Jubilado

Por Alejandro Matilla García

Me estoy aproximando a la hoja roja. La famosa hoja del añorado Miguel Delibes. Era el librillo de fumar marca “Bambú”, donde su penúltima hoja era roja, las demás blancas. Simplemente avisaba al fumador de que aquello se acababa y debía comprar otro librillo.

En este tramo de la vida es como estar en lo alto de un ring esperando que durante el combate la campana te salve de besar la lona. Pronto tendré que abandonar. El cuadrilátero es una reducida parcela donde me ha tocado vivir para esta lucha diaria. A veces aun ganando, siempre sales con alguna ceja dañada.

Hay momentos que hasta la propia familia te tira algún pellizco. Nada grave, solo sentimental… Entre los finos tabiques de la casa se oye “papá está muy pesado”. A la hora de la comida tengo que coger cita para poder hablar. Al atardecer, una palabra cariñosa te dice, “¿has tirado la basura?”. Poco después desde la salita te indican “¿por qué no te vas a acostar?”.

La libido me ha abandonado, la familia me quitó de fumar, yo me quité del casino. Al final, hasta el olor de la almohada me quiere vencer. La vida se hace corta con noches muy largas.
 

A veces intentamos blanquear las tapias pero dentro está la miseria. Alguna vez todos hemos paseado por los pasillos de un hospital y hemos podido comprobar el desagradable y fuerte olor de los enfermos. El olor más fuerte es el de la vejez.

En la vida lo más que se puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo. A veces llega tarde, con una buena cosecha de remordimientos.
El escribir es un refugio, un placer y una autodefensa. Cada uno se protege de las agresiones mundanas a su manera. Por ello no quiero justificar la torpeza de los mayores, solo quiero mandar un mensaje a la juventud para que nos tengan afecto y a la vez tomen nota.

Durante los años 80 en este país tuvimos una reconversión laboral y social muy profunda, donde gran parte de la población apenas sabía leer. A pesar de todo, en ese siglo XX, tuvimos cinco Premios Nobel en Literatura y dos en Medicina, en 1969 se llegó a la Luna y dos años antes el cirujano sudafricano Christiaan Barnard realizó el primer trasplante de corazón a un ser humano.

Aparte de estas eminencias, en cualquier época y camino te puedes encontrar un hombre sabio que no tuvo la oportunidad de ir a la Universidad. Para ello es necesario haber vivido, leído y escrito y, para algunos, incluso desde la misma trinchera o desde la triste pobreza. A todas esas inteligencias anónimas les mando este proverbio africano:
“Cuando un anciano muere, una biblioteca arde”.
 
Alejandro Matilla García.