La formación de Belgrano en la metrópoli

Belgrano remite para los más a “El Encargado”, serie televisiva de éxito internacional ambientada en un elegante edificio del barrio bonaerense del mismo nombre; cuenta las andanzas de Eliseo, portero del edificio y personaje peculiar donde los haya. Para otros, remitirá al hundimiento de aquel barco homónimo con el que se abrieron las hostilidades en la guerra de las Malvinas: acto legítimo o crimen de lesa humanidad; una tragedia sin ambages que se cobró 323 vidas de la tripulación. Manuel Belgrano, el que da nombre, es el indiscutido y venerado héroe de la independencia argentina, un padre de la patria, el creador de la albiceleste, la reverenciada bandera argentina. La cuna del héroe, Buenos Aires —de trazado geométrico—, se expande amplia a lo largo de la orilla derecha del río de la Plata; ciudad y río son difíciles de imaginar. La ciudad es conocida como la “París de Sudamérica” por sus edificios fin de siglo de corte afrancesado; la conurbación de 13 millones de almas no se ajusta empero a cánones, mantiene su personalidad. Del río, confluencia del Paraná y el Uruguay, hay que destacar su anchura inusitada ya que desde una de sus orillas no se divisa la otra; no hay acuerdo sobre su condición de río, estuario, golfo o mar menor del Atlántico, de lo que no hay duda es del hecho histórico de que por allí Cabeza de Vaca, el esforzado conquistador español, se adentró en el continente, remontó el Paraná y a través del curso de su afluente, el río Iguazú, descubrió para los europeos las famosas cataratas en las entrañas de la selva virgen, hoy devastada. Si en la distancia, y el desconocimiento que entraña, el libertador evoca una serie televisiva o aquella malhadada guerra, en la cercanía ocurre algo distinto; en Buenos Aires resulta inevitable dar con su nombre: aparece en las placas de una de sus grandes avenidas, designando un barrio entero, en una parada del metro, en la base del mausoleo con sus restos frente al Convento de Santo Domingo, en la inscripción de la peana de una garbosa estatua ecuestre en la misma Plaza de Mayo, en museos, colegios, institutos, universidades, y hasta en cualquier lugar u objeto que pudiera imaginarse. Forzosa por tanto la evocación.

Manuel Belgrano creció en el seno de una familia acomodada. Después de una formación inicial en el Real Colegio de San Carlos continuó sus estudios en España, a la sazón la metrópoli. Pasados los años, volvió a tierras americanas con un nombramiento de Carlos IV como “secretario perpetuo” al frente del recién constituido Consulado de Comercio en Buenos Aires, institución del máximo interés de la Corona. Luchó al lado de los españoles contra los ingleses en las invasiones que estos llevaron a cabo en 1806 y 1807 en el Virreinato de la Plata. Tras la ocupación napoleónica de la Península Ibérica, se entrevé una oportunidad para la independencia de las colonias y Belgrano se une a la causa: formó parte como vocal de la Primera Junta de Gobierno que se constituyó el 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires, el primer gobierno de las entonces Provincias Unidas del Río de la Plata; le encomendaría misiones de la máxima importancia. Al frente del Ejercito del Norte participó en distintas campañas militares; a destacar, el apoyo a los correligionarios del Paraguay y las victorias frente a los realistas en las batallas de Tucumán y Salta. Más tarde, en misión diplomática, viajó a Europa en pos del reconocimiento de la independencia. En el Congreso de Tucumán que declaró la independencia el 9 de julio de 1816 propuso una monarquía hereditaria como forma de gobierno para la nueva nación; el titular sería un rey inca y la sede estaría en la ciudad imperial de Cuzco. La idea no prosperó.

Por lo que toca a su itinerario en España, se inició con su llegada a La Coruña en octubre de 1786; tenía 16 años. Lo menciona en sus escritos autobiográficos, “… [mi padre] me mandó a España a seguir la carrera de las leyes, y allí estudié en Salamanca; me gradué en Valladolid, continué en Madrid y me recibí de abogado en la Chancillería de Valladolid”. Hay constancia de su matriculación en la Universidad de Salamanca y la hay de su grado en leyes, que obtuvo en la de Valladolid; en esta última se conserva su expediente académico de “bachiller en leyes”: el 28 de enero de 1789 fue examinado y “aprobado concordem” (sic); en documento previo se consigna asimismo la edad, “19 años poco más o menos”, y ciertas características antropométricas, “pelo rojo y ojos castaños”, descripciones que si bien hoy pudieran resultar extravagantes eran propias de la época y servían para una mejor identificación. Por otra parte, la documentación que obra en la Chancillería de Valladolid, el entonces alto tribunal, no deja dudas sobre su habilitación final de “[…] abogado como los demás de esta Real Chancillería …” (31 de enero de 1793).

El paso de Belgrano por España resulta crucial para entender su pensamiento, no solo por la formación académica que recibió, sino también por su participación en las inquietudes intelectuales de la época. Durante su estancia estalló la revolución francesa, “Como en la época de 1789 me hallaba en España y la revolución de la Francia hiciese también la variación de ideas, particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad…”. Eran los tiempos de la Ilustración. De especial trascendencia para entender la actividad ingente que desplegó en el Consulado es el interés que mostró por la economía, "Confieso que mi aplicación no la contraje tanto a la carrera que había ido a emprender [Leyes], como al estudio de los idiomas vivos, de la economía política y el derecho público […]”. Las obras fundacionales de la economía, coetáneas, no le fueron ajenas. “Tableau economique” (1758) de Quesnay está considerada como el primer intento de describir la economía de manera analítica. Más importancia tuvo “The wealth of nations” (1776) de Adam Smith: el libre ejercicio del interés individual  procura sin proponérselo el bien común, la “mano invisible” de la que tanto se habló; en línea, el aserto del prócer, “El interés es el único móvil del corazón del hombre y bien manejado puede proporcionar infinitas utilidades”. Hace pensar.

Su compromiso, desinterés y honradez le granjearon el aprecio unánime; murió no obstante Belgrano en la indiferencia de sus compatriotas y en la pobreza. Ocurre con los héroes. Su reconocimiento oficial llegaría más tarde.