Escolarizar el municipio

Por Antonio Moreno González (Maestro de Escuela, Catedrático Emérito de la UCM)

Ante la sorpresiva, incierta, devastadora y quizá duradera pandemia provocada por el COVID-19, se está intentando dar soluciones que afecten lo menos posible al alumnado, a las familias, al profesorado y a cuanto personal trabaja en y para los centros docentes. La disquisición sobre el comienzo de curso pivota en torno a garantizar la seguridad de todos, a evitar contagios o, al menos, a tener prontas respuestas a los que puedan producirse. Se proponen medidas precautorias para que la actividad escolar se normalice, que no se acrecienten las desigualdades existentes, más aún: esforzarse en reducirlas, en favorecer la equidad. Inevitable es, también, que parapetándose en la noble y necesaria búsqueda de precauciones y remedios estén en juego, aunque no se esgriman ostensiblemente, intereses de parte provocando discrepancias entre los afectados y simpatizantes de la poliédrica diversidad que conforma el sistema educativo. Porque una de las “malas prácticas” inherentes a la educación como ejercicio es que todo el mundo se cree con criterio y razones para opinar y dar consejos. Admitiendo tan dudoso derecho, no es tan admisible beligerar por imponerlo, como suele suceder. Y más ahora que ante la evidente fatiga del sistema educativo – de obsolescencia hablan otros – no hay defensa capaz de acreditar referencias de que vayamos por buen camino.  Más bien, al contrario: es fácil encontrar  debilidades que urgen a su inexorable reforma (“La agonía de la escuela”, El País, 12/4/2004). Una reforma que ha de afrontar cambios profundos no periféricos como viene haciéndose hace años, cambios que afecten a la estructura, contenidos y métodos tan desgastados ya por el paso del tiempo. Una reforma desde la certeza que si bien la educación cuesta –esfuerzo, dinero, trabajo, reflexión, generosidad – la ignorancia sale más cara en todos los órdenes. Pero no es este el momento para enfangarse en tan necesaria tarea que requiere compromiso, diálogo y, sobre todo, gentes que sepan de qué hablan y su trascendencia social para hoy y para mañana porque la escuela, la educación obligatoria, es esencialmente una empresa formadora de ciudadanos más que una suministradora de saberes, que también.

Ahora el problema a resolver es otro y urgente: reanudar la actividad escolar condicionados por el acoso de un coronavirus resistente a ser doblegado. Las variables a manejar son tan arriesgadas como ineludibles y las soluciones han de proporcionar parámetros de acción que contribuyan al hallazgo de seguridades en estas complicadas circunstancias. Ante las dubitativas propuestas de quiénes han de tomar decisiones se están generando normas dispares entre Comunidades Autónomas que no benefician la lucha coordinada contra la pandemia, derivadas de la incertidumbre que la caracteriza y el desconocimiento, por ahora, de cómo combatirla. Esperemos que el presunto consenso entre Comunidades y Ministerio de Educación respecto al protocolo acordado en estos días rebaje las diferencias y facilite un comienzo de curso equilibrado en todo el territorio nacional. Lo que no impide que sea oportuno considerar en el debate abierto con este peculiar comienzo un principio esencial ausente en la maraña legislativa acumulada con las compulsivas renovaciones de las carteras ministeriales:  que la responsabilidad educativa recae sobre la población en su conjunto, que todos educamos y deseducamos en la proporción que nos ataña, que a todos nos incumbe la empresa educadora de la ciudadanía. Y es desde esta perspectiva globalizadora que puede hablarse de escolarizar el municipio. Entendiendo en forma genérica “municipio” como pueblo, ciudad, aldea, barrio, distrito o cualquier demarcación donde existan centros educativos. Así como “escolarizar”, además de la escuela en si, afectaría al bachillerato y la formación profesional teniendo en cuenta que, a diferencia de la educación obligatoria, en estos niveles educativos se priorizan los saberes, las destrezas y los oficios.

Entre las propuestas de reforma del sistema educativo es recurrente la que aboga por “derribar las paredes de la escuela”, en el sentido de hacerla más permeable a la “calle”, al entorno en que está ubicada y a las gentes que la pueblan, y más flexible para incorporar la “calle” a su limitante geografía. Se trata de ventilar escuelas e institutos para refrescar el aire viciado que los agobia y sume en la monotonía. De esta reciprocidad se espera una beneficiosa  cooperación que no solo ha de satisfacerse con las esporádicas colaboraciones, cada vez más frecuentes, por parte de quienes tengan algo que decir desde sus respectivas experiencias y ocupaciones. Se trata de ir más allá optimizando los medios disponibles en el entorno escolar, integrándolos en una planificación educativa diseñada conjuntamente por las autoridades municipales, el profesorado, las familias y responsables de organismos e instituciones  locales con fines culturales y formativos, sede algunos para actividades extraescolares. La institucionalización de vínculos docentes, a medida de los recursos del entorno con que cuente cada comunidad educativa, favorecería el fortalecimiento de la educación como la obra social que es. La ampliación de espacios educadores, no estrictamente escolares, refuerzan la presencialidad tan determinante para las tareas en común, la convivencia, el respeto, el disfrute de cuanto nos rodea y pertenece, el sosiego para hablar y escuchar, el reconocimiento del trabajo para la formación personal y la vida colectiva, la identificación del espacio en que nos desenvolvemos habitualmente que ha de cuidarse y mejorar. Polideportivos, casas de cultura, bibliotecas públicas, escuelas de música, asociaciones científicas, centros catequéticos, hospitales, administraciones civiles, profesionales liberales, comercios, fuerzas de seguridad, centros militares, establecimientos hosteleros, fábricas, talleres, agrupaciones agrarias…que existan en el territorio escolar son recursos didácticos a tener en cuenta para atender en horario lectivo a niños y jóvenes cumplimentando los contenidos establecidos en la programación colectiva local a los que, según los espacios educadores disponibles, harían frente contando con la colaboración del profesorado en ejercicio y los contratados a raíz de la emergencia escolar inducida por la pandemia.

Obviamente, escolarizar el municipio no es tarea sencilla, exige entendimiento y un trabajo colectivo arduo, sensato, meditado y no mediatizado por el optimismo psicopedagógico de quienes charlatanean con elocuentes discursos sobre las bondades de la acción educativa que han de realizar los otros. Es también una oportunidad para desplazar la valoración cuantitativa del éxito escolar aplicada desde la más “tierna infancia” hasta los informes PISA, de los que todavía nadie ha descubierto su utilidad - de “perversa aduana de los exámenes”, hablaba Manuel B. Cossío - por la impregnación de los procesos docentes en las conductas y formación del alumnado, por los resultados cualitativos practicados en la convivencia y el desenvolvimiento personal como evaluación real del paso por las aulas. Objetivo a cumplir contando, inexorablemente, con el abordaje de la apremiante adaptación de la formación de maestros y profesores para el desempeño de una actividad docente abierta y compartida.

En este proceso tendente a revitalizar nuestro sistema educativo, inmerso en la fatiga que afecta también a otros ámbitos que reflejan titulares como “fatiga en la deuda soberana”, “fatiga democrática”, “fatiga editorial”, “fatiga del capitalismo”, “fatiga de la tierra” y tantos otros que pueden añadirse, y a la vista de los aprendizajes derivados de la pandemia en cuanto al comportamiento individual y social, la contribución a la mejora de la calidad de vida, el teletrabajo, la sostenibilidad medio ambiental, la reducción de la contaminación… incorporar la llamada “España vacía” es un opción para la mejora educativa si se facilita su habitabilidad a quienes opten por la vida alejada de las grandes urbes, con el consiguiente alivio para la vida urbana. La  inclusión de aquellos pueblos en la escolarización del municipio facilitándoles la recuperación de la escuela, la dotación de servicios sanitarios de atención primaria y comunicaciones viales y digitales eficientes supondría ampliar los escenarios de aplicación de un renovado sistema educativo orientado preferentemente a la formación de la ciudadanía para aprender a vivir uno mismo y facilitar la vida colectiva en cualquier sitio, con cualquier trabajo y con cualquier gobierno.