Contraste

Por Alejandro Matilla García

Había besado el pie a Jesús. Después comulgó y con caminar silencioso, como avezada parroquiana, llegó para orar hasta su hermoso reclinatorio forrado de rojo terciopelo. Todo delataba que era una de las mujeres pudientes del lugar.

Horas antes, al alba, la misma señora junto al mayoral, bajo el porche de la casa solariega, supervisaba el hato que el gañán debía llevar hasta la finca. Se pesaban las patatas, con rutina se calculaban lo puñados de arroz, se contaban los pimientos, las cebollas, los tomates. Junto a las dos cabezas de ajos, destacaba una raspa de bacalao. El pan, la harina de almortas y la cuartilla de aceite completaban el lote para la veintena de vendimiadores. Estos hombres, mujeres, incluso niños, eran los que con estos alimentos diarios hacían rebosar las tinajas y los bolsillos del amo. Todos los días hacían el milagro sin ser las “Bodas de Caná”.  

Terminada la misa, en la Puerta de la Misericordia, la marquesa se encontró al joven harapiento con la cabeza gacha y la mano extendida  esperando su jornal. Ella, para protegerse de sol, inclinó el ala de su amplia pamela y acto seguido abrió el bolso de cuero. Apartando las monedas  de plata, al final se hizo con la “perra gorda” que tanto le molestaba. Mirando al tendido dio la limosna al zagal, a continuación cruzó la plazuela y, dando aire a su atavío, subió a la calesa satisfecha de una mañana llena de bondad.

Junto al lector, me gustaría forjar un marco de bronce para que perdure en el tiempo el cuadro de estos personajes. La imagen está llena de contraste diferencia de intensidad como los colores blanco y negro. También refleja una grave desigualdad, palabra eterna desde que existe el dinero.

Como amo la brevedad, aquí termino mi relato. Vivencias de mis orígenes que nadie me contó. Soy consciente en la orilla que estoy. Los libros condicionaron mi marcado acento ideológico del cual me siento orgulloso. Ojalá tuviese la facultad de escribir una columna diaria y con ello poder derrotar al fascismo.

Mis seres más allegados me sugieren que escriba algún día del amor y de la amistad. Estas palabras llenas de afecto, son muy hermosas pero difíciles de tratar. Muchas veces desperdiciamos lágrimas frescas por dolores pasados. Hace tiempo, a través de la lectura, recuerdo algo parecido a esta reflexión:

“Lo único que merece la pena es la educación, escribió  en el siglo II un seguidor de este culto. Todos los otros bienes son humanos y pequeños y no merecen ser buscados con empeño. Los títulos nobiliarios son un bien de los antepasados. La riqueza es una dádiva de la suerte, que la quita y la da. La gloria, es inestable. La belleza es efímera; la salud, inconstante. La fuerza física cae presa de la enfermedad y la vejez. La instrucción es la única de nuestras cosas que es inmortal y divina. Porque solo la inteligencia rejuvenece con los años y el tiempo, que todo lo arrebata, añade a la vejez sabiduría. Ni siquiera la guerra que, como un torrente, todo lo barre y arrastra, puede quitarte lo que sabes”.