ARTÍCULO DE OPINIÓN

Cuando todo esto acabe

Por Alejandro Matilla García

Para poder completar la frase que has leído referente a la pandemia, es posible que pasen años.

   Comienzo a escribir el 2 de mayo y ya se han escrito cientos de artículos, pronto llegarán los libros.

   Se celebrarán conferencias, los científicos harán miles de análisis y estudios para saber si la misma naturaleza, o alguna mano, han podido fabricar tanto horror. Los expertos y grandes pensadores ya reflexionan para decirnos el mundo que nos espera.

   Yo vivo el presente y siento estar en la cárcel sin interrogatorio ni juicio previo. ¡Amo la libertad!

   Por mi edad, me han asignado unos cortos paseos y he podido experimentar la angustia y soledad del aislamiento social. Solamente por haber vivido.

   No seguiré escribiendo sin resaltar la labor del personal sanitario. Están dando la vida para salvar otras.

   Debo destacar el esfuerzo de transportistas y camioneros que no miran el reloj para comer ni dormir. Me dejaré muchos sectores por el camino. Recuerdo los más cercanos, como los trabajadores de los supermercados, los proveedores y agricultores: todos con sus brazos mantienen a flote este volcán en erupción llamado planeta Tierra. No crean que me he olvidado de los jornaleros e inmigrantes. Ellos están  salvando las cosechas de todo el país para poder hartarnos de comer. Después entre todos les asignaremos unos sueldos indignos.

   En mis paseos he podido ver cómo los buitres han levantado el vuelo y, aprovechándose de las desgracias, se han lanzado a la yugular de este joven Gobierno para resaltar sus errores. Aquí puede que yo tenga el alma muy blanda, pero debo decir que este equipo de gobernantes no ha tenido tiempo de gobernar, sólo ha tenido tiempo para contar muertos. Ahora, los primeros de la clase dicen que el Estado de Alarma se debía de haber aplicado cuando estábamos tomando las uvas. No existe ni un solo país que se haya paralizado por intuición. Me van a permitir la broma, pero no conozco a nadie que cambie la rueda del coche antes de pinchar.

   Intento dormir rodeado de amigos que han fallecido. Por las estadísticas, podemos asegurar que la factura de la “fiesta” la están pagando los de la tercera edad. Estos hombres y mujeres pasaron una guerra, con su posguerra, conocieron el exilio y la cárcel, más la cartilla de racionamiento. Pues a pesar de todo ello, se hipotecaron para formar un hogar, incluso dieron estudios a sus hijos. Estos abuelos y abuelas que hace unos años, con su humilde pensión dieron de comer a sus nietos, se encuentran hoy en el corredor de la muerte de algún hospital o residencia.

   Dice la gente de buena fe que cuando todo esto se acabe, la sociedad va a ser mejor en sus comportamientos. Siento seguir siendo pesimista: las semillas de hoy son las flores de mañana.

   Para cambiar, la persona debe conocerse a sí misma, algo que puede llevar una vida el conseguirlo.

   Después, tenemos que tener ganas de cambiar. La inteligencia es lenta para mejorar las actitudes y valores del ser humano. Sobre todo cuando se encuentra con el muro del sentimiento del odio, algo que nunca ha prescrito. Llegarán las vacunas y viviremos con este virus, igual que hemos vivido con los virus de la envidia y la avaricia. (Seguiremos vendiendo armas).

   Para confirmar todo lo dicho, me despido con esta simpática y cruda realidad válida para  cualquier siglo

   Dice así:

-Llamó un mendigo a la puerta de una mansión pidiendo una limosna.

   Abrió la misma dueña y, dando curso a tal petición dijo: “Perdona por Dios”.

   El joven, sentándose en la acera, dejo pasar un tiempo para volver a llamar.

   Cuando así lo hizo, volvió la misma señora y desde el zaguán exclamó: ¡Oye, qué esta es la misma casa!

   A lo que el muchacho le contestó: ¡¡Sí señora; y yo el mismo pobre!!