Cabreados con el mundo: Entre el arte y la indignación
Un lienzo de rabia. El cuadro Cabreados, pintado por Agustín Ibarrola entre 1964 y 1965, es una representación visual de un sentimiento latente en nuestra sociedad: la indignación. Esta obra, realizada en óleo sobre tela de sábana, refleja la tensión de una época, pero también resuena con el presente.
De vez en cuando, si tengo la oportunidad, me doy una vuelta por Madrid. Aquel día, en particular, tenía dos planes en mente: asistir a una subasta en una prestigiosa galería de arte. Sentía curiosidad por conocer qué son y cómo funcionan.
Más tarde podría disfrutar de un emocionante partido de la Euroliga en el WinzCenter (Movistar Arena Madrid), donde el Real Madrid de baloncesto se enfrentaba al campeón de Europa. Precisamente ese partido pudo verse en el Canal del Real Madrid TV, comentado por nuestro Hijo Predilecto de Alcázar de San Juan, Vicente Paniagua. Aprovecharía mi tiempo libre para pasear junto al humanista, filósofo y astrónomo alcazareño, Antonio Castellanos Maciá, recorriendo sus calles y rememorando nuestros años de estudiante. Su conocimiento sobre Madrid es digno de elogio.
Encaminamos nuestros pasos hacia la calle Goya donde se encuentra la galería Durán Arte y Subastas. La entrada era libre y no era necesario comprar. En un catálogo antiguo, me llamó la atención el cuadro que aparece en la cabecera del artículo. Fue subastado hace algunos años con un precio de salida 800€ y vendido en 5.500€, lo que demuestra el interés que despierta una obra cargada de significado.
La subasta fue un microcosmos del mundo del arte: exclusividad, estrategia y pasiones contenidas. En el ambiente flotaba una mezcla de sofisticación y tensión. Los coleccionistas pujaban con gestos discretos, el subastador marcaba el ritmo con su voz firme y cada golpe de martillo sellaba el destino de una obra. Fuera de aquellas paredes, Madrid hervía con la impaciencia de una ciudad que nunca se detiene.
La crispación como estado permanente. Mientras deambulábamos por el barrio de Salamanca, observé un fenómeno preocupante: la tensión en los rostros, las discusiones encendidas en las cafeterías, los titulares estridentes en los quioscos. Vivimos en tiempos de crispación, donde la indignación parece haberse convertido en un estado permanente.
Las tertulias ya no giran en torno a la cultura o el ocio, sino que están dominadas por la política, la economía y las redes sociales, que han trasladado su agresividad al mundo real. La información, en lugar de aportar claridad, alimenta la polarización. Los medios magnifican los conflictos y la indignación se convierte en una moneda de cambio. La prisa y la falta de diálogo han convertido el espacio público en un campo de batalla de opiniones irreconciliables.
¿Por qué estamos tan cabreados? El malestar social tiene causas profundas y diversas. La incertidumbre económica, la desigualdad y la percepción de injusticia generan frustración. Muchas personas sienten que sus esfuerzos no son recompensados, mientras que otros parecen disfrutar de privilegios sin esfuerzo. La sobreexposición a noticias negativas refuerza la sensación de estar al borde de una crisis constante. Además, la tecnología ha reducido la comunicación real, aumentando el aislamiento y la incomprensión.
A nivel global, las crisis económicas, las guerras, el cambio climático y las pandemias han generado un sentimiento de impotencia. Para algunos, la indignación se canaliza en el activismo, el arte o la protesta. Para otros, se convierte en cinismo o desesperanza. Sin embargo, la historia nos enseña que la rabia puede ser el motor del cambio.
Convertir la indignación en acción. A lo largo de la historia, figuras como Clara Campoamor, Malala Yousafzai, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr. han transformado su indignación en movimientos sociales que cambiaron el mundo. Pero el reto no está solo en indignarse, sino en canalizar ese sentimiento hacia acciones concretas y constructivas.
Algunas estrategias para afrontar la crispación incluyen: a) desconectar del ruido mediático filtrando la información y evitando la sobreexposición a noticias negativas, b) fomentar el pensamiento crítico cuestionando las fuentes y buscando información equilibrada, c) centrarse en lo que sí se puede cambiar enfocando la energía en acciones concretas y productivas, d) practicar la empatía y el diálogo para escuchar otras perspectivas y reducir la polarización, y e) encontrar vías de escape saludables, como el arte, la lectura, el ejercicio o la meditación, para canalizar el descontento.
El enfado constante solo alimenta el malestar. En lugar de vivir en una permanente actitud de indignación, es más útil transformar esa energía en un motor de acción y cambio positivo. Para quienes se sienten atrapados en la ira, quejarse no siempre es la mejor opción; lo verdaderamente constructivo es canalizar ese enojo hacia soluciones concretas.
Más que permanecer en un estado de frustración, el desafío está en convertir esa fuerza en un impulso transformador, tanto para la sociedad como para nosotros mismos. Tal vez la mejor forma de enfrentar la crispación sea hacernos una pregunta clave: ¿qué estamos haciendo para mejorar aquello que nos molesta?