Algunos políticos no son la Política
En 2002, Ignacio Ramonet, un gallego hijo de una activista social y un combatiente de la Guerra de España, dedicó a sus padres un libro titulado Guerras del Siglo XXI. En él defendía la idea, que entonces me pareció lejana, de un siglo en el que las guerras serían económicas. No se invadirían países sino mercados, y los conquistadores serían empresas y multinacionales. El ultraliberalismo reduciría la política al mínimo, y el ámbito de la democracia se haría tan estrecho que amenazaría su existencia.
Por desgracia, sus palabras han resultado proféticas. Los políticos piensan y hablan ya en términos económicos. Como afirmaba el lúcido Tony Judt, las democracias en las que no hay opciones políticas significativas y la política económica es lo único que importa, dejarán de ser democracias.
Este mundo, sometido por la dictadura del dinero, se ha vuelto casi insoportable por la pandemia.
La situación crítica, produce una ciudadanía aterrada, aturdida por una situación que no controla. Una ciudadanía decepcionada con políticos que percibe lejanos y con políticos corruptos a los que ve sacar pecho y sentarse, ufanos de sus tropelías, en parlamentos y diputaciones. Estamos en el laberinto infernal de la certeza de lo malo, pero nos sentimos incapaces de evitarlo, impotentes ante la desfachatez de aquellos que no sólo pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino, sino que también osan darnos lecciones de moral. Una moral que ellos no practican.
La corrupción y la crisis económica han abierto una brecha peligrosa entre los políticos y la ciudadanía. La condena justificada a ciertos políticos lleva, peligrosamente, a la descalificación de la Política, una tarea dignísima y necesaria. Que la política desaparezca es lo que desean esos políticos corruptos. Porque, sin política, sólo nos queda la dictadura que parecen añorar. La desvergüenza de unos pocos se identifica, intencionada y malévolamente, con el despilfarro de la cosa pública cuando, por el contrario, la política verdadera busca el bien de todos y es la base de los derechos sociales colectivos. A los neoliberales de nuevo cuño les estorba el pensamiento colectivo, les molesta la política como arte del bien común y hasta la participación. Por eso les interesa la abstención. Les deja el camino libre.
En su libro La condición humana, Hanna Arendt defiende que hemos perdido el sentido del espacio público y la acción colectiva y nos hemos convertido en esclavos del trabajo.
Pervertir las palabras es uno de los caminos más sutiles que utilizan para engañarnos. Debemos darnos cuenta de hasta qué punto lo han logrado. Hablan de libertad, pero la libertad, sin igualdad, es sólo la libertad del poderoso: libertinaje. El neoliberalismo socializa pérdidas y privatiza ganancias. Las grandes empresas se acogen a jugosas inyecciones de dinero mientras despiden trabajadores. Los grandes multiplican sus sueldos, mientras la gente mendiga trabajos esclavos. Sus valores se reducen a los de la renta bursátil, se compran conciencias, se amortizan políticos y se rentabilizan tránsfugas. Pretenden sanear el mercado a costa de los derechos humanos, no vaya a ser que la solidaridad no sea demasiado rentable para algunos.
Su neolengua logra que la impotencia y el miedo en una ciudadanía agobiada lleve a la frustración y al resentimiento. Miedo e impotencia que son tierra abonada para que crezcan políticas populistas, el germen de los totalitarismos. Pensar con las tripas impide razonar. Con la visceralidad solo se puede embestir, como decía Machado.
En esta situación, no se puede ser imparcial, porque sería caer en una indiferencia cruel. Hay que tomar partido por el débil, defender lo común desde la ética y la responsabilidad. La buena voluntad no basta. Si queremos cambiar el mundo, hay que participar en lo público, porque no es solo patrimonio de los políticos. Hay que actuar siempre, aún a riesgo de equivocarnos. La omisión es cobardía y puede apuntalar a los indecentes. Podemos estar enfadados, pero no ciegos ni mudos. Nos jugamos mucho.
LUIS MIGUEL LÓPEZ CARREÑO