Sin perdón

En qué mierda de mundo estamos, cuando uno debe dejar claro que está en contra de cualquier régimen dictatorial, en contra de cualquier estado que limite las libertades y derechos de sus ciudadanos, independientemente (en serio es necesario volver a decirlo) de su raza, sexo, religión, equipo de fútbol o marca de cerveza preferida. Y, sin embargo, hay que hacerlo una y otra vez, para luego poder decir que uno está en contra de la invasión de Ucrania, del genocidio en Gaza o del ataque a Irán.

Y hace falta aclarar que no soy antisemita para luego poder decir que odio a Netanyahu de manera visceral y sin remordimientos. No me jodan, sobran las razones para odiar a semejante personaje sin necesidad de excusas previas. Y habría que añadir que, tras su participación activa en el ataque, ha cerrado, de manera inmediata, por pura casualidad, claro, los pasos fronterizos en Gaza. Con la atención desviada hacia el conflicto, imaginen quién se va a acordar ahora del sufrimiento infinito y permanente del pueblo palestino.

Y no sé qué podría decir, qué debería aclarar, para luego poder oponerme abiertamente y sin ambages a la locura absurda y ego maníaca de Trump. No voy a volver a decir algo obvio. Mejor, seré positivo, y elogiaré para luego poder criticar. Así, podría decir, por ejemplo, que “Sin perdón” (C. Eastwood, 1992) es el último gran clásico norteamericano, y, por lo tanto, universal. Y que, de manera sensible y profunda, nos habla de los grandes temas que, desde siempre, han configurado el carácter de la sociedad americana, y también, faltaría más, del resto de la humanidad. Como la violencia, aunque la que nos muestra no sea épica ni heroica, es brutal, deshumanizadora, sin sentido. Podría continuar reproduciendo y haciendo mía la brutal reflexión sobre la muerte de Will Munny (cito de memoria): “cuando matas a alguien, no sólo le quitas todo lo que tiene, también lo que podría llegar a tener”.

Podría decir todas estas cosas, y supongo que muchas más, para que luego nadie pueda afearme mis críticas a Trump. Un señor que bien podría ser como el Sheriff Little Big, que tras haberle propinado una paliza brutal a Munny, cuando una de las prostitutas le reprocha que ha golpeado salvajemente a un hombre inocente, este responde “inocente de qué”

No me conformaré, no quiero callarme, aclararé, si es necesario, una y otra vez, sin desfallecer, lo que sea necesario, para poder decir, sin miedo, lo que creo que es justo, por mucho que siempre haya quien quiera liarnos y fatigarnos con sus trucos chapuceros de malos trileros, porque para nuestra desgracia, este “inocente de qué” es el nuevo código moral de los que quieren dominar el mundo, de los que, sin embargo, nunca tendrán nuestro perdón.