Las que siempre están, aunque nadie las nombre

En el corazón de La Mancha, donde el horizonte se funde con los sueños y las llanuras susurran historias de antaño, se erigen figuras silenciosas que, sin capa ni espada, sostienen el latido de nuestros barrios: las auxiliares administrativas de Alcázar de San Juan.

Se las llama conserjes, como si solo fueran las encargadas de abrir y cerrar puertas, de encender luces y apagar calefacciones. Un título frío, injustamente reducido, que no refleja ni de lejos su papel. Son mucho más que eso. Son el alma de los centros de barrio, las guardianas de la vida comunitaria, el engranaje que hace que todo funcione.

En El Arenal, El Porvenir, El Santo, Goya, La Pradera, Santa María o Cinco Casas, su presencia no es un detalle menor. Son la primera sonrisa que encuentran los usuarios al llegar a sus talleres, el primer saludo de quienes necesitan ayudas, las manos que organizan y resuelven. Sin ellas, estos centros serían solo edificios vacíos; con ellas, son refugios abiertos a todos.

Gestionan, organizan, archivan, tramitan. Su labor no se mide en documentos sellados, sino en su capacidad de sostener la vida cotidiana de los barrios. No es casualidad que sean las primeras en llegar y las últimas en irse. Saben quién necesita ayuda sin que se la pidan, quién lleva días sin aparecer y merece una llamada, quién viene con prisa y un problema en la mirada. Y entonces, sin hacer ruido, lo solucionan.

Como bien reza el refrán cervantino, "Al buen callar llaman Sancho", y ellas, en su discreción, son las guardianas de innumerables historias que jamás serán contadas, pero que conforman el tejido de nuestra comunidad. Su labor, lejos de ser meramente administrativa, es profundamente humana: escuchan, acompañan y sostienen.

No hay inteligencia artificial ni protocolo que sustituya su capacidad de anticipar necesidades, de ofrecer soluciones antes de que alguien las pida, de humanizar la burocracia.

A pesar de su dedicación incansable, su esfuerzo pasa desapercibido. No están en los discursos políticos ni en las fotos de inauguraciones. No se habla de ellas hasta que faltan, hasta que algo deja de funcionar. Pero la realidad es que sin ellas, los centros de barrio se volverían un caos. Sería como quitarle los cimientos a una casa y esperar que siga en pie.

Y sin embargo, siguen siendo invisibles. Su trabajo, que sostiene la vida social y administrativa de los barrios, se asume como un engranaje más. En La Mancha, tierra de esfuerzo silencioso y manos trabajadoras, se da por hecho que las cosas funcionan porque alguien, sin hacer ruido, las hace funcionar.

Pero es hora de cambiar esto. Es hora de reivindicar su papel. Porque, al igual que el Quijote sin Sancho perdería su esencia, nuestros barrios sin ellas serían espacios vacíos, carentes de vida y organización.

En Alcázar de San Juan, donde cada rincón guarda una historia y cada calle resuena con ecos de antaño, las auxiliares administrativas son las narradoras silenciosas de nuestro presente. Abren caminos, facilitan encuentros, sostienen proyectos. Velan porque en los barrios haya vida, porque nadie quede atrás, porque cada día haya un espacio donde aprender, reunirse, compartir.

Son las heroínas de lo cotidiano, las que nadie nombra pero todos necesitan. Las que consiguen que un centro de barrio sea mucho más que cuatro paredes.

Por todo ello, alcemos la voz y reconozcamos su labor. Porque en esta tierra de gigantes y sueños, ellas son las que, sin buscar gloria ni fama, hacen posible que Alcázar de San Juan siga siendo el corazón palpitante de La Mancha.

Y la pregunta es: ¿cuánto tiempo más vamos a tardar en reconocerlo?