El hambre
A veces intento extraer agua del pozo aún sabiendo que está seco. El cubo sale vacío, sin embargo sus bordes al llegar al pretil me traen recuerdos de mi infancia.
Terminada la guerra, mi padre debía hacer un largo trayecto en bicicleta por caminos de tierra hasta llegar a su trabajo. Al atardecer, mi madre le preparaba los alimentos en una tartera para soportar la dura jornada del día siguiente. A veces mi progenitor se enfadaba de la escasa comida que le tocaba. Llorando, mi madre le decía: “Si te pongo más, nuestros hijos pasarán hambre”.
De niño, yo sabía desmontar y montar aquella bicicleta, aunque apenas sabía escribir ni leer. En tiempos de la República la enseñanza era obligatoria, pero si esta hubiese tenido continuidad muchos no hubiésemos sufrido durante décadas un gran déficit cultural.
Hablo de las necesidades y del hambre, una palabra maldita que no queremos erradicar sabiendo que la Tierra produce alimentos para todos.
Luego, qué es lo que falla: ¿quizá los políticos o también el amor?
El Comunismo se desplomó, ya que para ser comunista debes de ser una persona casi perfecta. Después nos arropamos con el Socialismo en Democracia, pero para ser un verdadero socialista tenemos que dar lo que te sobra y la mitad de lo que tienes.
¿El amor? La satisfacción más grande es ayudar a los demás. A mi edad no tengo espacio para la demagogia. A veces me da vergüenza comer. Hemos sido capaces de poner un hombre sobre la Luna y no somos capaces de poner un trozo de pan en la mesa de un pobre.
Ayudar a los pobres no es negocio, no hay mordidas. El mayor negocio es explotar a aquellos que, siendo trabajadores, también son pobres.