Algo personal: San Antón
Ahora que han pasado las fiestas de Navidad, y el Carnavalcazar, empezamos a sacudirnos los fríos, se alargan los días y resurgen las fiestas invernales que terminarán con la llegada de la Semana Santa anunciando la cálida primavera. Y la primera de todas es San Antón: «¡Hasta San Antón, pascuas son!» Esta fiesta tiene un aire distinto, por ser la primera del año; una familiaridad y unos recuerdos entrañables que hacen gozar de estos días que se alargan con la cálida caricia del sol que se resiste a esconderse. Este santo egipcio (al que se representa como un anciano barbado y con un cochinillo a los pies) es muy querido en Alcázar, y en muchos lugares de España, como patrón de los animales. En Madrid es famosa su iglesia y su fiesta con las tradicionales vueltas y la venta de panecillos (igual que en Alcázar)
Recuerdo que, en mi niñez, este día era un tanto especial. El fin de semana que se celebraba San Antón, empezaba la mañana del sábado, víspera de la celebración, con mucha tensión: quedábamos los amigos, recogíamos todo el material que nos donaban para la hoguera de la noche y, si no había bastante, se compraban algunas gavillas de sarmientos a la “Calala” o a quien tuviera a bien regalarnos algunas o venderlas a un módico precio. Era una maravilla de día. En cualquier plaza, calle o recodo de Alcázar se organizaba una hoguera en menos que canta un gallo y las mejores eran las de Santa María y San Francisco. Se juntaban vecinos y familiares y, entre todos, organizaban la fiesta. Y por la noche, se hacían unas tortas en sartén, un buen chocolate y, alrededor del fuego de las hogueras, amigos, vecinos y familiares, daban buena cuenta de la opípara merienda/cena. Estas hogueras se hacían para que el santo protegiera a los animales que había en las casas: animales domésticos como perros y gatos; en otras casas se añadían gallinas, conejos; en las que se dedicaban al campo: mulas, caballos y asnos; y en algunas, el rey de las despensas: el cerdo.
Durante mucho tiempo, me cuentan, había uno o dos cerdos que deambulaban por Alcázar y se alimentaban de lo que los vecinos les iban echando, así eran respetados y alimentados durante varios meses. Y después de las Pascuas, una vez que habían engordado, para San Antón, se rifaban entre los vecinos.
Pero hoy quiero hablar de algo más personal: de quien durante mis años de infancia y primera adolescencia vendía las papeletas para la rifa del cerdo de San Antón. En esta época, el gorrino de San Antón iba suelto y pastoreado por Longinos. Luego más tarde el cerdo iba en una jaula encima de un remolque. Longinos solo vendía las papeletas para la rifa. Y os preguntaréis quién era este tal Longinos. Yo lo conocía porque era muy querido por mis padres. Longinos padecía una discapacidad física severa, pero era un tío espabilao. Su hablar era muy confuso y era muy difícil entenderle. Longinos tenía una vida muy dura y complicada, no sé si alguien lo recordará, pero era una persona sencilla y amable que me inspiraba muy buena energía. Le recuerdo ir por mi casa, y ver a mi madre o a mi padre ofrecerle una cerveza o una «palomita» (anís con agua) y así pasaban el rato: conversando con mi padre y yo escuchando boquiabierto. En casa de mis padres eran frecuentes las visitas, todo el mundo era bien recibido: vecinos, familia, amigos. Recuerdo con especial cariño los cafés de media tarde para el que siempre había unos dulces y algunos familiares o amigos. Esta virtud de la hospitalidad, que aprendí en mi casa, es parte del legado que he recibido como herencia de mis padres, que trato de conservar y practicar y que les agradezco infinitamente.