Cuando un sobresaliente no es suficiente
Es el tema de conversación. Es la espera inquietante de conocer las notas. Da igual de qué etapa o ámbito estemos hablando, porque desde los cero años se está calificando todo lo que se hace.
A veces los números se sustituyen por colores, caras, flechas o estrellas, pero todos tienen el mismo objetivo: obtener una “nota final”.
Me pregunto si el propósito de esa nota es “clasificar”, pero en un sentido poco recomendable, porque lo que más se hace es “encuadrar” al estudiante en un segmento concreto que le otorga o le resta opiniones, reacciones o posibilidades.
La nota es el término final de un proceso. Nos guste o no, es lo que “sale a escena” cuando termina el examen, la prueba, la situación de aprendizaje, el tema o el trimestre. Es lo que hay, y a lo que se le da valor.
Pero quizás sea precisamente ese valor el que está más trastocado.
El proceso evaluativo va mucho más allá de una calificación en forma de número, sigla o palabra. Sin embargo, eso es lo que se ve, lo que se aprecia, no solo por el alumnado, sino también por las familias y, en consecuencia, por la sociedad.
Podríamos decir que las sonrisas y las tristezas vienen dadas por las notas recibidas.
Esta es una visión simplista, que olvida todo lo enriquecedor y formativo que tiene el proceso evaluativo. Muchas veces, los docentes hacemos hincapié en ofrecer un feedback valioso: con argumentos, comentarios, valoraciones respecto a lo que se está evaluando. Pero suele caer en saco roto, y al final, lo que se mira, lo que “vale”, es la nota.
Se utilizan herramientas, instrumentos, métodos, técnicas para evaluar, pero todo se encamina al producto final. Ese producto es el que hará que tú te sientas de una manera u otra, que tu familia también lo sienta, y que el sistema te encuadre en un “cajón” o en otro. Y cuanto mejor hayamos utilizado esas herramientas en el proceso, más “real” parecerá la nota.
¿Pero esa nota se ha logrado siguiendo y aplicando las técnicas correctas, adecuadas a tu individualidad y tus necesidades? Da igual. Lo único que importa es la nota y con esto las posteriores respuestas tanto en términos individuales, familiares o sociales.
Y aquí comienza un debate que arranca desde edades tempranas: ¿Cuánto has sacado? ¿Qué te han puesto? Y no falta quien recuerde que siempre aprueba el alumnado y suspende el profesorado. La responsabilidad y la culpa son siempre de los demás.
Comienzan las comparaciones. Un BIEN está BIEN si el resto de la clase ha sacado una nota inferior. Todo lo demás da igual. Da igual la retroalimentación que se haya ofrecido.
Si el Sobresaliente es la máxima calificación que se puede obtener, pierde valor si toda la clase ha sacado Sobresaliente (porque ya no se “sobresale”). Aparece la disconformidad, y se le quita valor a esa nota.
UN SOBRESALIENTE YA NO ES SUFICIENTE.
Y dejo algunas preguntas en el aire:
¿Alguien pregunta cómo se ha obtenido ese Sobresaliente?
¿Alguien pregunta o conoce el proceso, los instrumentos utilizados, las adaptaciones necesarias?
¿Alguien acepta la nota que ha sacado en función de su realidad dentro del proceso evaluativo?