PRIMERA PARTE

Historia de Fernandito

Por Andrés Manzaneque

¡Hola! Soy Fernandito, así es como creo que me van a llamar.

Mis padres han barajado muchos nombres. Menos mal que no se le ocurrió llamarme Kevin, Christian, Jonathan, nombrecitos hortera que se pasan de moda enseguida.

Cuando nazca cada uno me llamará de forma diferente. Unos me llamarán Fernandito, otros Fernando, pero los más allegado y atrevidos Ñito, niño, nene, peque, nano, el guarín de la casa… Seguro que despertaré sanas envidias familiares.

Frases como: Se parece a su padre, tiene los mismos ojos y la frente que su padre… es guapo como su padre (comentarán los familiares de mi padre).

La nariz, la boca, las orejas, idénticos a la madre… Tiene mucho parecido con la madre… el gesto nervioso como su madre (naturalmente serán comentarios de los familiares de mi madre).

La verdad es que no me pareceré a nadie… seré yo y basta. Soy lo que se dice un producto de la fusión hombre-mujer, mujer-hombre.

Debo nacer en el mes de enero de 2000, cuando haya cumplido 280 días de vida en la matriz. Pesaré tres kilos y pico. O sea, que naceré recién inaugurado el siglo XXI, en pleno desarrollo tecnológico. Todos aseguran que las primeras vivencias las comenzaré dentro del claustro materno.

¿Pero cómo empezó todo esto?. Como he dicho soy un producto de amor, del cariño y la pasión. Fue como una carrera, un maratón, una gran batalla.

Empecé a subir, subir, rápido, muy rápido. Esta carrera tenía un gran premio, vivir o morir. Intentar amarrar un óvulo para vivir. El óvulo que agarré era joven, pues su propietaria, mi madre, también lo es… ¿La puedo llamar así?... Es guapa, joven, trabajadora, dinámica y muy simpática… es profesora. Esas que enseñan a los niños.

Mi padre es joven, alto, guapo, fuerte, sano ¿pelo?, mejor no hablar de su poco pelo… muy trabajador. Es el que aportó la semilla.

Aunque soy un elemento inmaduro, soy un espermatozoide. He vivido en los testículos y conocí a muchos hermanos que cuando lograban la madurez me abandonaban multitudinariamente. En vez de decirme adiós, uno a uno, salían en tropel a través de un conducto que oí llamar “deferente”.

Parecía que me quedaba solo, pero no era cierto, inmediatamente maduraban otros millones. Se trataba de un insólito equilibrio celular. Se comentaba en el epididimio (habitual lugar de concentración), que todos acababan muriendo en breve espacio de tiempo. No más de 24 horas… ¡que miedo! Pero yo logré sobrevivir y triunfar orgullosamente al fecundar al óvulo. Fui el héroe, el fuerte, el elegido…

Aunque todos éramos iguales, con una gran cabezota (que por cierto es donde porto los cromosomas), tenemos un feo cuerpo, pero una graciosa cola que agitábamos y nos hacía ascender. Los más fuertes como yo dejábamos atrás a mis compañeros de periplo y llegué a la superficie del óvulo, debo concienciarme de que ya soy solo una célula: el huevo y olvidarme de lo que fui antes.

Mi mente, esbozo micrométrico de un cerebro pensante, comenzó a discernir e intentar contestarme un sinfín de interrogantes. Pertenecía a un óvulo de una joven, ¡mi madre!. Pertenecía también al espermio de un joven; ¡mi padre!...¡había sido engendrado en un acto de juego amoroso! Tenía un padre, tenía una madre, pero también tenía una nodriza.

Vivo en un habitáculo cálido, mullido y oscuro. Mi nodriza (la placenta), le debo una evidente gratitud, me nutrió, me oxigenó, eliminó mis toxinas y se erigió en barrera protectora de muchas agresiones.

Cuando nazca, estará muy viejecita y fallará en casi todas sus funciones y la tirarán a un cubo ¡bonita gratitud!

Debería disculparme y darle mi último adiós y mi más sinceras gracias por todo lo que hizo por mí. También fuí testigo de mi propio crecimiento visceral; el corazón, el cerebro, la columna vertebral, los esbozos genitales… El corazón latía muy rápido, sonando como una máquina de vapor.

En las yemas de los dedos de la mano y plantas de los pies, la piel iba formando un encaje de surcos y líneas, que luego identifiqué como huellas dactilares.

Al principio me asemejaba a un pez, luego a un reptil, finalmente iba cobrando imagen humanoide.

De vez en cuanto tragaba pequeños sorbos del líquido que me inundaba por todas partes. Pero no lo retenía, pues al poco tiempo lo orinaba. Creando un curioso circuito de absorción-eliminación, que en el fondo me divertía mucho.

Sigo mi crecimiento y ya tengo ocho semanas.

Mi madre sabe ¿o debe saber? que soy su hijo y que merezco protección. Razón suficiente para no tener complejos al defender mi vida, ¡pues ya vivo y aún no he nacido!.  Ahora no puedo hablar, pero cuando salga se van a enterar. Gritaré con toda mi alma para que me oigan.

Mis padres, muy modernos, me llevaron para hacer una ecografía, para ver cómo evoluciono. Si supieran que no me gusta…Yo soy un héroe. Aquí dentro me puedo valer solo, no necesito que me lleven a ningún sitio.

Claro, quieren saber lo que soy, niño o niña ¡no te fastidia!. Mamá, soy un niño. Pero ¡oh desilusión! No han visto nada.

Ya tengo trece semanas y… sigo creciendo. Oigo que me van a llevar otra vez a ponerme esa máquina encima. Si pudiera le diría a mi madre que no lo haga, pues me produce mucho frío. Y si va, que se lleve una manta. Además no me gusta que le pongan a mi madre esa cosa pringosa y helada.

Quieren saber lo guapo que soy y lo que voy ganando en talla y peso. Y para comprobar definitivamente que no soy un mono, ni una jirafa, ni un elefante… ¡soy un niño!.

Qué contentos se han puesto cuando han sabido que soy un niño.

¡Auxilio! ¡socorro!, ¿pero qué hace esta madre mía?, ¡hay que protegerse! ¡menudo movimiento! Y no para… Está enferma, seguro que está enferma. Está vomitando y también tiene diarrea. Como siga así me veo en la calle antes de tiempo, con lo a gusto que estoy aquí, calentito y solo.

No creo que yo sea culpable. Últimamente he visto muchos virus circulando por aquí y con muy malas intenciones. Ha venido mucha gente a ver a mi madre, pero todos se preocupan por mi, que en definitiva soy la estrella.

Yo creo que esta madre que me ha tocado en suerte no para de trabajar, y cuánto se mueve, y canta y canta. ¡Ya está bien madre! Deja de moverte y descansa, acuéstate para que yo pueda dormir.

Cuando voy en coche a veces creo que estoy en un tío vivo, en una montaña rusa, en otra galaxia. Va muy deprisa en el coche, cómo corre, creo que debería ir más despacio. Tiene que pensar que estoy aquí, en su vientre y no me beneficia.

Cuando está trabajando yo me acurruco, me arrugo, me coloco y casi me escondo, no me muevo por miedo a darme un golpe. Ya está otra vez cantando. ¡Ojo! Que cuando canta es seguro que me indica que me coloque, que me esconda, que va a efectuar movimientos bruscos.

Cuando salga le voy a decir que no me ha tratado bien, a ver cómo le sienta. Seguro que se justifica que no tenía más remedio y encima dirá que es por mi culpa.

Continuará…