Antonio Fernández Molina revisitado
Hace nada, en la flamante Biblioteca de Alcázar de San Juan, se presentaba el libro ‘Épocas de grandes lluvias (Narrativa breve reunida y algo más)’, del poeta y artista alcazareño Antonio Fernández Molina, nacido en 1927, fallecido en Zaragoza en 2005 y enterrado en el pequeño pueblo Casa de Uceda de Guadalajara. Su trayectoria la ocupa, por igual, la literatura (poemas, narrativa) y el arte (pinturas, dibujos). De forma que Antonio Fernández Molina no es un poeta que pinta ni un pintor que escribe, pues en él ambas facetas son equidistantes.
En el acto intervinimos el editor del libro, Raúl Herrero, propietario de la editorial Libros del Innombrable, de Zaragoza; la hija del artista, María Elena Fernández Echeverria; y el que humildemente suscribe. Raúl Herrero dio sustanciosos detalles de la publicación del libro, extendiéndose, además de en su escritura (basada en relatos cortos, dotados de una exacta síntesis verbal y una suculenta ironía), en los ricos subsidios que el volumen contiene, tal el amplio prólogo de José Luis Calvo Carilla, el mayor especialista en la obra de Fernández Molina, desgraciadamente fallecido el 8 de enero de este año, poco antes de salir el libro; pudo corregir pruebas pero no le dio tiempo a tenerlo en las manos. La publicación reproduce un collage de María Elena, la hija mayor, y dibujos de otra hija, Isabel, de quien es la cubierta.
Seguidamente me tocó hablar a mí. Yo ya había reseñado el libro que en esta ocasión se presentaba. Recordé mi conocimiento de la existencia de Antonio Fernández Molina gracias a la información que me proporcionó su gran amigo el poeta Gabino-Alejandro Carriedo, a quien conocí en Cuenca cuando el cura Carlos de la Rica, también poeta, celebraba las bodas de plata de su sacerdocio. Yo dirigía entonces el suplemento periodístico La Mujer Barbuda, en Toledo, y a Fernández Molina le publiqué unos primeros capítulos de pretendidas memorias hasta que el suplemento se vio obligado a cerrar. Evoqué asimismo que la primera conferencia que pronuncié sobre el Postismo, esa pionera vanguardia española de la cual soy uno de sus estudiosos en España, fue, organizada por Fernández Molina, en la Caja de Ahorros de la Inmaculada de Zaragoza. Un día perturbado por el cierzo, ese viento terrible, típico de la capital maña y, además, tarde en la que se televisaba un partido de fútbol entre el Madrid y el Barcelona. Ante mi cara alarmada, temiendo que no fuese nadie a la conferencia, el artista me tranquilizó: “No te preocupes, que, en todo caso, te van a pagar y asistirán 25 personas.” Y así fue. Defendí su acendrado vanguardismo que desarrolló, quizá más que nadie, los múltiples contrastes del movimiento del Realismo Mágico, que fue heredero de la estética postista, llevado a cabo por importantes escritores, como Gloria Fuertes, Carlos de la Rica, José Fernández Arroyo, el primer Arrabal, Miguel Labordeta, etc. Esa ironía, ese humor, esa concisión lingüística, esa locura inventada, son características esenciales del Postismo que Antonio Fernández Molina muy bien asume.
Finalmente, Elena Fernández se dirigió amigablemente al auditorio y grandemente nos entretuvo a todos. Habló de su padre con un cariño no exento de lucidez y ecuanimidad. Resaltó la grandeza de un hombre, padre de seis hijas, que decidió vivir únicamente de su faceta artística, de su pluma y de sus pinceles, siendo a la vez muy responsable para sacar a su familia adelante, que hizo transcurrir su existencia humildemente pero que no careció de nada. Elena le recuerda trabajando siempre. Sus seis hijas pudieron estudiar. Elena es médica. El papá era amantísimo de los libros y en la casa de la calle Zurita de Zaragoza, los había por todos los rincones y sobre gran parte de los muebles. Una cama, del par que había en el cuarto matrimonial, servía de estantería, teniendo que dormir la pareja, los dos, en una de las camas, con un poco de estrechez.
Él compraba libros en el mercadillo de Zaragoza, algunas buenas ediciones que luego vendía. Antes había vivido la familia un tiempo en Palma de Mallorca, pues Antonio Fernández Molina fue secretario de la revista Papeles de Son Armadans, que Camilo José Cela lanzaba. A Zaragoza se trasladaron ayudados por el poeta Miguel Labordeta, hermano del José Antonio, el célebre cantautor y diputado. La hija refirió que su padre era un as del trueque. Vestía muy bien, pero su indumentaria le salía gratis, porque sabía de los sastres a los que les gustaba el arte, para hacer intercambio con ellos. En el mercado, a un verdulero le encantaba la pintura, especialmente las pinturas de Fernández Molina. Tuvieron cuenta abierta en el puesto. Idéntico sistema en una buena pastelería de Zaragoza. La familia degustando ricos pasteles a todas horas.
Y algo muy gracioso que relató es que un propietario de un negocio de ultramarinos, amante de su arte, les regaló muchas latas de conserva sin etiqueta, que él no podía vender. Elena nos contaba que estuvieron un tiempo comiendo de esas latas sin saber lo que contenían antes de abrirlas: podía ser piña, legumbres con chorizo, espárragos, pescado o melocotón en almíbar. Así, aparte de comer sorpresivamente, se divertían. Familia que no veía apenas la televisión, pues las amenas charlas y la cantidad de lecturas disponibles sustituían ventajosamente a la caja tonta. Y en el negocio familiar todas las hijas arrimaban el hombro, reparando los libros que se vendían, haciendo la trabajosa labor, de entonces, de pasar a máquina las novelas, y otros muchos encargos. Supimos que Antonio Fernández Molina era, además de un personaje, un ser realmente especial.
Al terminar el acto, el auditorio salió de allí profundamente agradecido por nuestras palabras, especialmente las de Elena, y muy dichoso, habiendo disfrutado de un rato merecido.