La nevada de 1970 en el cerro Mesao
Lo que voy a contar hubiera querido hacerlo en Navidad por razones evidentes, como se verá a lo largo del relato. Los perimetrajes, confinamientos y la ambigüedad gubernativa inducidos por la virulencia y la muerte que lleva en la sangre ese bicho venido de la China, según dicen, me han impedido la puntualidad deseada. No lo hice porque necesitaba precisar datos y referencias que no dispongo en Madrid donde resido y desde donde habito mi pueblo, Alcázar de San Juan, que dicho completo y en voz alta panifica el aire y me alimenta. Tanto ha sido el estropicio que nos ha trastocado hasta el punto que no podemos saber qué va a ser de nosotros en el porvenir. Pasada la Navidad, y con ella la oportunidad del escrito, la dichosa “Filomena”, esa borrasca que ha añadido más catástrofe –cabía más por lo que se ve - a la pandemia, nos ha llevado a recordar la ola de frío de finales del 70 y comienzos del 71 y la copiosa nevada consiguiente, que mencioné de pasada en “El cerro de las Cabezuelas” ( El Semanal, 7/12/2015). De la reciente nevada, se ha dicho en algunas informaciones desconocerse otra igual desde hace 50 años, la nevada que forma parte del relato navideño a que aspiraba inicialmente. Respecto a Madrid, se habla del trascurso de un siglo sin otra parecida. De manera que a partir de la “filoménica” nevada, y con la ayuda virtual de las hijas de mi primo Argimiro y Heráclito -“Elácrito”, para todos- su último gañán, retomo las intenciones primeras aunque ya nos pille lejos la Navidad y carezca de algunos materiales que cuando sea posible expondré.
José Capel Molina en “Evolución y desarrollo de la ola de frío del 21 de diciembre de 1970 al 3 de enero de 1971 en la Península Ibérica” (Cuadernos Geográficos, nº 2, 1972, Universidad de Granada) estudia a partir de los mapas isobáricos la evolución de aquella ola de frío que provocó el inicio de nevadas en ambas mesetas el 24 de diciembre con temperaturas en la provincia de Ciudad Real de -10ºC. En días sucesivos se recrudecieron el frío intenso y las nevadas. Pues bien, aquellos fríos y la abundosa nevada los viví en el cerro Mesao, en la casa del entonces ya fallecido tío Vitor, con su viuda, la tía Ramona, hermana de mi padre. Los dos solos. Veamos porqué.
Matilde González Sánchez era maestra en Cinco Casas, en el pueblo viejo surgido al lado de la estación a donde iba y volvía en tren a Alcazar todos los días. Vivía por el parque, unas manzanas más allá de la piscina Marcris. Yo era maestro en La Solana. Vivía allí. Nos hicimos novios en la Feria de 1963 y nos casamos en 1968. Yo tenía destino en Pedro Muñoz pero recurrimos al derecho de consorte y me fui con ella a Cinco Casas, al pueblo de Colonización. En 1969 nació nuestra hija Mercedes. Embarazada de nuevo -un niño según el ginecólogo de Ciudad Real, cuyo nombre no recuerdo- y cumplida la gestación, organizamos el viaje para dar a luz en la misma clínica de Ciudad Real donde nació nuestra hija que íbamos a dejar en Cinco Casas con mi madre y mi hermano Santiago –Santi, para mi- que se haría cargo de las clases durante el tiempo que yo estuviera acompañando a Matilde. A la caída del sol, en el “carreterín” de Manzanares, una furgoneta Mercedes de la Honesta Manzaneque de Criptana que no vio a tiempo un remolque cargado de uvas –era tiempo de vendimia: 13 de octubre de 1970- intentó esquivarla y se cruzó en la carretera cerca de la desviación a Cinco Casas. Y ocurrió el fatal accidente: murieron Matilde y el niño, mi madre tuvo lesiones graves y Santi se lesionó la muñeca. Yo, que conducía el R8, salí inexplicablemente indemne. Y Merce, que iba en brazos de su madre en la parte delantera, cayó al maletero detenida por el capó y se quemó ligeramente las manos con las salpicaduras del ácido de la batería. La muerte, inapelable, reventó las costuras y abrió las puertas de una nueva vida equipada para siempre con la voracidad de aquel fogonazo. José Luis Samper nos regaló en aquella Navidad del 70 –“Para Merceditas”- el retrato de Matilde con sitio preferente en la casa de Alcázar.
El mes y medio largo que estuvo mi madre en la clínica Mazuecos me permitió establecer una entrañable amistad con D. Rafael, cajaliano, custodio de algunos secretos alcazareños que con él se fueron a la tumba, confidente y consejero hasta su muerte en mis idas y venidas, entre Madrid y Alcázar, tratando de salir adelante con la vida y los estudios de Física Teórica que desde mis primeros pasos por la Biblioteca Municipal contados aquí (2/2/2018) tanto me llamó la atención. De esa amistad, aparte de lo que en mí ha supuesto y guardo en mis alacenas, hay bastantes testimonios en sus fascículos Hombres, lugares y cosas de la Mancha.
Llegadas las vacaciones de Navidad les propuse a mis padres pasar unas semanas, solo, en el cerro Mesao. No había lugar para fiestas navideñas y menos para los peculiares carnavales alcazareños que tanto disfrutamos juntos. Mi tía Ramona quiso acompañarme. En realidad fue la magnífica excusa para pasar un tiempo en aquellos pagos que tanto le gustaban y que hacía años no visitaba. Y el 22 de diciembre, día de la lotería, nos pusimos en marcha con el carrete “entalamao” y la Castellana, una mula vieja, negra y pastueña. Mi primo Argimiro, único hijo de mis tíos, y mi padre nos sacaron hasta la Serna, al camino Palacio por donde encaminamos nuestro destino. Yo me desenvolvía bien con la mula, sabía aparejarla y uncirla al carro. Lo aprendí en la vendimia, primer trabajo que ejercí a partir de los diez años de espuerta con mi tía Pilar, hermana soltera de mi padre que vivía con la tía Ramona; dos años después se incorporó a la espuerta mi hermano Luis. Vendimié hasta 1965 no pudiendo hacer la campaña completa desde 1963 que ingresé en el magisterio nacional. Mi primer jornal fueron 21 pesetas. Eran el mismo carro y la misma mula que utilizábamos para ir de la casa a las viñas y en los “mudetes”, cambios de viña a lo largo de varias semanas en el cerro. Hacía mucho frío según la “ola” antedicha, que no nos detuvo porque en Alcázar estamos – o estábamos- hechos a resistir las intensidades del los fríos y los calores. Íbamos bien equipados. Yo llevaba la pelliza de mi padre, una boina y ropa suficiente para estar abrigado; mi tía con su pañuelo negro en la cabeza, la toquilla, el mandil, la faltriquera y cuanta ropa consideró precisa. Respecto a la comida, llevábamos hato para un mes. Mi tía, con una justificada fama de tacaña – “agarrá”, decíamos – no escatimó, sin embargo, en el avituallamiento, variado, consistente y de buena calidad, de los que el más delicado era el pan, blanco, grande y de candeal, que se conservaba bien en una orza de barro. Algunos alimentos - embutidos, queso, tocino, jamón, chocolate - se guardaban en la cenacha, especie de cesto de esparto colgado en la pared donde estaban a salvo de insectos y roedores que merodeaban por allí.
Como era propio de las casas de labor, se entraba a un amplio corral empedrado donde cabían varios carros. El portalón, en chaflán, era alto, ancho, de madera añosa, algo desvencijado, crujiente y muy pesado. Traspasado, inmediatamente a la izquierda, el pozo y la pila de piedra “colorá” donde nos lavábamos la cara y las manos –a lo único que alcanzaba el aseo personal- y bebían las mulas; seguía una cuadra para las mulas, donde alojé a la Castellana. En la parte derecha, una pajera de dos plantas, con piquera en la de arriba, a la que seguían la tiná, el basurero, una gorrinera y un cobertizo con herramientas, aperos y espacio para amontonar la leña y alojar el carrete protegiendo el entalamo de las inclemencias. Esa especie de herradura lo cerraba, al frente, el alojamiento de mis tíos con cocina, camastro, despensa y alcoba con una cama de cabecero y pie de hierro y colchón de lana; el jaraíz y la bodega con varias decenas de tinajas de barro donde durante años hicieron el vino; el aljibe que recogía las aguas de la lluvia y de la nieve empleada para beber y cocinar; los pocillos del orujo, la casca resultante del pisado y prensado de las uvas; remataba el frente el cuarto de los gañanes con cocina, basares, camastro, otra cuadra para las mulas y un cuarto vacío que utilizaban como dormitorio las mujeres en la vendimia.
Nos instalamos en la parte habitual de mis tíos: allí hacíamos la vida. Mi tía dormía en su cama y yo en el camastro. Encendimos el fuego a base de sarmientos, paja, cepas y troncos de olivo y encina que permaneció en llamas o en ascuas durante toda la estancia. Al amor de la lumbre, comíamos en una mesa tocinera que yo utilizaba para leer y escribir sentado en un serijo; mi tía hacía labores sentada en una silla baja. Nos alumbrábamos con candiles y, a veces, con una lámpara de carburo que soportábamos mal por el olor que desprende esa combustión.
Yo iba dispuesto a que el tiempo transcurriera entre mis lecturas preferidas, escribir cuanto las circunstancias vividas me suscitaran y pensar, pensar sosegadamente sentado en una linde, al abrigo de un “pairazo”, en la privilegiada atalaya de los majanos o al raso, en las torrenteras inmediatas a la casa, contemplando la inmensidad nocturna de los inviernos implacables, como aquel, que hasta las estrellas parecían congeladas en el firmamento. Y a deambular por los parajes que ya conocía de las múltiples estancias allí que no fue solo en la vendimia; iba con Argimiro siempre que se terciara para ayudarle en las labores del momento o simplemente para acompañarlo. Sentía admiración por él y me gustaba escucharle contar historias a las que tan propensos eran las gentes del campo. No reparé jamás en contrastar la autenticidad de las mismas: sencillamente, me las creía. Estos son algunos de los libros que he identificado como parte de mi equipaje: Continuidad y discontinuidad en la física moderna del premio Nobel Luis de Broglie (Espasa-Calpe, Madrid, 1957) traducido del original francés por el historiador de la ciencia José Babini que empecé a leer en Cinco Casas; Poema del cante jondo de Lorca; El jardinero y La cosecha de Tagore, traducidos por Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, su mujer; Diario de poeta y mar de Juan Ramón en el que se conserva la “Programación de Teatro y variedades” del Crisfel en la feria de 1969; y también de él, Piedra y Cielo que tiene a modo de separador un billete de tren a Cinco Casas del 21/6/1968. Supongo que fui para ayudar a Matilde, ya de vacaciones, a traer cosas a Alcázar. Poco después nos casamos: el 13 de agosto del 68, año del explosivo “mayo francés”. Selección de lecturas de tan prestigiosos autores como traductores. ¡Una delicia!
El trascurso del día era simple: almorzábamos hacia las ocho; mi tía se quedaba en la casa, limpiando, ordenando cacharros y preparando comidas, como era su vida habitual. Estaba bastante pesada y carecía de agilidad para caminar. Tenía 77 años. Yo que nunca he sido deportista –bastante tuve con el sobo que nos metían en la mili que hice en Melilla en el Tercio Gran Capitán, 1º de la Legión – sí que era andarín y, sobre todo, curioso, me iba solo o en la Castellana a la que echaba de comer dos veces al día, la sacaba a beber y daba una vuelta cuando no me la llevaba para recorrer caminos, viñas (Moro Alto, Moro Bajo, Estrecha, Cañá las Culebras, Casa Vieja, Lagunilla), la vega en sus vertientes del Záncara y el Gigüela, y otras quinterías (Los Mateos, Venancio, Perra, “El Herraero”), ninguna habitada por las fechas salvo El Destete donde los pastores de Octavio estaban al cuidado del ganado, y la placita para recreo taurino perteneciente a la casa Bolsas, propiedad de Javier Baíllo, cercana al cauce del Záncara. Fui, en la mula, a la casa El Fraile, como la llamábamos; en realidad, y dicho con propiedad, la casa del Cerro coronando un montículo en la vega del término de Herencia. Tenían ovejas y estaban los pastores. Siempre me atrajo aquel dominio lejano, impreciso a simple vista en medio de la nada, como si encerrara enigmas pendientes de descifrar. Pillaba tan a tras mano que nunca, hasta entonces, tuve ocasión de ir. Pertenecía a los Mercedarios de Herencia que tenían algunos picos de viña en el cerro Mesao donde conocí a Fray Miguel encargado de dirigir las labores de la casa. Alto, fuerte, decidido, con mono azul debajo del áspero hábito blanco que se remangaba entrado en faena. Siempre he creído que los frailes, y conocí bastantes durante mi estancia de unos meses (verano de 1973) en el Monasterio Santa María la Real de la Oliva en Carcastillo (Navarra), son gente más enérgica, más recia, cercana y terrenal que los curas. Este monasterio cisterciense era tenido como lugar de apartamiento para religiosos vascos afines a los movimientos independentistas. Gracias a dios –nunca mejor dicho- tuve la satisfacción de conocer gente muy singular, clérigos y seglares. Allí me visitó Santiago Ramos fallecido el pasado 24 de enero. Ausencia que unida a las de José Luis Samper, Isidro Parra, Pepe Herreros y José Sánchez “Pepito” ahondan mi orfandad de amigos alcazareños y entrañables con los que tanto viví.
No se la temperatura que pudiera hacer -según el estudio citado serían 10 o más grados bajo cero, llegándose a helar el vino en las bodegas – si puedo decir que el Gigüela, menos caudaloso que el Záncara, se heló. Cerca de la casa Perra, poco menos de un kilómetro hacia el norte de la junta de ambos ríos, inaccesible a pie por la extensión y profundidad de las aguas, estaban las pasaeras del Gigüela, lecho firme de piedra, a falta de puente, sobre el que los frailes atravesaban gavillas para vadearlo con voluminosas galeras durante el acarreo de las uvas. El cauce es estrecho y pude caminar sobre las heladas aguas en cuya superficie sobresalían los círculos de los remolinos congelados. La tierra estaba reseca, el cielo plomizo y parejo, el tiempo apacible, apenas revuelo ni sonido de pájaros, no se veían conejos ni liebres que ocasionalmente andaban por las viñas o cruzaban los caminos, mucha calma: la quietud que antecede a la nieve. Y nevó. Nevó copiosamente hasta alcanzar una altura que desdibujó los trazados del campo, confundiendo todo el terreno en un manto único del que apenas sobresalían los muñones yemosos de las cepas podadas, exageradamente blanco y deslumbrante, poroso, frágil, evanescente y silencioso, que así es la nieve a la vez que impracticable. Solo podía moverme con la mula que me permitió ir hasta El Destete accesible desde la cañá las Culebras por la otras pasaeras que arrancaban junto al tarayal de la ladera sur del cerro Mesao. Y desde la loma contemplar el enorme capirote que semejaba el cerro de las Cabezuelas nevado. Según las notas meteorológicas de Argimiro, meticuloso para asegurar las cabañuelas con las que predecía el tiempo para todo el año, la nevada comenzó el día 26 aunque antes estuvo blandeando unos días y lloviznando, un “amaga polvos” que decían los viejos. Cuajó y llegó a una altura que disparó las alarmas en la familia preocupados por lo que nos pudiera estar pasando en nuestro retiro. Tal fue el alboroto y cómo les pusieron la cabeza a mi padre y a Argimiro que con las mulas Triguera y Granaína salieron para el cerro Mesao la mañana del 28. Cuando llegaron yo no estaba en la casa; mi tía, en la cocina bien calentita preparando la comida. A mi vuelta, me sorprendió gratamente encontrarlos allí, complacidos porque nuestro estado fuera tan opuesto a los malos augurios familiares. Comieron y en sus respectivas caballerías se volvieron al pueblo con la buena nueva que nunca dudaron.
Ni a mi tía ni a mi nos conmovió la dimensión de la nevada; ella, nacida en 1893 había presenciado muchas iguales y mayores; yo, además de las frecuentes en Alcázar –Argimiro refiere la que empezó el ¡12 de abril de 1958! nevando sin parar durante 60 horas -, conocí en el invierno del 67/68 las nevadas en Bañuelos, pueblo de la sierra norte de Guadalajara, sin luz eléctrica ni agua corriente, donde licenciado de la mili ejercí como maestro rural. Eran tan copiosas que nos quedamos semanas incomunicados sin que fuera impedimento para la apertura de la escuela. Sucedía más de una vez todos los años. Después, en los años 90 viví otras colosales en Valverde de Corueño, próximo a las montañas leonesas linderas con Asturias. De manera que esta de 2021, tan aireada en Madrid quizá porque aquí si puede que haya sido insólita, forma parte de nuestro historial meteorológico sin menoscabo que la llegada de la nieve sea un suceso bienvenido por infrecuente, beneficioso según el refranero e incluso divertido, pero luctuoso cuando, como ha sucedido, acarrea funestas y costosas catástrofes.
Reducida la nieve y visibles las “rodás” de los caminos, mi tía y yo, con la Castellana y el carrete “entalamao” volvimos a Alcázar el día de Nochevieja. Lo hicimos por los “Coloraos”, de tierra firme para evitar el güedo de la vega, terreno húmedo y pegajoso que tarda en recuperar la solidez. Así terminó 1970, con aquella imprevista e inolvidable aventura navideña.