Alcázar de Cervantes: el pueblo donde el Quijote se toca con las manos

Don Quijote y Sancho Panza en la Plaza
Miguel de Cervantes Santa María

No hace falta abrir un libro para entrar en el Quijote. En Alcázar de San Juan se pisa, se fotografía y se vive. Queremos enseñarte los monumentos, las azulejerías y la partida de bautismo que demuestran por qué aquí, desde hace siglos, muchas personas de sólido juicio siguen creyendo que nació Cervantes

 

Alcázar no siempre fue Alcázar de San Juan. Fue Alcázar de Consuegra y, entre 1936 y 1939, oficialmente Alcázar de Cervantes. ¿Por qué? Porque aquí late desde el siglo XVII una tradición cervantina que no se ha apagado. 

Es lo que Azorín llamó en 1905, al cerrar aquí su viaje, «la capital geográfica de La Mancha», y lo que hizo que Rubén Darío viniera expresamente a defenderla en su crónica La cuna del manco: una batalla «donde los cañones ‘Maxim’ quedan sustituidos por razones de a folio».

La iglesia más vieja de Alcázar, Santa María la Mayor —del siglo XII, con ábside románico, la que Alfonso X El Sabio cantó en la Cantiga 246 y que guarda a la Virgen del Rosario del Naval, la de Lepanto— es el kilómetro cero. La colegiata, que en 1226 fue designada como parroquia, acaba de cumplir 800 años y es la más antigua de la diócesis.

En su Libro Primero de Bautismos, en 1748, el bibliotecario mayor del rey Fernando VI, Blas Antonio Nasarre y Férriz, enviado por el VII duque de Híjar a buscar rastros manchegos de Cervantes, encuentra esto:

 «En nueve días del mes de noviembre de mil quinientos y cincuenta y ocho bautizó el reverendo señor Alonso Diaz Pajares un hijo de Blas de Cervantes Sabedra y de Catalina López que le puso de nombre Miguel, fue su padrino de pila Melchor de Ortega acompañados de Julián de Quirós y Francisco Almendros y sus mujeres de los dichos».

Y al margen, de su puño y letra: «Este fue el autor de la historia de Don Quixote».

Un año después encontraría en Madrid la partida de defunción de 1616. Por fin sabíamos algo: un Miguel nace en Alcázar en 1558 y muere en Madrid en 1616. 

En 1753 aparecería la otra partida, la de Miguel hijo de Rodrigo Cervantes y Leonor Cortinas, bautizado el 9 de octubre de 1547 en Alcalá.

Partida bautismo Alcázar

¿Incompatible? El padre Sarmiento dijo que el alcazareño no pudo estar en Lepanto por tener 13 años. El propio Cervantes le responde en el Quijote I, 51, cuando cuenta que Vicente de la Rosa se fue de su pueblo a ser soldado «siendo muchacho de hasta doce años» llevado por un capitán. A los 13 se podía ser grumete, mozo o paje de rodela. 

En 2016, un documento del Archivo de Simancas —relación de heridos de Juan de Austria en Messina, marzo de 1572— ha vuelto a poner el foco: allí aparecen dos Migueles de apellido Cervantes heridos y posiblemente mancos.

Delante de la iglesia, desde el 23 de abril de 1999, nos mira el Cervantes de bronce de Teresa Guerrero y Javier Martínez: 2,35 metros, 450 kilos, con pluma y pergaminos de escritor, espada de soldado y talega de recaudador, la imagen preside el lugar donde arranca, documentalmente, la historia cervantina de Alcáza

El hidalgo (Alonso Quijano) con su gato, junto a Aguas de Alcázar

Junto a las instalaciones de la empresa Aguas de Alcázar nos recibe una de las esculturas más entrañables de la ciudad: Alonso Quijano, sentado sobre el borde de un pilón, absorto en la lectura, mientras uno de sus gatos apoya las patas sobre los libros e interrumpe su concentración. 

Hidalgo y felino se observan con curiosidad, casi en diálogo. Es obra del escultor José Lillo Galiani, realizada en bronce a la cera perdida en 2007, y representa el origen mismo de la historia: un hidalgo manchego que, de tanto leer libros de caballerías, termina perdiendo el juicio y se echa al camino convertido en Don Quijote.

El Quijote cósmico, en la Plaza de Palacio

En la Plaza de Palacio se levanta un busto de Don Quijote con la mirada fija en el firmamento, obra del escultor Santiago de Santiago realizada en 1992.  Su historia es tan bonita como su factura: fue un encargo de Eulalio Ferrer, mecenas cántabro afincado en México, que mandó fundir dos bustos gemelos en bronce. Uno lo donó a la ciudad de Guanajuato y el otro a Alcázar, instalándose aquí en 1993. 

Sin saberlo —o quizá sabiéndolo muy bien—, Ferrer tendió con este gesto un puente entre La Mancha y México que hoy sigue vivo: Alcázar de San Juan y Guanajuato son ciudades hermanadas oficialmente desde 2014. 

La relación de Eulalio Ferrer con nuestra ciudad venía de lejos: fue nombrado Sancho de la Orden de los Escuderos en los años setenta, y su pasión por el Quijote —que él mismo contaba haber cambiado por una cajetilla de tabaco a un miliciano en el campo de refugiados de Argelès-sur-Mer, en 1939— le llevó después a fundar en Guanajuato el Museo Iconográfico del Quijote, el más importante del mundo dedicado al hidalgo manchego.

No podía faltar en este recorrido el grupo escultórico más fotografiado de la ciudad: Don Quijote a lomos de Rocinante y Sancho junto a su rucio, instalado en 1971, obra del escultor astorgano Marino Amaya. Un dato curioso: la cara de Sancho está inspirada en la del periodista Tico Medina, muy vinculado en aquella época a la Orden de los Sanchos y propietario de uno de los molinos de viento de Alcázar, el molino «Sancho Panza».

Alcázar de San Juan atesora también tres conjuntos de azulejos dedicados al Quijote que son, sencillamente, excepcionales.

Azulejeria Parque Cervantes

El primero, y verdaderamente único en toda España, es la serie del Parque Cervantes. A diferencia de las azulejerías quijotescas que pueden verse repartidas por otros lugares del país —procedentes en su mayoría de fábricas trianeras sevillanas y que apenas alcanzan hasta el capítulo 20 de la primera parte—, la del Parque Cervantes representa el Quijote completo, las dos partes de la novela. Los azulejos originales, de la fábrica Ramos Rejano (1925-1929), se deterioraron con el paso del tiempo, por lo que los actuales, de 15 x 15 centímetros, se realizaron a principios de este siglo en una Escuela Taller creada expresamente para ello en nuestra ciudad, inspirándose en los dibujos de José Jiménez Aranda para la edición madrileña de 1905-1908 (la conocida como «Quijote del Centenario») y en los de Salvador Tusell y Gustave Doré para la segunda parte. La serie principal cuenta con 290 azulejos.

El segundo conjunto, no menos importante, decora la Fonda y la Sala de Espera de la Estación de Alcázar, y su origen se remonta a 1920, obra de la fábrica sevillana Mensaque Rodríguez y Cía. Estos azulejos, de 14 x 14 centímetros, alcanzan solo hasta el capítulo 20 de la primera parte —la famosa aventura del yelmo de Mambrino— y están colocados sin ningún orden cronológico, pero suman un total impresionante de 3.824 piezas entre ambos espacios. Por su valor patrimonial, fueron declarados Bien de Interés Cultural por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en 2016. Un detalle que enorgullece a nuestra Sociedad Cervantina: sus propios estudios han identificado hasta 396 azulejos dedicados al Quijote en este conjunto, dieciocho más de los que recogía el estudio previo del Patronato de Cultura.

Y el tercero se encuentra en el Pozo de las Aguas, donde en 1928 la sala de máquinas del Pozo de las Perdigueras se remodeló y sus paredes se embellecieron alicatándolas con valiosos azulejos con el escudo de Alcázar, el nombre de las personas que componían el Consejo de Administración, fechas alusivas y preciosos motivos inspirados en El Quijote. La cerámica, en azul y amarillo, es de Talavera y está firmada por J. Ruiz de Luna. 

Este paseo por algunos de nuestros monumentos y huellas cervantinas es solo una muestra de todo lo que Alcázar de San Juan guarda para quien quiera descubrirlo. Desde 2014, la Sociedad Cervantina de Alcázar organiza, en colaboración con el Patronato Municipal de Cultura, la Ruta Cervantina «Alcázar de Cervantes», un recorrido guiado por estas y otras muchas paradas —la Colegiata de Santa María, el Museo Casa del Hidalgo, el lugar donde estuvo la casa de don Juan López Caballero, la plaza de Cervantes y tantos otros rincones— que ayuda a entender por qué, cuatro siglos después, seguimos sintiendo tan cerca a Don Quijote y a Sancho Panza. Con la Feria a las puertas, no hay mejor momento para redescubrir, paseando, lo que Cervantes dejó sembrado en nuestras calles.