Las epidemias contemporáneas

Por Alfonso Carvajal

Arrancan estas con la identificación del sida, un punto de partida discrecional que ayuda a orientarse; son epidemias víricas desconocidas hasta bien reciente. El sida surgió, como suelen las epidemias, sin avisar, de la manera insidiosa; los casos iniciales sitúan su origen en San Francisco, a principios de los años 80, afectaba a homosexuales, pero pronto se sumaron otros grupos: heroinómanos, hemofílicos, haitianos, y pasó a ser la enfermedad de las 4 H. Se identificó un “paciente cero”, Gaëtan Dugas, auxiliar de vuelo, dijo haber tenido más de dos mil compañeros sexuales. El inexorable reloj molecular sin embargo sitúa su aparición mucho antes, a principios del pasado siglo, y lejos de California. Un “cazador de virus”, David Quazmmen, recrea la posible historia y esboza el hecho insólito: en un poblado remoto del corazón de África, cercano al curso medio del río Congo, un aldeano caza un chimpancé, es costumbre comer su carne; al desollar al animal se corta, es un rasguño, más tarde enferma y muere, una muerte más, donde hay tantas, pasa desapercibida. Se desconocía que por la leve herida penetraba el mal. Otros en el poblado seguirían su suerte; uno al menos trasmitió el virus, contagió a su amante en un a-la-postre desventurado encuentro: fue un pescador que transitaba el río en su canoa; llegó en sus incursiones a la gran ciudad, la conurbación de Kinshasa-Brazzaville, la más populosa de África. Un enclave colonial de hombres solos; de las escasas mujeres, buena parte se dedicaba a la prostitución. Nadie reparó en la enfermedad desconocida, había otras cosas que también mataban: la sífilis, la tuberculosis, el cólera, la malaria, las fiebres hemorrágicas, la lepra, las fiebres tifoideas, …; eso sin mentar el hambre o el disparo descuidado de un colono. Morir, incluso hacerlo joven, no era raro en la ciudad. Vayamos a la historia y sus caprichos, al siguiente eslabón: ¿por qué haitianos y no jamaicanos o cubanos? Conseguida la independencia, los funcionarios de la metrópoli huyen de aquel Congo belga. La búsqueda de suplentes recaló en Haití, al igual francófono: una pléyade de médicos —más de 5000—, profesores y de otras carreras reemplazó a los funcionarios huidos. Más hombres en una ciudad de hombres.  Un inesperado giro de la política, una crisis, sustituye años después a los funcionarios extranjeros por nativos, es un momento nacionalista. Vueltos a casa, los haitianos, contagiados, trasmitieron la enfermedad a los suyos. Una vez más, el reloj molecular… —se fija en los sutiles cambios genéticos del virus para contar el tiempo, como si de anillos de un tronco de árbol se tratara—; este reloj, decíamos, sitúa el hecho a mediados de los 60. Pero…, el salto a San Francisco, ¿cómo se da? Quiso la suerte, parece, que una buena empresa de hemoderivados se instalase en Haití, la materia prima era barata (3 dólares por cada extracción de sangre): se extrae de los donantes, se mezcla, se envasa y se vende. Hemo_Caribbean, que así se llamaba la empresa, surtía a hospitales de los EE. UU.; a su frente, Luckner Cambronne, apodado, no por nada, “el vampiro del Caribe”, falleció en 2006 —sin respetar el sobrenombre—. Así llegó el sida a los hemofílicos. Nada impedía que alguno fuera homosexual, o heroinómano; no es incompatible. Aunque bien pudo ser otra la vía de contagio de estos grupos, las colonias de haitianos en California, o el turismo sexual a las islas caribeñas; Haití fue destino de moda entre los homosexuales norteamericanos desde que apareció en Spartacus, guía de viajes solo para hombres. 

Décadas después, el sida ha segado la vida a 50 millones de personas, la mayoría joven; otros 40 conviven con el virus. No hay vacunas, las mutaciones del virus lo impiden; se atiende a su trasmisión sexual y se recomienda, con permiso de la Iglesia, usar métodos de barrera. Se dispone de tratamientos que, sin curar, cronifican la enfermedad y contribuyen a la supervivencia, un logro: una única pastilla. De aquel tiempo quedan días para la historia. Nos trajo el sida la batalla por la medicación; se rompieron ya entonces los plazos de los ensayos y los de las agencias de regulación. En EE. UU., enfermos organizados, en su desesperación, exigieron acceso a la medicación experimental. Servía cualquier cosa, se comprende. Se alteró el diseño de los estudios y se aceleró la aprobación de nuevas sustancias. Surgieron círculos de compradores que recoge la película Dallas Buyers Club —al vaquero Ron Woodroof se le diagnostica sida, le quedan treinta días de vida; no acepta el diagnóstico, recuerda contrito que estuvo sin protección con una prostituta heroinómana: reconocida la fatalidad lucha con denuedo por conseguir tratamientos—. Sorprende Anthony Fauci, el rostro visible de la actual lucha contra el coronavirus en los EE. UU. estuvo en la remota batalla: un joven Fauci hace de mediador entre los desahuciados del sida y una administración lenta y desbordada. Vean sobre ese tiempo de ira y desesperación, How to survive a plague, el magnífico y galardonado documental sobre el drama. Un hito. Al repasar la historia de las epidemias, bastaría esta misma del sida, se presiente la carga mortal de la conducta. Nuestras costumbres nos matan: propician su aparición y propagación, ¡qué difícil cambiar!

Asistimos a la eclosión de epidemias víricas de nombres exóticos, lugares o circunstancias de su detección: infección por Nipah, por la ciudad de Bangla Desh; la fiebre de Marburg por la alemana; el zika, por el bosque del mismo nombre en Uganda; el ébola por la cercanía al río del mismo nombre en Sudán del Sur;  la fiebre chikungunya, por la palabra de la tribu makonde del Sur de Tanzania, significa “retorcido”: la postura que adoptan los enfermos por el dolor articular; infección por el virus Hendra, por el barrio de Brisbania, en Australia, y seguiría una larga lista. Son estas la epidemias contemporáneas; su alta letalidad dificulta su propagación. Hay épica en estas plagas, la de los “cazadores de virus”, por mencionar la que interesa: pese al riesgo de contagio, investigan el origen del virus, ¿de dónde surge? ¿De qué especie? Naturalistas de toda condición buscan el reservorio; se hace estos días con el SARS-Cov-2. No siempre se encuentra; cuando se logra, como en la fiebre hemorrágica boliviana, se puede controlar la epidemia; fue un roedor en este caso, bastó ponerlo a raya para atajar el brote. En otras ocasiones se sacrifican millones de animales; en la gripe aviar, por ejemplo, o en el Nipah con los cerdos. Esos brotes aparecen lejos, pocos llegan a Occidente; en ocasiones, llegan salpicaduras. Puede que la seguridad de la lejanía hiciera pensar que, en la vieja Europa, o en el Occidente entero, se estaba a buen recaudo: si así fuera, el malhadado coronavirus arrambló con esa ingenuidad del hombre blanco.

La peor epidemia, no hay duda, es esta covid con sus olas —se necesita distancia para escribir su historia—. No afecta a grupos, afecta a todos; eso sí, a la cabeza los desvalidos.  Es contagiosa, más que una gripe; su baja mortalidad (relativa) la mantiene, la clave de su expansión. Añadamos el contagio de los infectados sanos, un enemigo en la niebla: el talón de Aquiles del control de esta pandemia; y ese factor k, un único infectado puede infectar a cien. Pareciera este coronavirus calibrado para el arco rojo del marcador, el del peligro: ni tan benigno como los del resfriado común, ni tan letal como los otros del SARS y MERS, sus antecesores. En ese punto. El coronavirus no solo nos enferma y nos remata, nos convierte en ermitaños. Poesía frente al virus, poesía de la mano del poeta Manuel Vilas, “…cuando la vida regrese, le pediremos menos cosas / …Cuando regrese la vida, me verá guapo y elegante, como siempre / cuando ella vuelva, porque volverá, me encontrará bien dispuesto y a la orden”.

Alfonso Carvajal