Cabezas rectas, cabezas torcidas

Que las cosas cambian es un hecho sabido desde la Antigüedad Clásica: nadie se baña dos veces en el mismo río. Su conocimiento no empece, sin embargo, el que ciertos cambios, como la desaparición de especies, conmuevan; es más, resultan al punto conmovedores estos cambios si se refieren a nuestra propia especie, la humana. Viene el preámbulo a cuento del caso de los cazadores-recolectores. Quedan pocos. De los que aún quedan, dos pueblos destacan por su rareza: los hadza, en África, y los pirahã, en América. No parecen, salvo por el comportamiento, tener vínculo cercano alguno. Desafían las creencias: no creen en lo que creen otros, se rigen por lo que ven. Pero vayamos por partes, ¿qué ocurre con estos pueblos?

Recientes reportajes del “National Geographic” y de la BBC han dado a conocer al mundo el comportamiento ancestral de los hadza: conservan en esencia la forma de vida de los homínidos que antecedieron al “Homo sapiens” e incluso la forma de vida del propio “sapiens” durante la mayor parte de su existencia. En esto radica su interés, en conocer cómo fuimos, en el testimonio vivo. Ocupa este pueblo un área en torno al lago Eyasi, una zona de la sabana del norte de Tanzania, cercana al cráter del Ngorongoro, no lejos del lugar en donde se encontraron los restos más genuinos de los homínidos ancestrales: “la cuna de la humanidad”. Su permanencia en la región se remonta a miles de años. Diversos recuentos y estimaciones sitúan su número en torno a los 1.000 individuos, de los que solo un pequeño grupo de no más de 300 mantendría su vida tradicional: caza con arco y flechas, recolección de frutos y miel. Poseen lengua propia de clics sin relación con otras lenguas conocidas. Se desconoce el pico de población que alcanzó el pueblo hadza en el pasado remoto, se piensa que llegó a alcanzar varios miles. Durante el siglo XX su población ha oscilado alrededor de los 1.000 individuos que se mencionan; se observa, sin embargo, un ligero repunte en los últimos años. Los intentos históricos por integrarlos, primero por los británicos en tiempos de la colonia, y después, tras la independencia de Tanzania, por la nueva administración, fracasaron; la creciente actividad económica de las zonas circundantes de su territorio y la pujanza del etnoturismo ha propiciado cierta integración, acercándolos a los servicios públicos, al sistema sanitario y al dinero. La menor mortalidad infantil, la prevención y atención a las enfermedades explicarían el repunte poblacional. La caza y la recolección exigen extensos territorios de campeo; estos territorios, recorridos por los hadza desde épocas inmemoriales, se han visto reducidos por la presión demográfica de los pueblos vecinos. Se habla de una demarcación de 4.000 km2, una extensión casi equivalente a la de La Rioja, si bien solo unos 500 km2 tendrían un reconocimiento formal.

Los pirahã, por su parte, se dieron a conocer fuera de su ámbito gracias al libro de Daniel Everett, “No duermas, hay serpientes (2008)”; este libro de memorias tuvo difusión y reconocimiento: relata las peripecias de este misionero evangélico que entró en contacto con los pirahã a finales de los años 70. Vive este pueblo en las márgenes del río Maici, en la parte brasileña de la selva del Amazonas. Fuentes diversas repiten la cifra de 360 integrantes. Su sistema alimentario está basado en la pesca con arco y flechas largas, la caza, en menor medida, y la recolección de nueces y otros frutos que ofrece la selva tropical. Su territorio, de 3.469 km2, fue delimitado y reconocido por el gobierno brasileño en 2011. Este pueblo se ha mantenido más o menos aislado hasta hace pocos años en que se construyó una escuela, un dispensario y llegó la televisión.

Tanto los pirahã como los hadza viven en grupos reducidos; en el caso de los hadza se dan cambios estacionales en que los grupos crecen o merman de acuerdo con la disponibilidad de comida. Ambos pueblos carecen de jerarquías y religión organizada; hasta hace poco, los hadza no enterraban a sus muertos. Los intentos reiterados por convertirlos al cristianismo no han dado el menor fruto. Resulta infrecuente que se diga de un pueblo que no tiene religión; se ha dicho de ellos. Dependerá, en todo caso, de lo que se entienda por religión: un conjunto sistematizado y organizado de creencias, ritos y sacerdotes, o alusiones vagas e incoherentes a ciertos elementos de la naturaleza o el cosmos. Si se entiende lo primero, estos pueblos no tendrían religión. A lo largo de la historia son miles las religiones que han existido; según el “Pew Research Center”, una fuente de autoridad, hay 4.200 religiones activas. En algunas, el refinamiento ha alcanzado niveles extraordinarios. Pensemos por un instante en las religiones “del libro” …: al describir el “más allá”, se llega lejos; lejos fueron los egipcios, más que ningún otro pueblo. Se podría decir así que en lo religioso hay grados. En esta escala imaginaria, los hadza y los pirahã que nos ocupan estarían en un extremo, el de la ausencia o creencias mínimas.

En la que se considera la monografía más completa hasta la fecha sobre los hadza, “The Hadza: Hunter-Gatherers of Tanzania (2009)”, Frank Marlowe, un antropólogo estadounidense, cuenta que estudiosos anteriores han sostenido que no tenían religión y que cuando él mismo preguntaba a los hadza por si había uno o varios dioses, se quedaban pensativos y respondían que no estaban seguros. Concede que sí tienen ciertas creencias o invocaciones, pero en nada parecidas a las de las grandes religiones. Everett, por su parte, narra una anécdota de su vida misionera. Tradujo a la lengua pirahã el evangelio según San Marcos; al comprobar que su lectura no les decía nada, recurrió al “testimonio de vida”: contó que él bebía y se drogaba cuando era joven, para mayor dramatismo añadió que su madrastra se suicidó; el rechazo de aquella vida de ignominia le llevó, en su búsqueda, a Dios. Lejos de inquietar al auditorio, este se partió de risa: “los pirahã no se suicidan”, le contestaron. Y es que, como pudo comprobar en su larga estancia con ellos, se trataba de gente segura de su bienestar: se llamaban a sí mismos, “cabezas rectas”; a los demás, “cabezas torcidas”. Everett acabó perdiendo la fe y devino ateo.

Los hadza y los pirahã, un testimonio viviente.

Alfonso Carvajal