En torno al analfabetismo taurino

Por Antonio Moreno González

 A mi padre, que me enseñó

a apreciar el mundo del toro

 

“¿Los señores saben escuchar?” Así se dirigía a la concurrencia el cantaor jerezano Antonio Chacón (1869-1929)

antes de emplearse  con los cantes que dominaba y a  los que aportó su propio estilo. Y lo hacía porque D. Antonio, como era conocido por su magisterio, aspiraba a que la gente entendiera lo que estaba transmitiendo con su trabajo. Aspiraba a la alfabetización en lo “jondo”, término preferido al más liviano y complaciente “flamenco”, portavoz de su importancia social, histórica, literaria, musical y de los misteriosos asuntos del alma que nutren el “quejío” del casi desaparecido cante grande.

Alfabetizar, se asoció en el siglo XIX con la necesidad de saber leer, escribir y hacer cuentas para desenvolverse en una sociedad cada vez más urbanizada y diversa, aun en las zonas rurales, surgida del progreso asociado a la revolución industrial; la alfabetización ciudadana era uno de los indicadores de la modernidad de los pueblos. Escuela y despensa, fue la esencia del regeneracionismo finisecular de la España del siglo XIX con Joaquín Costa a la cabeza. Hubo quienes achacaron al analfabetismo que afectaba a la mayoría de la población masculina española y a casi toda la femenina, así como a nuestra proverbial “pereza intelectual”, la crisis finisecular del XIX que entre otros descalabros supuso la pérdida de los residuos coloniales, aunque los estudios actuales no lo contemplen como el escandaloso fracaso con que se aireó entonces. No obstante, aquellos incidentes removieron las conciencias propiciando la atención a la educación - vista como un problema nacional - a la ciencia, a la industria y a las tecnologías. Entre las manifestaciones populares de adhesión a la causa española en las guerras de ultramar hay que recordar las corridas de toros “patrióticas” celebradas para recaudar fondos de ayuda a la flota española, como la organizada en Madrid por El Imparcial en 1896 que, presidida por Lagartijo y Frascuelo, contó con la participación desinteresada de  Guerrita, Reverte y Bombita.  De aquellas circunstancias arrancan las acciones más sobresalientes para erradicar el analfabetismo y establecer principios educativos que desterraran “la letra con sangre entra”. Las aportaciones de la Institución Libre de Enseñanza a la modernización escolar aun resuenan en la historia de la educación y son un provechoso caladero para afrontar hoy deficiencias de nuestro fatigado sistema educativo.

Más allá de la carencia en primeras letras y considerando el analfabetismo como “falta de instrucción elemental en un país”, dice la Real Academia Española, se fueron ampliado los horizontes de aprendizaje para reducir la ignorancia en saberes y destrezas de áreas diversas de conocimiento. En esa dirección apuntaron las Misiones Pedagógicas de 1931 y, en los años 60, los Planteles de Extensión Agraria y las Campañas de Alfabetización. Sin pretender extender a la población, aunque fuera deseable, el “hambre de saber” a que se refería Albert Einstein en su ambiciosa aspiración por descifrar las claves del universo, se fue acuñando la imprescindible adquisición  de una “cultura general” para ser gentes de provecho en la vida personal y colectiva.

Y como inexorablemente los “tiempos cambean”, parafraseando a Guerrita, hoy la ignorancia abarca nuevas formas de analfabetismo: científico, digital, financiero, audiovisual… por no tocar el político. Analfabetismos al que no es ajeno el taurino, que puede llegar a extremos tan perversos como la incitación a la autocensura practicada por quienes niegan en público el interés que, en privado, tienen por el mundo del toro para evitar verse afectados por la intolerante cultura de la cancelación que puede acarrearles desprestigio, incluso marginación en los entornos donde se desempeñan.

Desconocer el mundo del toro del que el espectáculo en la plaza es colofón de un proceso ancestral, complejo, controvertido y trascendente para los pueblos es una forma de analfabetismo. Analfabetos son los que ignoran quiénes fueron, cómo se formaron y sus logros aportados al entramado social Arquímedes, Cajal, Lincoln, Lorca o Leonardo da Vinci, como los son, igualmente, quienes desconocen los casos de Pepe Hillo, Miura, los Gallo, los Bienvenida o los Domecq. Hay que aprender en y de la historia porque todos formamos parte de ella, cada uno desde su condición y responsabilidad. Y la historia comprende cuanto acontece cada día en todos los órdenes de la vida y de la muerte, en todas las manifestaciones naturales de lo orgánico y lo inorgánico, en todos los sucesos para bien y para mal. Y a medida que avanzamos en unas direcciones debemos obligarnos a vigilar las consecuencias porque el mundo es vulnerable y en nuestras manos está conservarlo o destruirlo. El negacionismo que propagan quienes atribuyen al mundo del toro la recreación en la sangre y el maltrato animal omiten deliberadamente, por conveniencia o por ignorancia, la contribución del habitat del toro de lidia, la dehesa, al equilibrio natural, a mantener la riqueza y diversidad de la flora, la fauna y los sitios; el soporte del bienestar socioeconómico que reporta su existencia y explotación; el empirismo genético sobre el que se apoya la configuración y crianza del toro deseado por el ganadero; o la secular vinculación de las fiestas de toros con obras benéficas como la atención sanitaria a los pobres en los hospitales del Reino.

El remedio para combatir la ignorancia, que tan costosa nos sale por los muchos males que acarrea, es dar cumplimiento al mandato divino, hecho terrenal con el tiempo, de “enseñar al que no sabe” que aprendimos en la escuela los chicos de mi quinta. ¿Y quién puede y debe enseñar? Obviamente, quienes saben. Son depositarios de los saberes necesarios, aunque mejorables en algunos casos, para rebajar el analfabetismo taurino: ganaderos, toreros, empresarios, apoderados, autoridades, peñas taurinas, instituciones culturales, cronistas y espectadores. Pero aquí topamos con el nudo gordiano de este deseable empeño: el hermetismo de muchos protagonistas, la cerrazón de quienes pudiendo enseñar son, a su vez y contradictoriamente, causa de la fatiga y el ensimismamiento del espacio taurino afectado por hechuras ya rancias - eficaces en tiempos pasados - de las que debe despojarse y superar porque acrecientan la ignorancia y, en consecuencia, la desconfianza y el rechazo de aquellos dispuestos a alfabetizarse, ilustrarse y colaborar por la permanencia y mejora del “planeta de los toros”, tan necesitado de aire fresco, lamentablemente envilecido por ese confortable “dar gato por liebre” que ha convertido los ruedos en escenarios, no exentos de peligro, pero adocenados, tristes, monótonos y previsibles. Y no digamos cómo aprovechan ese decaimiento quienes buscan cualquier resquicio para vituperar el mundo del toro. Hay que saber, incluso, y sobre todo, para oponerse. Al margen de la asistencia al espectáculo en la plaza que podría llegar a extinguirse como sucede entre las especies de los seres vivos, las profesiones, las costumbres, las celebraciones, los ritos, y tantas otras manifestaciones que pasan a la historia, hay que conocer el surgimiento, los significados y la influencia del mundo del toro porque ha sido y, de momento es, socialmente relevante en los dominios individuales y colectivos merecedores, incluso constitucionalmente hablando, de consideración y respeto. Y que, por supuesto, trasciende las connotaciones patrias en que algunos sustentan su defensa desde una posición beatífica y devota, abundosa en tópicos recurrentes e innecesarios. Porque no es un asunto patriótico, ni político, ni religioso, es un suceso popular, mundano, un desafío pagano a vida o muerte, tangencialmente estético, instintivamente gobernado por leyes físicas, geométricas y aritméticas  dotado de un contenido específico acumulado a lo largo de los siglos que aporta aprendizajes para opinar con solvencia sobre cuanto pasa en ese mundo peculiar; saberes para admitirlo o denigrarlo. Y también para exigir.

Saberes necesarios, ahora más que nunca, porque hemos entrado en una nuevo territorio con elementos que determinan caminos por explorar, que influyen en la percepción de nuestras identidades y destinos. Otro mundo está brotando entre los arcanos del universo: un mundo inmerso ya en la revolución sostenible, acosado por la pérdida de biodiversidad para la que científicos tan acreditados como David Attenborough cuya reciente publicación, Una vida en nuestro planeta, insisto en recomendar como lectura obligada para todos, proponen “devolver al mundo su condición salvaje”, entendido como la coexistencia, recíprocamente beneficiosa, entre la conveniente e imparable modernización y la preservación de las riquezas  naturales en todos los órdenes de la vida. Condición que nos obliga a ubicar, con sensatez, responsabilidad, consciencia social y medioambiental, el mundo del toro en este cometido global que aspira a la supervivencia del planeta que habitamos. Démosle su sitio, señoras y señores. Hay que informarse, pensar, escuchar, dialogar...y después, proponer. ¡Pongámonos a ello! La historia nos lo agradecerá.

Pies de foto:

Mi padre (1903-1994) en Talavera de la Reina

En “Las Olivillas” (Cañamero, Cáceres), con una vaquilla de Cortijoliva, probando sensaciones únicas e inéditas para mí. Al quite, Sánchez Vara y Fernando Robleño. Verano de 2012.