ALGO PERSONAL

Navidades de Cine

Recuerdo que en Alcázar de San Juan había tres cines cubiertos: el CENJOR, el ALCAZAR y el CRISFEL, que además era cine de verano. Hoy solo queda este último que sobrevive, en estado ruinoso, y que todos los alcazareños, y habitantes de la comarca, recordarán con nostalgia e ilusión. Me dijeron que el CRISFEL lo había comprado el Ayuntamiento. Y recientemente he leído que han empezado las obras para reformarlo y convertirlo en un auditorio de tamaño mediano, para 300 localidades. Este cine fue muy importante en la vida de Alcázar y su comarca. Aquí venían las grandes compañías de teatro y de variedades en sus giras por España para presentar sus últimos estrenos. En este cine-teatro se celebraban también las galas del Festival de la Canción de Primavera con su pompa y elegancia y que yo veía desde la calle. En este cine se podían ver las últimas películas estrenadas y de mayor éxito.
Pero no voy a hablar de la historia de este cine, que ya se ha contado y bastante bien. Hoy quiero escribir algo personal sobre mis recuerdos infantiles de aquellas NAVIDADES DE CINE que yo viví.

    ¡Qué nervios! ¡Qué mariposillas se nos metían en el estómago al pensar lo que íbamos a vivir! ¡Todos estábamos ansiosos porque llegaran las vacaciones de Navidad! No solo por no ir al colegio durante unos días, ni por los villancicos o los polvorones ni por los Reyes Magos y sus regalos. Era por las películas que íbamos a ver en el cine CRISFEL. Aquellas sesiones matinales, en plena Navidad y Carnaval, eran un acontecimiento que solo sabíamos apreciar los niños. Los mayores no lo entendían. 

    El cine matinal de mi infancia era uno de los acontecimientos más importantes del año. La sala se llenaba de niños y niñas. Íbamos en hordas de amigos desde nuestras casas al cine. Aquello era un ejército de ciudadanos pequeños, deseoso de ver, en una pantalla inmensa, las películas en blanco y negro que nos hacían reír, emocionarnos y, a veces, llorar.

    Esa emoción la he vuelto a sentir pocas veces en mi vida. .. Aquellas mañanas de diciembre frío, helado y nevado, eran mágicas. Durante aquellos días de vacaciones iba con mis primos, mis hermanos y mis amigos al cine a ver «el Gordo y el Flaco», «Charlot», «los Hermanos Marx»… películas divertidas, entretenidas, llenas de ilusión, de calidez y honda humanidad.

    En la puerta del cine se formaba un caos infantil extraordinario. Todos queríamos entrar los primeros y ocupar las butacas cuanto antes. Si podía ser con palomitas y una zarza mejor, pero casi nunca sucedía porque las economías no andaban para muchos dispendios. Se armaba un jaleo que solo se podía parar apagando las luces de la sala anunciando el inicio de la película. Siempre había alguien del grupo, que era mayor, a quien se le encargaba la responsabilidad de que no se despistara ninguno de los pequeños y así, nuestras madres, se quedaban tranquilas preparando comidas y cenas para esos días tan maravillosos.

    De esta manera, tan sencilla, se producía un efecto inevitable: el nacimiento del amor por el cine. De la forma más infantil y más pura surgía en nosotros esa pasión que no nos abandonaría nunca. Y cada vez que volvemos a ver una de esas películas se nos eriza la piel, se nos pone la carne de gallina y la emoción corre a raudales por todo nuestro cuerpo. Aquella emoción que sentíamos todos al ver la sala repleta de gente menuda, llena de risas, abarrotada de ilusiones infantiles, gozando de la mayor felicidad que se puede tener, libre de toda preocupación, es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi infancia. Y todo por vivir aquellas maravillosas NAVIDADES DE CINE.