Tópicos de la muerte

Por Amador Palacios

En el suceso de la muerte de Javier Marchante, a partir de que expiró, tuvieron lugar los tópicos que acaecen estando el difunto de cuerpo presente. Viene primero el tópico del tanatorio, con la parafernalia de la instalación del cadáver en esas salas anodinas, el subsecuente papeleo. El ataúd metido, acompañado de las tópicas flores que hieden, en el cuartito separado de los asistentes al duelo por el tópico gran cristal, aunque se tengan las cortinas echadas. Después el tópico del funeral, el tópico rito no más que formulario, las tópicas palabras del cura. Todo un conjunto tópico dirigiéndose a uno bien muerto como si aún estuviese vivo.

            En el caso de Javier Marchante, sólo hubo dos momentos que rezumaron sensaciones acariciadoramente vitales. Cuando el amigo falleció, en su casa, tras intentar infructuosamente reanimarlo el equipo médico del 112, quien lo tumbó “plácidamente” en su sofá, a cara descubierta, hasta que llegasen a recogerlo los empleados de la funeraria, mi mujer se acercó en ese momento a la casa para acompañar a su hermana que se había quedado sola con el pobre de su hermano. Y me contaba que había observado a Javier en el sofá como si estuviera tierna y dulcemente dormido.

            Al terminar la misa de funeral, el tópico furgón fúnebre y el tópico autobús que trasladó a los familiares al horno crematorio, arrancaron. Salimos de la iglesia por una calle, cruzándonos con el coche que transportaba el féretro con el amigo. En ese momento me lo creí encontrar como, si aún vivito y coleando, nos hubiésemos topado por casualidad en un recodo de la urbe. Me inundó entonces un pensamiento de carácter postrero que no era triste ni alegre, sino humildemente consuetudinario, como la vida misma suele ser.

            Siempre me curo de esos temibles tópicos de una existencia fatalmente malograda y abocada a la sepultura o a la ceniza, a la extinción y a la nada irremediable, con estos versos del postista Eduardo Chicharro, que transcribo en prosa:

            “Pido yo desde aquí que sea respetada mi última voluntad que digo desde ahora: que nadie asista a mis estertores y boqueadas, que nadie de mi familia ni de nadie me vea en esa mezquina disposición, que nadie me lave ni me vista ni me desnude ni me toque, que entren por mí a oscuras y que me tapen con el trapo más inverosímil y que me envuelvan en él, envolviendo en él mi mayor vergüenza, mi más ridícula postura de gran desvalido, y que me entierren en un cajón barato y me lleven al cementerio de noche, secretamente, que me entierren según disponen en lo estricto los reglamentos religiosos y cívicos y que no se me ponga lápida, y que se esconda la noticia con evasivas y pretextos durante el mayor tiempo posible, y que se hable de una cosa ya muerta lo menos que sea dado a entender. Que me recuerden de vivo, pero sin pensar si morí o no morí, y sin decir pobre ni pibre.”

AMADOR PALACIOS