Don Julio Maroto vuelve a enseñarnos
Hay personas que nunca terminan de marcharse. No porque sus fotografías sigan colgadas de una pared o porque una calle lleve su nombre, sino porque continúan apareciendo de vez en cuando para recordarnos que su legado sigue vivo. Eso es exactamente lo que ocurre estos días con Don Julio Maroto García, cuya biografía acaba de incorporarse al Diccionario Biográfico de Castilla-La Mancha, gracias al trabajo de Francisco Morata Moya y Luis Maroto Leal. Un reconocimiento que devuelve a la actualidad la figura de quien fue mucho más que un maestro: un educador en el sentido más amplio de la palabra, un defensor de la escuela pública, un pionero del ecologismo y uno de esos alcazareños irrepetibles que dejaron una huella imborrable en varias generaciones.
La noticia nos invita, inevitablemente, a mirar atrás y a detenernos. Porque Don Julio no fue solo un maestro extraordinario, un adelantado a su tiempo o un convencido defensor de la escuela pública. También fue para muchos, incluida para quien escribe, una presencia cotidiana, una conciencia crítica y una de esas personas que dejan huella sin proponérselo.
Tuve la inmensa suerte de conocerlo en una de las etapas más bonitas de nuestras vidas, pues fue durante años colaborador del desaparecido periódico Canfali, y también de otros medios de comunicación provinciales, a los que entregó generosamente su tiempo y su mirada.
Todos los viernes aparecía por la Redacción. Impecable, con su pajarita y su cartucho de cangrejos o caracoles. Llegaba con su carpeta bajo el brazo y sus artículos manuscritos o cuidadosamente mecanografiados. Pocas veces faltaba a la cita. Eran textos casi siempre reivindicativos, escritos con la serenidad de quien no buscaba protagonismo, sino remover conciencias. Hablaba de educación, de medio ambiente, de ecología, de respeto por la naturaleza mucho antes de que todo eso estuviera de moda. No escribía para ganar debates; escribía porque sentía que todavía tenía algo que enseñar. Y así lo hacía.
Y cada viernes venía la conversación.
Era imposible que no terminara recordando alguna de las innumerables historias que había vivido. Sus años en la posguerra. Su etapa como maestro en Alameda de Cervera, donde sacaba a los niños del aula para dar clase bajo la sombra de un árbol porque estaba convencido de que la naturaleza también era una escuela. Aquellas sesiones que hoy llamaríamos cinefórum y que él organizaba cuando apenas existían esos conceptos. Aquellos partos que tuvo que asistir como “matrón” de la pedanía… O sus interminables observaciones de aves, hablando de nidos, de canarios y de cualquier pequeño milagro que encontraba durante sus paseos por el campo.
Y, cómo no, aquel chiste que me repetía una y otra vez. El del hombre que, limpiando letrinas, encontraba una moneda entre la porquería y exclamaba orgulloso: "¡Hay que aprender buenos oficios!". Lo contaba siempre con la misma sonrisa y con esa ironía tan suya que convertía cualquier conversación en una lección de humildad.
Nunca me cansé de escucharlo.
Con el paso de los años, al hablar de aquellos años en Canfali, he descubierto que la riqueza de un periódico no está solo en las noticias que publica, sino también en las personas que cada día cruzan su puerta. Don Julio era una de ellas. De los colaboradores que llegaban sin prisas, que preguntaban por todos, que corregían una coma si hacía falta y que entendían el periodismo como un servicio público, exactamente igual que había entendido la enseñanza durante toda su vida.
Han pasado casi veinte años desde que nos dejó. Falleció el 22 de enero de 2007, a los 93 años, y sobre su tumba solo quiso una inscripción: "Maestro de Escuela". Probablemente ningún otro epitafio habría resumido mejor quién fue realmente.
Después llegaron otros reconocimientos, como su nombramiento póstumo como Hijo Predilecto de Alcázar de San Juan. Pero la memoria no se mantiene únicamente con medallas o distinciones institucionales. Se mantiene cuando alguien abre un diccionario y descubre quién fue ese hombre. Cuando un investigador encuentra su nombre. Cuando un maestro conoce su historia. Cuando un joven comprende que hubo quien defendió la educación pública, el respeto por la naturaleza y la libertad de pensamiento en tiempos mucho más difíciles que los actuales.
Por eso me alegra especialmente esta incorporación al Diccionario Biográfico de Castilla-La Mancha. Porque significa que Don Julio seguirá dando clase. Ya no bajo un árbol de Alameda ni desde las páginas de Canfali, sino desde la memoria colectiva de una región que todavía tiene mucho que aprender de quienes dedicaron su vida a enseñar.
Y me gusta pensar que, si pudiera leer estas líneas, seguramente sonreiría, corregiría alguna expresión y acabaría sacando de su carpeta otro artículo perfectamente presentado. Como hacía cada viernes. Como si el tiempo, con él, nunca hubiera pasado.