Almagro o la voz de la historia
Han pasado muchos años desde que un joven como era yo en aquel entonces me hice acompañar de mi amigo Julián (ambos estábamos en el coro de Santa Quiteria de Alcázar) y nos pusimos en marcha una mañana de julio para tomar un tren camino de Almagro.
La mañana era perfecta, temprana, clara, en el ambiente había un olor a churros recién hechos como el que muchos pueblos aún mantienen; nos acompañaba la última tecnología entonces existente colgada del hombro, un magnetófono con la posibilidad de añadir un micro, ¡vamos, dos reporteros de primera!, dispuestos a recabar datos de todo tipo sobre Almagro con el propósito de elaborar un texto que se presentara en el concurso “Ciudad de Almagro”. Era la inocencia de la juventud que la consumíamos en tan grato cometido.
El tiempo que el tren invirtió en hacer el recorrido entre Alcázar de San Juan y Almagro nos pareció eterno, no sé si por las ansias que teníamos de abordar ese trepidante trabajo o porque realmente aquel tren iba a velocidad parecida a la que circulan los actuales trenes de alta velocidad, es decir, casi parados.
Ir a la que fuera Al-Magro me resultó entonces obligado (hoy también), un pueblo manchego situado sobre tierras rojizas, casas encaladas con rodapié añil propio de La Mancha, exhibiendo blasones de su pasado como si el tiempo se hubiera detenido. Una plaza flamenca (de Flandes) bien cuidada y todo, absolutamente todo, con una limpieza propia de un esmero especial.
Aquel trabajo que presenté en el certamen literario lo llamé “Almagro o la voz de la historia” y fue galardonado con el primer premio, quizás por la cercanía con la que reflejaba el testimonio de aquellas gentes con las que mi amigo y yo hablamos, encumbrando el magnífico trato que dieron a dos muchachos que pretendían realzar los valores de un pueblo lleno de historia.
Comenzamos a caminar por aquella Plaza Mayor, por aquellas bellas calles con casas blasonadas, rodeadas de iglesias y conventos; entusiasmados vimos como Almagro llamaba a gritos para ser conocida y reconocida por los caballeros de antaño que al calor del poder real que le concedió Carlos V celebrando Cortes se sitúa en el corazón de la Orden de Calatrava. En Almagro se respira señorío.
Contemplar el Corral de Comedias del siglo XVII, es dejar este siglo de chatarras espaciales y trasladarse al siglo de oro de las letras españolas, fue redescubierto en el año 1954 (creo que fue buen año), descubierto por aquello de que la casualidad pasaba por allí para seguir presumiendo de las letras españolas y de nuestros escritores entonces y casi cuatrocientos años después, cuando cumpla en 2028 cuatro siglos. A veces hay que valorar lo que tenemos en la Tierra antes de ensalzar los logros de lo que hay en el espacio, pero el género humano es tan necio que es capaz de tomar el camino inverso en muchas ocasiones.
Importante fue la Universidad-convento (dominico) del siglo XVI fundada por Frey Fernándo Fernández de Córdova y Mendoza. Foco cultural durante los siglos XVI, XVII y XVIII hasta que en el siglo XIX cerró sus funciones docentes.
Cruce de caminos por los que transitaron árabes y cristianos de la Orden de Calatrava que tenían gran poder en la época (desde Córdoba hasta Atocha), que rescataron a aquella población campesina del olvido.
En aquel momento de nuestra incursión como reporteros pudimos tener el inmenso placer de que nos enseñaran casas solariegas y uno de los palacios de su barrio noble. Vivía en ese grandioso edificio una condesa y fue una persona del servicio (Encarnación) quién nos recibió para sorpresa nuestra. ¡Al final nos creímos importantes!, aunque posiblemente estuvieran tan aburridas que un poco de distracción no les vino mal. La entrevista con la condesa, entrada en años, estuvo llena de amabilidad.
Resultó ser Encarnación aficionada a escribir poesía sobre Almagro; el relato que en pocas palabras nos hizo describió a Almagro como una dama grandiosa y señorial, toda llena de alhajas y joyas.
Recalamos en el convento de Calatrava y a recibirnos salió un frailecillo enclenque y delgado como un junco, que sin mediar palabra nos dijo “¿Vienen a dar dinero?” (Los Fúcares, banqueros de Carlos V que pasaron por Almagro, hacía siglos que se marcharon), no debería tener la visión muy aguda aquel frailecillo para confundir a dos mozalbetes, con gentes adineradas; pedía dinero para la conservación del claustro porque la prometida ayuda de la Administraciones Públicas para la restauración no terminaba de llegar.
Sus habitantes nos hablaron de sus vidas y de su historia pegada a la tierra árida del arroyo Pellejero; entonces veían pasar el tiempo sentados en las sillas, a las puertas de su casa o sentados en el exterior de una taberna cualquiera de la Plaza Mayor; tienen los mayores del pueblo más arrugas que el propio pueblo con toda su historia; el sol les ha castigado duro y ahora tocaba reposo y tranquilidad viendo mañanas y atardeceres y algún turista que otro turista despistado que, por aquel entonces, se arriesgaba a ir a este pueblo perdido en la llanura manchega del Campo de Calatrava; ahora calificado como terreno volcánico.
Los días avanzan en el calendario y en Almagro nada cambiaba entonces y nada cambia ahora; sus iglesias, sus conventos, su Plaza Mayor, su Corral de Comedias, su Universidad que añora el paso de estudiantes, el convento franciscano del siglo XVII convertido en Parador de Turismo, con catorce patios con sus fantasmas; todo épico y un mosaico de difícil olvido.
Aquella sirvienta convertida en poetisa nos recitó algunas estrofas con la aseveración continua de la señora de la casa, que estuvo con nosotros todo el tiempo, y entre las muchas cosas y calificativos de Almagro concluyó que ”una moneda que vale, nunca pierde su valor; Almagro siempre fue un pueblo de mucho rango y valor”.
Almagro sobrevive bien en los tiempos modernos; ahora vive del turismo que han hecho de Almagro centro de atención y atracción; estamos en un momento en el que la gente se mueve y viaja más que nunca y eso da vida a las ciudades y los pueblos. El sol quiere cansar, es fuerte y duro, sediento; curioso resulta ser el nombre de su Virgen “de las Nieves”, allá en el Cerro de la Yezosa.
La voz de la historia resuena en Almagro una y otra vez y yo la he escuchado (una vez más), en este caso con amigos y en el papel de turista. Almagro es un pueblo hermoso y mantiene viva su propia voz. Desde su fundación en el siglo XIII Almagro está ligado al priorato de la Orden de Calatrava, su nombre árabe acredita ser testigo de las correrías árabes, por él vieron pasar las dádivas y préstamos de los Fúcares a Carlos V en el siglo XVI. De Bonaparte a los carlistas y de los carlistas podemos saltar a la actualidad, sin temor a pensar que Almagro hay perdido un ápice de señorío.
Impecables sus calles, la blancura de sus casas, su silencio y la exposición del pueblo y monumentos al paso del tiempo como un reto para contemplación de generaciones venideras. La Administración local tiene la responsabilidad de cuidar cada detalle; algunas casas nobles las han rescatado de la ruina para albergar servicios municipales o de interés turístico, una buena labor que llega dónde los particulares no alcanzan.
Si después de leer cuanto antecede, conozcas o no Almagro, no regresas para verlo y disfrutar, estás dejando pasar la ocasión de ser testigo de la supervivencia de un pueblo manchego ejemplar y precioso que acoge a cuantos en él recalan.
Mariano Avilés – jurista
Abril 2026