazo de su alma. En sus historias, me transmitió no solo el amor por un pueblo, sino también el valor de apreciar nuestras raíces y conectar con lo que nos hace quienes somos.

Aunque él ya no está, siento que cada vez que visito Alcázar de San Juan, su espíritu camina a mi lado. En los campos dorados, en el murmullo de las estaciones de tren, y en las sonrisas de la gente, reconozco el reflejo de ese amor eterno que mi abuelo supo transmitir tan bien.

Pero, sobre todo -continuó él-, es especial porque en Alcázar aprendí lo que significa pertenecer. Allí conocí a gente que siempre estaba dispuesta a echar una mano, que te saludaba por la calle como si fueras parte de una gran familia. La niña asintió lentamente, tratando de imaginar todo lo que su abuelo describía.

¿Y ahora ya no lo quieres igual? —preguntó, con una pizca de preocupación en la voz.

El abuelo sonrió suavemente y acarició la cabeza de la pequeña.

Lo quiero más que nunca, mi hermosa niña. Porque cada vez que cierro los ojos, puedo volver allí. Puedo sentir el aroma de los campos de trigo y escuchar las campanas de la iglesia. Y cada vez que te cuento una historia sobre Alcázar, es como si nunca me hubiera ido.

La niña sonrió, satisfecha con la respuesta, y se acurrucó en el regazo de su abuelo. Mientras lo hacía, el abuelo miró por la ventana, hacia el horizonte, como si en algún rincón de su mente estuviera viendo los paisajes que una vez llamaron a su corazón.

Alcázar de San Juan no era solo un lugar en un mapa. Para él, era un hogar eterno, un símbolo de lo que realmente importa en la vida: raíces, recuerdos y el amor que perdura en el tiempo.

Han pasado cuatro años…