Voces para un encuentro en Alcázar de San Juan

Del murmullo en el mercado al abrazo del encuentro. Que quienes están lejos vuelvan a casa, cuenten sus vidas y comprueben que el futuro de su pueblo también les pertenece

Los límites de Alcázar de San Juan no los dibuja el frío asfalto de las carreteras ni ese último cartel que, al borde del camino, nos despide con un aséptico “Gracias por su visita”. Alcázar no termina donde acaba el último surco de la vid, ni allí donde se detiene el último suspiro de sus molinos frente a las vías del tren. Nuestra verdadera frontera es, y será siempre, el corazón de su gente.

Existe otro Alcázar formado por miles de personas: inmenso, a veces invisible, pero profundamente vibrante. Es el de sus hijos e hijas que habitan en un rascacielos de Shanghái, en un piso compartido en cualquier rincón de España o en algún remoto lugar de América o África. Un Alcázar que, por puro instinto, se despierta cada mañana buscando con la mirada —aunque sea a través de una pantalla— la calle donde dieron sus primeros pasos.

En la actualidad, son muchas las familias en el pueblo que sienten un pellizco en el pecho y el eco de una silla vacía en la mesa, durante ciertos momentos del día. Son una multitud que, a pesar de haber echado raíces en otras tierras, mantienen intacto el cordón umbilical con su origen. Pero ese vínculo no es solo nostalgia de fotografías y videos en color; es una pertenencia viva que no entiende de kilómetros, husos horarios ni calendarios.

En esta pasada Semana Santa de 2026, ese sentimiento ha vuelto a brotar con la fuerza de lo auténtico. Se ha palpado en los abrazos que se han estrechado en las esquinas, en los reencuentros bajo ese sol que la naturaleza nos ha brindado —permitiendo que todas las procesiones luzcan de manera brillante— y, de forma especial, en las colas pacientes para comprar nuestros productos de siempre. Allí, entre el bullicio del Mercado de Abastos y el aroma a tradición, latían comentarios en uno de sus puestos que lo reproducimos tal como sucedió:

—¿Quién es el último? —preguntó Francisco, que, aunque ahora vive en Galicia, nació ahí mismo, al ladito de la estación.

—Yo misma… —respondió Conchita, recién bajada del tren de Madrid con una sonrisilla algo melancólica—. Aunque, si te digo la verdad, llevo ya más de veinte años sintiéndome de ninguna parte.

—¡Pues como casi todos los que estamos hoy aquí haciendo cola! —exclamó otro vecino que se ha venido desde Valencia—. Yo ya solo asomo la cabeza en Semana Santa para no perderme mis procesiones.

—Yo intento escaparme también en Navidad, si mi jefa me deja —asintió Fernando, que se ha ido nada menos que a Singapur—. Pero cada vez es más difícil cuadrar fechas y ver a la gente.

—Es una pena, ¿a qué sí? —La mujer de delante se giró para darles la razón—. Antes nos conocíamos hasta en los andares, y ahora estamos cada uno desperdigados por una punta del mapa. Yo vivo en Ámsterdam; mucha agua y mucho canal, pero nada que ver con nuestra llanura.

—Paquita, atenta a la conversación quiso participar: El otro día estaba en la Plaza me encontré con Jesús, un antiguo amigo que reside en Málaga y, entre charla y charla, me soltó una idea que me dejó pensando. Me dijo que estaría muy bien que alguien se liara la manta a la cabeza para juntarnos a todos, como si fuera para establecer un récord Guinness, aunque solo fuera por una vez en la vida.

¿Os lo imagináis? Sería una pasada. Vernos todas las caras en un mismo sitio, sin las prisas de siempre y simplemente por el gusto de estar juntos. Estaría genial que alguien tomara la iniciativa y lo lanzara, porque si conseguimos que esto se haga realidad, sería una experiencia de las que no se olvidan. A veces dejamos pasar el tiempo, pero ver a todos juntos, sería un plan redondo. ¿Quién se apunta a hacerlo posible?

—¡Eso! Un gran encuentro —añadió Rosario, ya más animada—. Que pudiéramos volver todos los que cruzaron el charco y los que andamos perdidos por otras latitudes. Aunque solo sea por un fin de semana. Al final, por mucho que corras, uno nunca deja de ser de donde dio sus primeros pasos.

Rosa, que escuchaba atenta, con su deje de vocales abiertas, que con el paso del tiempo había adquirido en su nuevo destino, no pudo evitar meter baza: —Oye, eso que decís es una quimera...Nadie tiene interés en llevar a cabo esa idea. Dejad de soñar ya y tocad un poco los pies en suelo, que la realidad es la que es…

Francisco, con esa sonrisa de quien sabe mucho, le contestó pausado: —Ay, Rosa... se te ha olvidado pronto que nuestro espíritu quijotesco es la fe inquebrantable en un ideal que, aunque parezca imposible para los demás, se vuelve real si uno se compromete de corazón. No es solo soñar, es no rendirse ante lo evidente.

Se hizo un silencio de esos buenos, de los que solo se comparten entre gente que tiene la misma raíz.

—Mira, que ya te toca ¿Qué vas a comprar? Habrá que llevarse algo especial para que no se nos olvide el sabor de nuestra tierra: primero unas tortas y madalenas, luego un poco de cordero, queso... Y, por supuesto, que no falten los dulces de Jesús Quirós, el Mejor Maestro Chocolatero de España, que para eso tenemos la suerte de tener aquí la centenaria Pastelería La Rosa.

No fue una conversación de compromiso. Era un deseo real, un murmullo que recorría las filas. Lo que nació como una charla espontánea debería ir madurándose. No es una anécdota. Es un deseo expresado espontáneamente.

Alcázar ha sido siempre nudo ferroviario, cruce de caminos y puerto seco de acogida. Nuestra identidad se ha forjado abriendo la puerta al que llega, convirtiendo al extraño en vecino. Entonces, ¿cómo no abrirla de par en par para quienes un día tuvieron que partir?

La idea consistiría en realizar un gran encuentro de alcazareños por el mundo, por una sola vez y durante un fin de semana, impulsado desde el corazón de la ciudad. Vicente Paniagua (D.E.P.) vería así cumplido su "cuarto deseo". El pabellón que lleva su nombre, con su amplitud y esa luz que lo inunda, se podría perfilar como el escenario idóneo para unas jornadas de las que dejan huella.

El evento trataría de combinar el reconocimiento institucional con el calor de la vecindad; un espacio donde una recepción oficial y representantes los distintos sistemas institucionales, físicos, económicos, sociales y culturales recuerde que nadie se ha marchado del todo, y donde quienes viven fuera puedan compartir sus logros y redescubrir el futuro de su tierra.

Es cierto que Alcázar desde hace más de cincuenta años, cuenta con la entrañable celebración anual de los "Alcazareños Ausentes", un acto que forma parte de nuestra historia sentimental que se celebra durante las fiestas patronales de la Virgen del Rosario a principios de octubre. No se trata de duplicar lo que ya existe.

Encontrarse los que están lejos sería entender que la identidad alcazareña también se construye desde la distancia. Quien se marcha sigue siendo parte activa de la comunidad. “Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te precies de decir que vienes de labradores” (Segunda parte, capítulo XLII). Es una oportunidad única de fortalecer lazos, recuperar el talento prestado y proyectar la imagen de una ciudad abierta, moderna y, sobre todo, agradecida. Hacer realidad esta idea es un acto de inteligencia emocional colectiva.

Plasmar estas ideas en papel ha sido un proceso hermoso, que nace, precisamente, de lo complejo que puede resultar transformar la idea en realidad. Traducir el comentario en acción supone un reto que roza lo quijotesco: una empresa ante la cual hasta el propio don Quijote se detendría a reflexionar, si bien la nobleza del objetivo justifica, como en su caso, cualquier diligencia.

Porque, al final, Alcázar no es solo un punto en el mapa. Es un lugar al que siempre se regresa, incluso cuando el cuerpo no vuelve. No es solo un evento; es la oportunidad de que los alcazareños decidan, por fin, reencontrarse consigo mismos. Cuarenta y ocho horas para habitar nuestras calles, compartir nuestra esencia y celebrar que somos parte de un origen común.