Talismanes manchegos: sus molinos

Por Amador Palacios

Hay que preguntarse, en primer lugar, qué es lo que define categóricamente a La Mancha, nombre que se sostiene en dos claras etimologías, que proceden del árabe, y que significan tierra seca, por un lado, y llanura, o más exactamente, altiplanicie, por otra. O sea, que en primera instancia La Mancha se despliega en un territorio con poca agua y con pocas elevaciones del terreno al que se añade un suelo muy pedregoso, pues en la Mancha, como exclamaba un campesino, ¡las piedras crecen! Cada regla tiene su excepción, por lo tanto también son manchegos los Montes de Toledo, el oasis de las lagunas de Ruidera o el de, a ver si pronto se recupera, Las  Tablas de Daimiel. La superficie, entonces, de La Mancha queda así suficientemente investigada no hallando muchos árboles, aunque pueblan su suelo abundantes encinas, pinos, fresnos, olmos, chopos…, si bien reacios a agruparse en bosques; no encontrando tampoco grandes cursos de agua: pequeños ríos y arroyos que ahora ilusoriamente fluyen en cauces secos: el Cigüela, el Záncara, el Azuer, el Guadiana incluso. El Tajo no es manchego.

¿Qué productos son exclusivamente manchegos?  El cordero y el queso se producen en medio mundo, pero las acusadas características nuestras, de intensos y peculiares sabores sí acceden a fijar una determinada marca. A bote pronto pudiéramos tentarnos en tomar la faz exacta de La Mancha como llanura y viña. Erraríamos al juzgar así. En muchos sitios de este territorio, mayormente circunscrito a la provincia de Ciudad Real, mas que se alarga también a las de Toledo, Cuenca y Albacete, y que otrora cubrió también el norte de Andalucía, la plantación de cereal fue muy anterior a la de la vid. Hoy La Mancha ocupa la mayor extensión de viñedo en Europa. Tomelloso tiene la mayor cooperativa de vino europea. Pero sus campos de estuvieron antes más llenos de espigas, que los tomelloseros resumían llamando a la materia prima pan, que de cepas.

El azafrán, el melón y el olivo son productos manchegos muy destacados. En torno al azafrán y su molienda se organizan festejos en las zonas productoras, especialmente en Consuegra, donde se celebra una animada Fiesta del Azafrán. Uno de sus actos se denomina “Molienda de la Paz y del Amor”, en la que se designa una maja, una miss. Y a esa maja se la nombra como la amada de Don Quijote, Dulcinea. Hay una zarzuela muy célebre que se llama ‘La rosa del azafrán’, del maestro Jacinto Guerrero, relacionada con el tan peculiar pueblo de La Solana.  Los melones manchegos tienen una textura especial y resultan dulcísimos. En el corazón de La Mancha se cosechan los mejores, en la pedanías alcazareñas de Cinco Casas y Alameda de Cervera, famosas por su melón de secano que ahora es de regadío; especialmente afamados son los melones de Membrilla. Todo esto, para quien sepa llevarlo, da mucho dinero. Yo sé de un corredor de melones de Membrilla que vive muy bien durante todo el año con lo que saca de la sola temporada de recogida de melones. Y olivos, claro, no sólo pueblan los campos de Jaén. La Mancha está repleta de olivares. El aceite manchego de más fama es el de Mora de Toledo, que celebra también fiesta en torno al oro verde. Pero azafrán, melón y olivo no ciñen su cultivo solamente a La Mancha.

Entonces, ¿podríamos acertar con un fetiche propiamente representativo de lo manchego? Yo creo que sí. Sería, en toda regla, el molino; ese molino blanco, inconfundible: el molino manchego. Rescato el opúsculo "Los Molinos de La Mancha" , publicado por las madrileñas Polar Ediciones en 1983, del que es autor el decano y acreditado periodista manchego, de Tomelloso (aunque reside en Madrid desde 1955), José López Martínez. En este opúsculo el autor realiza un instructivo recorrido por los molinos de las cuatro provincias manchegas, añadiendo al texto cinco poemas alusivos, cuatro de ellos sonetos, de destacados autores de una fecunda etapa de la poesía española: Dionisio Ridruejo, Juan Alcaide, Eladio Cabañero, Ramón Bello Bañón y Luis López Anglada. “Han pasado los años –resume López Martínez-, los siglos, y los molinos siguen aleteando con sus imponentes aspa sobre los oteros del paisaje manchego, hablándonos de sueños imposibles, de hermosas aventuras y de esfuerzos descomunales.”

           

El interior de un molino, para moler, es complejo; su plano es un conjunto abigarrado explicando al completo su densa maquinaria. Se cuentan la garrucha del freno, el panecillo del telar, la pringue del anillo, la piedra rebote, la piedra solera, la guitarra, el contrapeso del alivio, el lechinal, el pijote, la cárcel y hasta sesenta elementos más. Muchos molinos, sin embargo, carecen de esta complicada maquinaria, “vendiéndose” en ellos más el continente que el contenido. Algunos se han utilizado como viviendas o museetes. En Alcázar de San Juan, por ejemplo, sólo uno de los cuatro que se alzan en el Cerro de San Antón contiene el intrincado mecanismo. Los otros tres albergaron, en temporadas, a la actriz Josita Hernán (El Doncel), al diplomático austríaco Oscar Disnoes (Rocinante) y al periodista Tico Medina (Sancho Panza). En Campo de Criptana se abre uno de los que pueblan la ‘Sierra” (o se abría antes de la pandemia) para que la gente pueda apreciar cómo se muele, mientras otro atesora unos “trapejos” y unos afiches de Sarita Montiel. En Valdepeñas, y en las recientes fechas de los años cincuenta del pasado siglo, se construyó un molino para mostrar la colección de cuadros del valdepeñero Gregorio Prieto que exhibe molinos de todo el mundo. El propio Prieto pintó ese molino construyéndose.

          

El molino manchego alcanza un gran protagonismo por la más famosa aventura de Don Quijote, esa lucha del caballero contra los que toma por desaforados gigantes. Vladimir Nabokov escribió un amplio tratado resaltando la desorbitada viveza que ostentan “los molinos de viento en la descripción de Cervantes”, suplicándonos que no nos riamos más de Don Quijote, pues “su blasón es la piedad, su estandarte la belleza. Él está a favor de todo lo que es tierno, perdido, puro, desinteresado y galante.” El escritor holandés Cees Nooteboom, quien acude a las gratas palabras de Nabokov, afirma con rotundidad en su peculiar libro de viajes por España ‘El desvío a Santiago’: “Lo que ves acercándote a Consuegra es el momento de inspiración del autor”. Centrando ese momento pendencioso en Consuegra y no en Campo de Criptana, lugar más aceptado como escenario de esa lucha con aquellos gigantes “de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas”, al decir del exagerado Don Quijote. Nooteboom sube al cerro Calderico y exclama: “No, allí arriba no estás en el mundo normal, sino en el reino de la imaginación.”

           

Al ya mencionado pintor Gregorio Prieto le atraía fuertemente el mundo cervantino, seduciéndole el entorno manchego. Walter Starkie bien lo hace notar cuando afirma que para comprender su arte se ha de ir, inevitablemente, a La Mancha. La bibliografía de Prieto (este pintor universal también era escritor) sobre el tema de Don Quijote y los molinos de La Mancha es muy fecunda. En 1953 obtuvo el Molino de Oro en la Exposición de Artes Plásticas de Valdepeñas precisamente con el cuadro 'El sueño de los molinos". Todas estas obras de temas manchegos, como señala José Corredor-Matheos en su completa monografía publicada por la Fundación Gregorio Prieto, “resultan muy anticonvencionales y son muestra de una gran libertad”. Prieto reflejó, en una total amplitud cromática, el conjunto de los molinos de Consuegra, y también los de Campo de Criptana. Son las dos panorámicas más vistosas. Yo prefiero la de Consuegra, cosa que no le puedo decir a mi nuera, devota criptanense.