Urbanidad y buenos modales

Por Antonio Leal Jiménez


Con mucha calma. Cuando se nos anuncia la proximidad de la Semana Santa, el último viernes de la cuaresma, nos sentimos motivados a reflexionar sobre uno de los temas casi olvidados.
 
En este caso, lo hacemos en relación a ciertas normas de comportamiento necesarias para la convivencia.
 
Hace apenas unos días, estando sentado en un banco en un parque, a medio metro de una papelera, observé que en el solado había una gran cantidad de colillas de cigarrillos. Un hábito irresponsable adquirido por alguno de los fumadores que llevan años haciéndolo y que da origen a uno de los problemas más serios en la gestión de residuos, con fuertes consecuencias en el entorno ambiental debido a la alta toxicidad de sus restos.
 
Diariamente, podemos ver ejemplos de que en nuestras calles se sigue tirando todo tipo de desperdicios al suelo. El trabajo que realiza el Área de Medio Ambiente por mantener una ciudad más agradable y más limpia, pensando en el bienestar de los residentes, puede quedar baldío si persisten este tipo de actitudes. Y para ello es vital que cada persona aportemos nuestro grano de arena.

La Ordenanza Municipal relativa a la Limpieza que regula el comportamiento de la ciudadanía en la vía pública, dice muy claro que “Los residuos sólidos de pequeño tamaño, deberán depositarse en las papeleras instaladas al efecto...” Aunque el incumplimiento de este edicto supone una sanción leve, que conlleva una multa económica, no parece que, en este caso, haya tenido un resultado positivo.

No sé si a usted le pasa lo mismo que a mí, pero desde hace tiempo reflexiono mucho sobre los buenos modales. Los echo de menos. Decía Ortega y Gasset que “Yo soy yo y mi circunstancia”. Personalmente yo también estoy emparentado con mis circunstancias, hasta el punto de que trato de justificarlas y no suele gustarme que alguien me hable de ellas, ni que tan siquiera me las cuestione. Y el caso es que, últimamente suelen acompañarme por lugares conocidos que hacen que descubra parte de la nueva realidad que nos rodea.
 
Siempre se ha considerado a la envidia como el más grave pecado de los españoles y ello no nos deja avanzar. En esta dirección se han pronunciado notables ingenios: Cervantes, en sus consejos a Sancho, la llama "raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes" y Unamuno, "la íntima gangrena española". Sin embargo, en la actualidad, no es la envidia, sino la mala educación, en lo que se refiere al comportamiento incívico del que solemos hacer gala con regularidad.
 
He tenido ocasión de relacionarme en los últimos meses con representantes de entidades comerciales, culturales, agentes sociales, amigos y conocidos y he echado de menos ciertas normas de urbanidad que considero son muy necesarias para una sana convivencia. El desengaño, que supone reconocer que la falta de modales es una tendencia en las personas, tiene mucha parte de culpa del escepticismo que hablo.
 
En el momento actual donde las nuevas tecnologías de la comunicación ocupan un lugar predominante y están cambiando nuestras costumbres, ¿cuántas veces nos encontramos con alguna persona que no atiende nuestra conversación porque se encuentra sumergida en su teléfono móvil? Esta práctica habitual es una falta de respeto a la otra persona y sin ninguna duda contribuye a empeorar nuestras relaciones personales.
 
Considero que una mínima dosis de urbanidad social y humana, donde abunda la desfachatez y la intolerancia, son una excelente medicina. El filósofo canadiense Lou Marinoff, en su obra Más Platón y menos Prozac, plantea soluciones a problemas de convivencia siguiendo las grandes corrientes filosóficas. Difícil labor en este mundo un poco desequilibrado en el que nos movemos, lo que complica la tarea del bienestar cuando corresponde y puede contribuir a que la vida en comunidad evolucione de manera más sosegada.


Los buenos modales quizá, suenen a aquella materia obsoleta que aprendieron y transmitieron nuestros abuelos, y que resulta necesario darles continuidad. Se trataba de los diversos comportamientos de cortesía y amabilidad que se practican en sociedad. Si la gente sin poder tuviera algo que decir al mundo, estoy convencido de que solo pediría paz y lo haría con buenos modales.


Según un informe de la revista en la U. S. News & World Report, “los buenos modales se han deteriorado gravemente en los últimos diez años y este deterioro contribuye al aumento de la violencia en las sociedades contemporáneas”. En este escenario tan variado percibimos, cada día, que no brillamos por nuestras buenas maneras. El usted está en desuso, se escucha muy poco, decir gracias y por favor apenas se oye, se ignoran mensajes, no suele contestarse a los correos y muchas de las veces no se cumplen con las promesas ofrecidas en términos oficiales, empresariales y culturales, sin dar la más mínima de las justificaciones. Es notorio que hoy,
esos buenos modales y ese comportamiento respetuoso con el prójimo casi han desaparecido.


Friedrich Ludwig Knigge, a través de su obra Cómo tratar a las personas, resume su ideal como objetivo para alcanzar la armonía social y personal inspirado en el humanismo, la razón, la urbanidad y el sentido común.


Estamos ante una realidad social donde se evidencian malos modales y comportamientos poco normativos. La mala educación se debe en realidad a la falta de respeto y civismo. La urbanidad la forman una serie de normas o pautas de comportamiento que de llevarlos a cabo nos conducirían a la buena educación. La educación es mucho más que la formación. Ser educado no es una opción, es una obligación, sin ninguna duda, que ayuda a pertenecer a una sociedad comprometida y responsable donde se respeta la igualdad. Quién sabe si, acaso sin
darnos cuenta, estaremos recuperando los buenos modales. Sería una magnífica noticia.