Mujeres

Por Pilar Serrano de Menchén

El 8 de Marzo, día dedicado a la MUJER, ya con anuncio de primavera, nos trae la mochila llena de esperanza en este año de la segunda y tercera ola; y del miedo y la desolación; y lo anterior sin olvidar el año pasado tan calamitoso y triste de recordar.

Y todo mientras el hombre va a Marte con el fin de buscar para el futuro, cuando el planeta en el que vivimos se acabe por nuestra falta de cuido, que la especie humana tenga un sitio donde vivir y  respirar;  y quizá liquidar, entonces también, a un planeta inmisericorde por frío y alejado de nosotros, en el que se tarda en llegar, con los cohetes actuales, unos seis meses; y quizá allí, dice una de mis vecinas, que hasta se viva bien.  

Ruido y dinero que no se obvia (y quizá no se deba obviar), mientras nuestra marca sigue siendo la hilera de fallecidos por esta pandemia que, a pesar de tantos avances científicos y técnicos, no somos aún capaces de atajar... Y viene bien recordarlo porque el cómputo de personas que nos han dejado  nos sobrecoge y encoje el ánimo y hasta el ánima también: el Señor los tenga a su lado Amén.  

Dicho lo cual, dediquemos estas líneas a las mujeres que han dejado su halito en el borde de un suspiro de dolor. Mujeres que ya habían mostrado su capacidad y su quehacer en una sociedad robótica y fría que ellas, creo que la mayoría, no podían entender; entre otras cosas, porque su vida se cuajó en el tiempo de las hambrunas, de la guerra, de la falta de medios económicos; del ahorro y de vestirse con las ropas que les dejaba la hermana mayor.

Mujeres hacendosas, limpias, austeras, matriarcales en la acogida y en la bienvenida; que se empeñaron, y lo consiguieron, en donar y regalar su buen hacer como si no se esforzaran, como si lo cotidiano fuera fácil y apenas supusiera sacrificios hacer lejía con la ceniza de la lumbre.

Mujeres que te hablaban de aquel entonces, cuando apenas si había pan de candeal y tuvieron que moler cebada, “y tenía el pan raspas que herían la garganta y amargo sabía al paladar”.

Mujeres que, la mayoría, apenas si visitaron  la escuela; y si acaso lo hicieron fue por poco tiempo: “le ayudaba a mi madre”; “me llevaban al campo”; “aprendí a leer en las trasnochadas a la luz de un candil"; “iba a la escuela de una vecina que enseñaba pagando con especia; es decir pagando con cosas de comer”...

Mujeres que zurcían los rotos de los pantalones cada día, semanas, meses..., y eran tan cuidadas y esmeradas que se empeñaban en zurcirlos a espiguilla, y ahora, fíjate, ”que las chicas rompen los pantalones y no me lo puedo explicar”.

Mujeres que ganaban un sueldo ínfimo cuando segaban “que en nada se parecía al de los hombres”; y ellas llevaban, te lo dicen, un surco igual que el cachicán. Todo por tapar un hueco que “a mi madre se le antojaba era muy hondo y ancho y todo por poder comer”.

Abuelas que se hicieron su dote y les tejieron puntillas de encaje o de ganchillo, bordaron el remate con festón, flores a matiz y otras de filtiré; como si todo fuera a vivir de esos ramos. “Once reales me dio mi suegro para poner la casa; y con once reales qué poner sino una cama y un palanganero...; y nada más”.

Mujeres de sonrisa fácil y lágrima pronta; mujeres de cariño, con dedos ajados por el frío, “tan ásperas que tenía yo las manos que mi madre me untaba manteca de la buena y de la matanza para suavizar”.

Mujeres enteras y tristes; “porque me trajeron a mi hijo muerto, acribillado a balazos, sin saber por qué, un día que el sol se traspuso y parecía se iba a empozar. Un día de muertos sin enterrar”... Años con la zozobra y el miedo, y las puertas cerradas con cerrojos y un candado por dentro; “que era casi imposible vivir en aquel entonces”.

Y lo aguantaron a pie de vida, con restricciones y estraperlos, con hambre y frío, con miedo y temor. Todas a una “lavando y relavando los rotos y recosidos camisones de mi hombre, porque no teníamos dinero para comprar un retal de tela y reponer”.

Ellas, todas, mujeres grandes por extraordinarias y sabias por su bondad y sabiduría popular; importantes por imprescindibles; llenas de cariño, perdón y benevolencia.

Ahora, “cuando mejor estábamos”, viene un virus oculto y las crucifica en un ataúd sin que el cariño de una mano tendida las haya podido consolar.

Con tanta tristeza y pesadumbre: ¿Qué vamos a celebrar?...