Algo personal: Banderas
28 de octubre de 2025 (19:33 h.)
La vida de Alcázar de San Juan, creo que como la de cualquier ciudad de tamaño medio y de parecidas circunstancias, no se entiende sin sus fiestas patronales. Además en Alcázar nos gustan mucho las fiestas, las procesiones, las celebraciones. Me parece que es una costumbre sana. Además las procesiones exteriorizan nuestras mejores tradiciones; las hacen públicas y notorias; se convierten en experiencias compartidas y nos identifican. Esto permite que se puedan contar y transmitir tradiciones de padres a hijos que de otro modo ya hubieran quedado en el recuerdo o, lo que es peor, en el olvido.
He repetido en muchas ocasiones que lo que más me interesa ahora mismo es el estudio de la memoria. Y no me refiero a la capacidad que tiene el ser humano de recordar, sino al contenido de la memoria, a lo que realmente recuerda la persona. Y eso me parece que es un patrimonio que debe ser contado, investigado y guardado como un tesoro y transmitido a las siguientes generaciones. Hace poco en una conversación con mis hijas comentaba que cuando una persona muere se lleva una cantidad de recuerdos, de imágenes, de vivencias personales que se perderán. Eso es inevitable. Cuando se murieron mis seres más queridos se llevaron imágenes mías, vivencias compartidas, momentos y experiencias que no se podrán recuperar. Esto ha sido siempre lo normal. Investigar sobre esos recuerdos que han quedado ahí, contados exprofeso o por simple casualidad me parece una dedicación extraordinaria. Por eso me importa contar aquí, y que queden para el recuerdo, determinadas experiencias y vivencias que, aun siendo personales, pueden ser apropiadas por otras personas y servir de estímulo y detonante para reactivar y recordar aquello que marcó su infancia, su juventud y su vida.
A punto de concluir el mes de octubre, recuerdo la celebración en Alcázar de la fiesta de nuestra patrona, la Virgen del Rosario de Santa María, y no quiero que se acabe el mes sin contar algo personal. Desde pequeño me pareció impresionante que en la procesión de Jesús Nazareno y de nuestras vírgenes del Rosario, salieran hombres con banderas y las echaran al viento caminando de espaldas y de cara a la patrona o el patrón. Me impresionaba ver a aquellos hombres, fuertes y poderosos, que manejaban las banderas grandes y pesadas con soltura, gracia y facilidad, quizá por eso nunca me atreví a hacerlo. Hace unos años esa costumbre se relajó mucho, apenas quedaban abanderados y me daba pena que aquella tradición tan hermosa, tan plástica, se perdiera. Pero parece que no va a ser así, porque hay una generación esperando para tomar el relevo y seguir con esta costumbre que embellece y dignifica tanto a quien la ve, como a quien la práctica y a quien recibe el aireado movimiento de las banderas en días tan solemnes y cargados de sentimiento y de recuerdo. Es maravilloso seguir viendo, como hacían mis padres y mis abuelos, a hombres, mujeres y jóvenes, enarbolar las banderas en homenaje, respeto y devoción hacia lo más central de nuestras tradiciones. ¡Enhorabuena a esos chicos y chicas que se empeñan en mantener con ilusión y con seriedad esta tradición!
He repetido en muchas ocasiones que lo que más me interesa ahora mismo es el estudio de la memoria. Y no me refiero a la capacidad que tiene el ser humano de recordar, sino al contenido de la memoria, a lo que realmente recuerda la persona. Y eso me parece que es un patrimonio que debe ser contado, investigado y guardado como un tesoro y transmitido a las siguientes generaciones. Hace poco en una conversación con mis hijas comentaba que cuando una persona muere se lleva una cantidad de recuerdos, de imágenes, de vivencias personales que se perderán. Eso es inevitable. Cuando se murieron mis seres más queridos se llevaron imágenes mías, vivencias compartidas, momentos y experiencias que no se podrán recuperar. Esto ha sido siempre lo normal. Investigar sobre esos recuerdos que han quedado ahí, contados exprofeso o por simple casualidad me parece una dedicación extraordinaria. Por eso me importa contar aquí, y que queden para el recuerdo, determinadas experiencias y vivencias que, aun siendo personales, pueden ser apropiadas por otras personas y servir de estímulo y detonante para reactivar y recordar aquello que marcó su infancia, su juventud y su vida.
A punto de concluir el mes de octubre, recuerdo la celebración en Alcázar de la fiesta de nuestra patrona, la Virgen del Rosario de Santa María, y no quiero que se acabe el mes sin contar algo personal. Desde pequeño me pareció impresionante que en la procesión de Jesús Nazareno y de nuestras vírgenes del Rosario, salieran hombres con banderas y las echaran al viento caminando de espaldas y de cara a la patrona o el patrón. Me impresionaba ver a aquellos hombres, fuertes y poderosos, que manejaban las banderas grandes y pesadas con soltura, gracia y facilidad, quizá por eso nunca me atreví a hacerlo. Hace unos años esa costumbre se relajó mucho, apenas quedaban abanderados y me daba pena que aquella tradición tan hermosa, tan plástica, se perdiera. Pero parece que no va a ser así, porque hay una generación esperando para tomar el relevo y seguir con esta costumbre que embellece y dignifica tanto a quien la ve, como a quien la práctica y a quien recibe el aireado movimiento de las banderas en días tan solemnes y cargados de sentimiento y de recuerdo. Es maravilloso seguir viendo, como hacían mis padres y mis abuelos, a hombres, mujeres y jóvenes, enarbolar las banderas en homenaje, respeto y devoción hacia lo más central de nuestras tradiciones. ¡Enhorabuena a esos chicos y chicas que se empeñan en mantener con ilusión y con seriedad esta tradición!