Todos llevamos una Ítaca dentro
La Odisea de los que se fueron... y nunca dejaron de volver
Hay viajes que empiezan con un billete de tren y terminan pareciéndose demasiado a La Odisea.
Quizá por eso existen libros que nunca envejecen. No porque hablen del pasado, sino porque cada generación acaba encontrándose en sus páginas. La Odisea de Homero es uno de ellos. Detrás de los monstruos, los dioses caprichosos y los mares embravecidos late una verdad profundamente humana: la necesidad de partir, el precio del exilio y el deseo irrenunciable de regresar a casa.
Hace apenas unos días, Constantino López, secretario de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, nos regalaba dos magníficos artículos sobre la vigencia del héroe griego: La cicatriz que Nolan reabrió: por qué don Quijote es el nieto secreto de Odiseo y Tres mil años hablando como Homero y no te habías dado cuenta.
Su entusiasmo por acercar los grandes clásicos al lector de hoy nos recuerda que Homero y Cervantes no escribieron para convertirse en piezas de museo, sino para ayudarnos a comprender mejor nuestra propia vida.
Este artículo nace precisamente de esa inspiración. Porque, al fin y al cabo, muchos jóvenes alcazareños hemos recorrido una odisea sorprendentemente parecida a la del viejo rey de Ítaca.
Cuando un joven abandona Alcázar de San Juan para estudiar, trabajar o buscar un futuro que su tierra no puede ofrecerle, cruza una frontera invisible. No hace falta embarcarse en una galera de madera. Basta un billete de tren, un autobús o un asiento de avión rumbo a cualquier rincón del mundo. Lo importante no es la distancia recorrida, sino la certeza de que uno ya no volverá siendo exactamente la misma persona.
Se deja atrás un lugar donde las calles conservan el eco de la infancia, donde los vecinos todavía conocen nuestros apellidos y cada esquina guarda un recuerdo. Al otro lado espera el anonimato de ciudades en las que miles de personas se cruzan cada día sin mirarse a los ojos.
Ahí termina el viaje y es entonces cuando comienza la verdadera Odisea.
Las Sirenas ya no cantan desde unas rocas perdidas del Mediterráneo. Hoy lo hacen desde las redes sociales, la prisa constante por triunfar y la necesidad de aparentar que todo va bien. Prometen una vida perfecta, aunque demasiadas veces esconden una existencia acelerada y vacía, donde resulta fácil olvidar quiénes somos y de dónde venimos.
Polifemo, el cíclope feroz, tampoco vive ya en una cueva. Parece haberse instalado entre contratos temporales, alquileres imposibles y esa sensación de ser siempre un extraño en una ciudad donde nadie conoce tu nombre y hasta un sencillo «buenos días» puede convertirse en una rareza.
Las tormentas, por su parte, tampoco las envía Poseidón. Llegan disfrazadas de burocracia, mudanzas, incertidumbre laboral o de ese nudo en el estómago que aparece cada vez que toca recorrer cientos de kilómetros para volver a casa. Ninguna de esas pruebas parece heroica. No hay dioses observándonos desde el Olimpo. Solo la vida adulta haciendo su trabajo. Pero todas exigen la misma virtud que admiraba Homero hace casi tres mil años: la capacidad de resistir sin perder el rumbo.
Mientras tanto, en nuestra particular Ítaca manchega, el tiempo continúa avanzando. Los padres envejecen sin hacer ruido. Los amigos forman sus propias familias. El pueblo permanece, pero también cambia. Y nosotros cambiamos con él.
Entonces comprendemos que Alcázar de San Juan deja de ser únicamente un lugar en el mapa para convertirse en una patria emocional. La distancia deja de medirse en kilómetros y empieza a contarse en sobremesas perdidas, cumpleaños celebrados por videollamada, abrazos aplazados y paseos que ya nunca pudimos dar.
Los que vivimos fuera conocemos bien esa paradoja. Los griegos tenían una palabra para describirla: nostalgia, nacida de la unión entre nostos, el regreso, y algos, el dolor. Es el nombre de esa punzada que aparece al ver bailar unas seguidillas manchegas, interpretadas por el grupo de Coros y Danzas de Alcázar de San Juan, escuchar Las Coplas a San Antón en las voces de la CaMeRaTa CeRvAnTiNa junto al Pozo de los Deseos en Santa María, o contemplar una fotografía de la Plaza de España. Durante unos minutos, la distancia desaparece y regresamos al lugar donde comenzó nuestra historia.
Nos sostiene una brújula invisible: la esperanza de volver. «Cuando encuentre un trabajo mejor». «Cuando tenga más tiempo». «Cuando me jubile». Son frases que muchos repetimos mientras los años pasan. Al final, los billetes de tren para Navidad, la Feria o cualquier fin de semana libre terminan convirtiéndose en pequeños salvoconductos para reencontrarnos con una parte de nosotros mismos que nunca llegó a marcharse.
Pero la gran enseñanza de La Odisea es que nadie regresa siendo el mismo. Ulises vuelve a Ítaca con cicatrices, canas y una sabiduría que solo concede el camino. Su isla también ha cambiado. Porque el hogar nunca permanece inmóvil mientras nosotros estamos lejos.
Quizá por eso Homero sigue hablándonos tres mil años después. Y quizá por eso Cervantes comprendió tan bien el poder de los viajes para transformar a las personas. Ambos sabían que las aventuras más importantes no son las que cambian el mundo, sino las que nos cambian por dentro.
Homero tenía razón: siempre acabamos regresando a Ítaca. La diferencia es que algunos la encontraron en una isla del mar Egeo y otros entre molinos, viñas y calles donde todavía hay alguien que nos llama por nuestro nombre.
La nuestra tiene un nombre muy claro.
Se llama Alcázar de San Juan.