Tras la barra

La asidua asistencia al teatro como aficionado incluye, además del disfrute por hacer algo que te gusta, el peligro de llegar a aburrirte, cansarte o hartarte de representaciones que en muchos casos no dan la talla, da igual el cariz de la misma, la producción, los protagonistas o la fama e importancia de quienes firman detrás, desconocidos, gente con talento o figuras de mero relumbrón. Aparecen las inevitables repeticiones y se echan de menos miradas, puntos de vista y perspectivas que, dirigidas hacia situaciones que no dejan de resultarnos conocidas, incluso cercanas o familiares, son capaces de mostrar las innumerables opciones y alternativas que suelen pasarnos desapercibidas, como por otra parte es más que normal.

Algo de esto último ocurrió en la última representación del Aula de Teatro del Patronato de Cultura, con el estimulante añadido de que se trata de gente que gusta y disfruta del teatro simplemente porque quiere, y quizás también hay que decir porque puede. Cada cual con su particular corazoncito y algún que otro latente sueño de gloria, ganas de divertirse, hacer un buen trabajo o simplemente desinhibirse. Cajón de sastre que no siempre es fácil de ordenar y encaminar de forma más o menos correcta por el encargado de obtener a partir de tales mimbres un resultado, como en este caso, algo más que digno; precariedad y despliegue de medios incluidos.

Lo visto el pasado día 6 en el Auditorio Municipal sobresale por sí mismo, independientemente de cuestiones de escenografía, calidad, interpretaciones, nervios, errores y brillantísimos aciertos. Una larga representación que para el espectador poco avisado puede que no se le hiciera tal, dado el variopinto espectáculo que desgranaron los alumnos sobre el escenario, capaces de levantar y mantener un tono general más que interesante en el que hubo momentos emocionantes, en algunos casos hasta las lágrimas, divertidos, tiernos o sorprendentes, a los que añadir silencios tan tensos como expectantes sorpresivamente resueltos por los aplausos de un público empeñado en que nada sucediera sin su sonora aquiescencia. Todo ello aderezado con un sobrio acompañamiento musical que quizás debería haber estado más presente a lo largo de la representación.

Una juguetona mirada, tan ligera como certera, sobre hechos y situaciones cotidianas expuestas con punzante precisión, destapando una serie de divertidas y contradictorias evidencias que no por sorprendentes y conocidas dejaron de embelesar a un público que no pudo resistirse al justo agradecimiento y felicitación finales.

En fin, otro año más de parabienes, de trabajo, de más aciertos que desaciertos, de nuevos proyectos de mejora, luego la cosa funciona; de los consiguientes nervios y la capacidad para sobrellevarlos y controlarlos redirigiendo favorablemente la situación, de interpretaciones que en algunos casos rozaron la excelencia -teniendo en cuenta que se trata de simples aficionados. En definitiva, un trabajo final más que aceptable, y si hubiera tiempo más que mejorable. Ahora cada mochuelo regresará a su olivo y hasta el curso que viene, por eso la felicitación tiene que ser doble, porque precisamente de eso va la cosa.