La soledad conectada del hidalgo moderno
Ayer tuve el honor de visitar la sede de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan para transmitir mi felicitación a su Junta Directiva. El motivo lo merecía: el grupo editorial Sial Pigmalión les ha concedido el Premio Escriduende 2026 al Mejor Proyecto Cultural por su labor en favor del reconocimiento del legado de don Quijote y Sancho Panza como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Una distinción que no solo honra a los personajes inmortales de Cervantes, sino que sitúa a Alcázar de San Juan en el centro de la defensa de uno de los mayores patrimonios literarios universales.
Después de compartir ese momento, me senté en una terraza de la Plaza de España. Allí presencié una escena cotidiana que me llevó a reflexionar sobre la extraordinaria actualidad de los personajes cervantinos.
A una mesa cercana llegó un grupo de personas mayores. Lo natural habría sido escuchar conversaciones, bromas o recuerdos compartidos. Sin embargo, el primer gesto colectivo fue sacar los teléfonos móviles. Durante varios minutos apenas intercambiaron palabra alguna. Estaban juntos, pero ausentes; acompañados, pero aislados.
Aquella escena estaba lejos de ser excepcional. La observo con frecuencia en las aulas universitarias. A menudo propongo a mis alumnos un reto sencillo: apagar el teléfono durante quince minutos al finalizar la clase. La reacción suele repetirse. Algunos muestran inquietud, otros revisan compulsivamente sus bolsillos y muchos reconocen sentirse incómodos ante un silencio que apenas dura un cuarto de hora. Hemos llegado a considerar la conexión permanente como un estado natural y la pausa como una anomalía.
Hace cuatro siglos y veinte años, Cervantes imaginó a un hombre que, después de devorar novelas de caballerías, terminó confundiendo los relatos con la realidad. Hoy, cambiando los libros por las pantallas, habitamos una paradoja sorprendentemente parecida. Nos hemos convertido, en cierta medida, en los nuevos Quijotes de una era digital, rodeados de historias, imágenes y discursos moldeados por algoritmos que compiten por nuestra atención y que, en ocasiones, nos invitan a confundir la representación del mundo con el mundo mismo.
Conviene aclarar que el problema no son los dispositivos. La tecnología ha ampliado nuestras posibilidades de conocimiento, comunicación y acceso a la información de una forma que habría parecido impensable hace apenas unas décadas. Como toda herramienta poderosa, puede enriquecer nuestra vida o empobrecerla. Todo depende de quién conserve el control.
La distracción tampoco nació con internet. Los seres humanos siempre hemos buscado evasiones y refugios frente a la complejidad del mundo. Lo que diferencia nuestro tiempo es la capacidad de las tecnologías digitales para acompañarnos a todas horas, adaptarse a nuestros hábitos y reclamar nuestra atención de manera constante.
Alonso Quijano veía ejércitos donde había rebaños y castillos donde solo existían ventas porque su imaginación había sido colonizada por las aventuras que consumía. Nosotros tampoco estamos tan lejos de ese mecanismo. Habitamos una realidad filtrada por notificaciones, recomendaciones y contenidos diseñados para mantenernos conectados el mayor tiempo posible.
La diferencia es que el caballero manchego terminaba cerrando el libro y regresando al camino. Nosotros llevamos nuestros molinos de viento encendidos en el bolsillo las veinticuatro horas del día.
No escribo estas líneas desde ninguna superioridad moral. También me descubro demasiadas veces desbloqueando el teléfono sin una razón concreta o consultando una pantalla en momentos poco oportunos. Quizá por eso el problema resulta tan inquietante: nos afecta a una amplia mayoría.
La cuestión no es únicamente tecnológica. Es, sobre todo, humana. El verdadero riesgo aparece cuando dejamos que otros interpreten la realidad; cuando delegamos nuestro criterio en sistemas que nos seleccionan qué debemos leer, qué debemos consumir o incluso qué debemos pensar. Por eso desbloqueamos el teléfono sin saber exactamente qué buscamos. Por eso sentimos una extraña inquietud cuando no tenemos mensajes, o notificaciones.
Esta preocupación no pertenece únicamente al ámbito tecnológico. En su reciente encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV advierte sobre el riesgo de delegar en la inteligencia artificial decisiones que corresponden a la conciencia y al juicio moral. No se trata de rechazar el progreso, sino de orientarlo hacia aquello que fortalece nuestra humanidad. La advertencia conecta, en el fondo, con la misma intuición cervantina: el peligro no reside en las herramientas que utilizamos, sino en renunciar al criterio necesario para gobernarlas.
Cervantes pone en boca de su protagonista una de las frases más célebres de la literatura: «Yo sé quién soy». La paradoja es extraordinaria. Don Quijote proclama su identidad precisamente cuando más alejado se encuentra de los hechos. También nosotros corremos ese riesgo cuando construimos nuestra autoestima sobre métricas, perfiles cuidadosamente diseñados y versiones editadas de nosotros mismos.
Frente a esa deriva, Cervantes nos ofrece un antídoto inesperado: Sancho Panza. Mientras su amo persigue gigantes imaginarios, Sancho permanece atento a la realidad concreta. Escucha. Observa. Percibe lo que ocurre a su alrededor. No necesita inventar mundos extraordinarios para encontrar sentido a la existencia. Su sabiduría nace de una virtud que hoy parece cada vez más escasa: la atención.
Quizá por eso la salida de este laberinto no vendrá de una nueva aplicación de bienestar digital. La respuesta es mucho más antigua y sencilla. Consiste en recuperar hábitos elementales: guardar el teléfono cuando alguien nos habla, sostener una conversación sin interrupciones, reconciliarnos con el silencio, aceptar momentos de aburrimiento, volver a leer un libro sin la tentación constante de saltar hacia la pantalla y volver a dedicar tiempo a aquello que exige presencia plena.
La tecnología ha llegado para quedarse y negar sus beneficios sería tan ingenuo como inútil. El desafío de nuestro tiempo no consiste en combatir las máquinas, sino en impedir que nuestra atención, nuestro criterio y nuestra capacidad de presencia se diluyan entre ellas. El gran peligro del futuro no es que las máquinas piensen, sino que nosotros renunciemos a hacerlo.
Tal vez, para orientarnos en esta época de algoritmos, necesitemos menos caballeros empeñados en perseguir fantasías y más Sanchos capaces de prestar atención a lo que tenemos delante. Quizá el verdadero acto de valentía consista en levantar la vista de la pantalla y volver a lo real.
Porque los gigantes que verdaderamente merecen nuestra atención no habitan en los algoritmos. Habitan en las personas que comparten con nosotros el camino. Quizá la lección más actual de Cervantes sea que necesitamos volver a ver a quienes caminan a nuestro lado.