Con Santiago Ramos, la poesía, y Alcázar de fondo

Por Francisco M. Arniz Sanz

Debió ser hacia 1973 cuando conocí a Santiago. Coincidíamos en una antigua librería, en la Puerta del Ángel, de Barcelona, la Librería Porter. Nos presentó Rosa Cremón, una anciana que había coincidido con Miguel Hernández en prisión y que trabajaba allí. Ella nos proporcionaba libros de la trastienda, ediciones de Losada, de Alberti, Neruda, que por aquel entonces no se podían exponer en los anaqueles y se vendían clandestinamente.


Al saber que Santi era de Alcázar le comenté que yo era amigo de José Corredor-Matheos, también alcazareño que, curiosamente, trabajaba a escasos metros de la librería, como Asesor Artístico y Literario del Colegio de Arquitectos. Algún tiempo después los puse en contacto y desde entonces y hasta su marcha, han mantenido una estrecha amistad.


Cuando en 1977 preparé la Antología, en edición cuatrilingüe, “Del corazón de mi pueblo- Homenaje a Rafael Alberti”, incluí un poema de Santiago, así como otro de Pepe Corredor en dicho libro, amén de otros de Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Blas de Otero, Gabriel Celaya y, así, hasta 140 poetas. Ese mismo año tuvo lugar mi primera exposición en Barcelona, y entre los textos que aparecían en el catálogo, no podían faltar las palabras de mi amigo Santi, que incluso se desplazó desde Madrid, para acompañarme en la inauguración.

Cientos de anécdotas en nuestros reencuentros en Barcelona, Madrid y Alcázar. Y los buenos recuerdos con Etel, su musa y fiel compañera, siempre tan hospitalaria conmigo. Sin duda ella ha sido la gran posibilitadora de la obra literaria de Santiago.


En la boda de ambos, en septiembre de 1978, de la cual aún guardo la artística invitación, con su Canción de Bodas, y la letra y los arabescos, casi lorquianos, de nuestro amigo-poeta. Les regalé un enigmático “gouache”, obra mía, con algún corazón, en el que aparecían unas letras, a modo jeroglífico, en el que se podía componer la palabra “Amnistía”, que era el grito no de guerra sino de paz, que entonces se oía por las calles españolas, pero que el poeta leyó de otra manera: “A mi Santi”. Curiosa coincidencia. Algo parecido, en el juego de letras, con el poema que Miguel Hernández dedicara a la muerte de su amigo “José Marín”, pero que ha pasado a la historia como la Elegía a “Ramón Sijé”.


En 1992 le dedicamos, en los Pliegos, que yo dirigía, y que editábamos en la Academia de Bellas Artes “Santa Cecilia”, de El Puerto de Santa María, una reseña crítica a su libro de Poeta por la feria, en el que plasmó el amor a su princesita María. La niña de sus ojos, fruto del amor con Etel. Y para la que también diseño su invitación de Bodas.


En Diciembre pasado, al enterarse que en El Puerto de Santa María le habíamos dedicado una biblioteca a María Teresa León, me recordó, por Messenger, la alegría que le supuso cuando le presenté la escritora a él y a Etel. También guardaba con celo y cariño la dedicatoria y el dibujo del ángel que Rafael Alberti le dibujó en una primera edición de Sobre los ángeles, y que aquí reproducimos.

Sabiendo del amor que sentía por su tierra natal, Alcázar, le sugerí se interesara por la obra de Ángel Lizcano, e incluso le animé a que trabajara en una biografía del pintor, que por aquel entonces era artista olvidado en su tierra natal. Y finalmente acabó entusiasmándose con su obra, comprando los cuadros que salían en subastas, de los que yo procuraba tenerle al corriente. Acabó haciéndose con una importante colección que incluso logró reunir y exponer en Alcázar, con un bonito catálogo.


La última vez que nos vimos en Madrid, en 2014, visitamos juntos la exposición del pintor portuense Eulogio Varela, en el Museo ABC. Cité también allí, a otro amigo mío, el escultor Fernando Jesús. Provechosas jornadas, paseando por Madrid, incluso visitamos los kioscos de la Cuesta Moyano. Y, recordamos, que allí encontró unas cartas de Miguel Hernández, escritas desde la estación de Alcázar, que en su día me fotocopió y envío. Posteriormente Fernando Jesús le invitó a visitar su casa-estudio y le obsequió con su librocatálogo de las 60 medallas de Apocalipsis.


En los años ochenta, cuando conocí a Antonio Leal, otro alcazareño ilustre –Hijo Predilecto de su ciudad natal-, se sorprendió que yo fuese amigo de Santi, su antiguo compañero de colegio y, desde entonces los puse en contacto, y le dije al poeta le hiciera llegar sus libros. Y esos antiguos compañeros y amigos se reencontraron y se han tenido una admiración mutua hasta el último día.


Leí en El Semanal de la Mancha la iniciativa popular, avalada por distintas asociaciones culturales y cívicas solicitando el nombramiento de Hijo Predilecto de Alcázar para Santiago, un alcazareño de pro. Que ya tendrá que ser, desgraciadamente, a Título Póstumo. Pero Santiago Ramos es, desde hace bastantes años, artista predilecto de Alcázar pero no por decisión municipal, sino por merecimientos propios y aclamación de sus paisanos. Una vez más la sabiduría popular, o la simpatía instintiva del público no especializado, lleva la
delantera a la burocrática y anquilosada Administración, más propensa a necrológicos homenajes que a justos reconocimientos en vida de los artistas.


De las cualidades de la obra poética, y en prosa, de Santiago Ramos ya se ha pronunciado la crítica especializada reconociendo sus enormes valores. Además su obra ha sido traducida a otros idiomas, incluido el japonés.

Pero en cuanto a su persona somos sus amigos, sus paisanos, sus compañeros, su familia, quienes mejor le conocimos y quienes le tendremos siempre en nuestra memoria, porque Santiago se podría haber permitido hacer suyo los versos de don Antonio Machado en su poema Retrato: “soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.


Casi cincuenta años de una bonita amistad, que nació con la poesía y los libros, con la Generación dl 27, con la pintura, con Alcázar al fondo, con vivencias en Cataluña, en Madrid, o en La Mancha, y que guardaré en mi memoria como una de las mejores páginas del libro de mi vida.