La Piedra Roja de nuestro cole

En el patio del Colegio Jesús Ruiz, había una piedra. Pero no una cualquiera. Una gran piedra roja, gastada por el tiempo, testigo silenciosa de carreras, risas, confidencias y sueños. Aquella piedra era el punto de encuentro de los nacidos en 1967, los que compartían recreos entre bocadillos de Nocilla, cromos y partidos de baloncesto con canastas torcidas y balones desinflados.

Aquel grupo, formado por chicos y chicas llenos de inocencia, tenía un mundo entero por delante. Pero sin saberlo, ya estaban viviendo algo irrepetible.

Les gustaba el baloncesto porque era más que un deporte: era su lenguaje secreto. Cada pase era una promesa, cada tiro una esperanza. Se organizaban partidos donde las reglas eran discutibles y el marcador se llevaba “de memoria”. Pero nadie protestaba: lo importante era jugar… y estar juntos.

La piedra roja era más que un decorado. Era su tribuna, su castillo, su rincón secreto. Allí se contaban secretos, se ensayaban canciones de Mecano, de Radio Futura, de Alaska, y de todo lo que sonara en la radio de pilas. Alguno llevaba un radiocasete colgado del hombro, y se formaban pequeños conciertos improvisados en el recreo.

Los molinos de viento de Alcázar estaban sobre el cerro como guardianes de esa pandilla que crecía sin prisa, entre clases de matemáticas y sueños de aventuras. Algunos decían que querían ser músicos, otros profes, otros simplemente querían “salir en la tele”. Pero todos sabian que nada podía ir mal si estaban juntos

Por las tardes de sábado, con el sol bajando tras los campos,  l@s chaval@s salían a dar una vuelta por la calle del Ritmo, corazón de la Movida de la ciudad. Iban pasando de pub en pub como quien recorre las estaciones de su propia historia: La Campera, con su barra de madera y su luz tenue; el Zara, que no era tienda, sino refugio de primeras copas; La Sal, donde la música era más fuerte que los pensamientos; Paddock, de ambiente eléctrico; y ese otro, llamado irónicamente “En un sitio como este”, donde alguno dio su primer beso… o lo intentó.

Entre ell@s, estaban l@s niñ@s populares del momento,. Tenían el pelo precioso y una sonrisa que rompía el silencio de la clase. Tod@s sabían quién era. Tod@s se hacían los tont@s. Pero un@ de ell@s, quizás el / la más tímid@, se atrevió un día a regalarle un casete con canciones grabadas en su radiocasete. Nunca supo si el o ella  lo escuchó, pero ese gesto fue su primer poema.

Pasaron los cursos. Llegaron los exámenes finales, las despedidas de pasillo, las fotos desenfocadas en blanco y negro. Cada uno siguió su camino.

Pero cada cierto tiempo, alguien vuelve a pasar por el patio del Ruiz, ya reformado, ya diferente. Pero si mira bien, en su recuerdo la piedra roja sigue allí. Silenciosa, firme, eterna. Como la amistad de aquella pandilla de 1967.

Porque algunos recuerdos no se borran.

Porque algunos amores no se olvidan.

Y porque hay amistades que, aunque pasen 50 años, siguen jugando al baloncesto en el corazón.