Los pueblos y la danza
Es sabido que todo aquel que aspire a escribir ha de leer, cuanto más mejor. Porque, independientemente de cursos y talento -que siempre se supone, hasta en los peores casos- la lectura te da esa experiencia que solo ofrecen las clases magistrales.
En la danza también sucede algo similar, además del obligatorio aprendizaje y la dedicación que conlleva, la asistencia y disfrute de espectáculos de danza ofrecen al aspirante información de primera mano sobre su afición y aspiraciones. Los espectáculos a los que acuda son las clases magistrales que le aportarán todo lo que la rutina diaria no hace; luego son igual de necesarios que la constancia del día a día.
Ignoro cuántas niñas y niños asisten en este pueblo a escuelas de danza, como también desconozco si lo hacen porque les gusta a ellos, por los vestidos, por tener padres con ínfulas -también los habrá qué realmente les guste la danza, supongo-, porque van las amigas o porque hay que quitarse de en medio a los chavales durante las largas tardes de invierno. Por eso no deja de ser extraño que en un espectáculo de danza para todos los públicos celebrado en el tan rimbombante como vacío Auditorio Municipal, el pasado jueves, 10 de abril, solo aparecieran ocupadas veinte miserables butacas. ¿Dónde estaban las alumnas y alumnos de las escuelas de danza del pueblo? ¿Por qué no acudieron a ver cómo uno de ellos se movía y disfrutaba en el escenario? ¿Ya lo saben todo? ¿Se preocupan quienes les enseñan, junto con las mamás y papás, de que acudan y aprendan viendo espectáculos en directo? Demasiadas preguntas que quizás no tengan respuesta, o sí, pero tal vez nada tienen que ver con la danza.
Va a resultar que las escuelas de danza son solo una manera de llenar las tardes sin colegio ni deberes; lugares de recogimiento de la chavalería para que los padres respiren tranquilos. Y no se trata de salones recreativos. Con el añadido de que al final de curso suelen hacer ostentosos festejos en los que el rimbombante, como entonces repleto, Auditorio Municipal se llena de mamás, papás, abuelas y abuelos babeando orgullosos por lo guapos y bien que lo hacen sus vástagos. Tomando miles de fotografías y grabando infinidad de videos que guardarán hasta que la propia acumulación urja deshacerse de ellos porque ni están bien hechos ni los niños bailaban; porque jamás aprendieron, en parte porque tampoco les gustaba, solo se trataba de gastar el tiempo. Además, acumularán fotografías y grabaciones, tantas y tan repetidas que más pronto que tarde acabarán en la papelera de reciclaje -y menos mal que no ocupan espacio físico, porque probablemente entonces lo harían antes.
Es lo que tienen los pueblos, que no dejan de ser pueblos y sus habitantes gente de pueblo, con más o menos ínfulas, porque ven la televisión, y una supina ignorancia de lo que es el mundo más allá de los propios andurriales. Para eso ya están la tele y las redes sociales, para informarse de lo que ocurre fuera. Y la danza es una cosa que sale en la tele en la que se salta y baila y a la niña parece que le gusta, como a sus amigas.