Este título que se emplea, con permiso, es el mismo de un libro singular escrito por Miguel Ángel Lozano, manchego universal. Tras las iniciales búsquedas de juventud, que incluyeron en su caso el seminario, la universidad, el convento y hasta el paso por la legión, Miguel Ángel, nacido en El Toboso, recaló, junto con Pepe Aguilar, en Tanzania en 1980; y lo hicieron como misioneros.
El texto que se comenta abarca un periodo de su estancia en esas tierras que va desde el año 1993 hasta el 2021, cerca de tres décadas. En el libro, de más de 600 páginas, la historia o, con más propiedad, las historias, fluyen; lo hacen con un caudal tan poderoso que el lector se sentirá arrastrado por la corriente desde el primer capítulo. La acción se sitúa en el valle de Mang´ola, un lugar cercano al lago Eyasi en el norte de Tanzania; un accidente menor en el Gran Valle del Rift. Al noroeste quedaría el cráter del Ngorongoro, preludio del contiguo Parque del Serengueti, y al noreste, el mítico Kilimanjaro. No lejos la capital del norte, la acogedora Arusha. Grandes evocaciones de África.
Todo empezó un buen día en una tienda de campaña. Sientan sus reales un par de misioneros espiritanos. El libro arranca con este hecho fundacional, plantar la tienda y construir una pequeña empalizada para hacer frente a los animales. A partir de ese momento se suceden los acontecimientos de interés, se entrecruzan las historias. Hay no obstante un hilo conductor que se sobrepone, la historia inexorable, la transformación del valle: el paso de una economía de subsistencia, ancestral, de cazadores-recolectores —coexistente con grupos de pequeños agricultores o ganaderos—, a una economía exportadora moderna de grandes explotaciones. Un vuelco radical. El libro en este aspecto es un retrato minucioso de lo que ocurre en un lapso de apenas 30 años en una zona delimitada, el salto de la edad de piedra y del neolítico a la modernidad más descarnada: “los propietarios pasaron a ser jornaleros”, se dice; y se añade, “tierras ancestrales, que ellos consideraban propias [los bosquimanos], fueron roturadas…”.
Las gentes que pueblan el valle en esos primeros años de los 90 son diversas y diseminadas en núcleos de población carentes de servicios elementales. Por lo que toca al espíritu, tres religiones se disputan las almas de sus moradores, la luterana, la católica y la musulmana; esta última, dominante. Aunque en la zona hay una pequeña comunidad católica, e incluso un catequista, no hay oficios religiosos ni sensación de comunidad. Así era el desamparo de la grey por esos pagos. La actividad de “los padres”, como así les llaman, se despliega sin alharacas; es al final del libro, cuando se repara en la fecundidad de la obra que se cae en la cuenta de la enrevesada urdimbre, cómo se ha tejido la red benefactora. Nada cae del cielo a pesar de la supuesta sintonía con la instancia: farmacia, hospital, dispensario, escuelas de primaria y de secundaria, talleres, carreteras, obras hidráulicas y un sinfín de intervenciones para mejorar las condiciones de la vida del valle, no salieron de la nada.
Por lo tocante al espíritu, iglesias. Iglesias dignas que contribuyen a dar cohesión a gentes dispares y crear un sentimiento de comunidad. Todo desfila. El valle, que un día en boca del presidente tanzano se dijo “maldito”, se transforma en “tierra de oportunidades”. Se trata de una tierra feraz que necesitó de sistemas de regadío eficientes y de los cultivos mejor adaptados al suelo. Se asiste en este tiempo, como se ha dicho, a una evolución económica natural por la que las tribus más primitivas, los bosquimanos, dedicados a la caza y a la recolección, son desplazados de sus tierras, ocupadas ahora, en un primer momento, por colonos foráneos que llegan al calor de la nueva “fiebre del oro”, el cultivo de la cebolla. Las etnias desplazadas pasan de la llanura al monte, a zonas más agrestes y peor comunicadas. Según se cuenta en el National Geographic, los bosquimanos perdieron a lo largo del siglo XX la posesión exclusiva de hasta el 90% de su tierra original; los animales de presa, perdido su hábitat natural, se han desplazado a los parques nacionales donde los bosquimanos hadzas no pueden cazar.
En paralelo a los cambios en el uso de la tierra, irrumpe el turismo como industria floreciente, ese maná; su aprovechamiento en exclusiva por las grandes compañías, turoperadores y otros agentes. El turismo convierte la vida en caricatura; aquella vida cierta que fue, trasmutada en pálido vestigio, se muestra a cambio de unas escasas monedas. Las tribus, sus construcciones y sus modos ancestrales de vida, reciben un triste óbolo en comparación con el dinero que mueve el negocio creciente de los safaris.
Los cambios que vienen de la mano del turismo, si bien arramblan con todo, entrañan una cierta oportunidad. Miguel Ángel se había acercado a los hadzas y forjado una amistad; de esta forma, llegada la ocasión, pudo contribuir a que esta tribu gestionara sus valores etnográficos a través de una original “oficina de turismo”. Un hito. Si de hitos se tratara, el más destacado sería sin duda la construcción de una mezquita, el más difícil todavía. El azar, o el Espíritu Santo, lo propició.
La prevista venta de un solar cercano a la iglesia católica, entonces de propiedad musulmana, derivó en un trueque: “Nosotros no sabemos construir y vosotros sí, os damos el solar y nos construís la mezquita”. Dicho y hecho. Un hito…, y de los buenos. He aquí el ecumenismo del que se habla. He aquí la sensibilidad, la inteligencia y la más fina diplomacia puestas a disposición del mejor entendimiento. Hechos como este devuelven la fe en la humanidad. Alguien diría, matizando, “en la humanidad de Miguel Ángel”. También.
Además de las historias de las que hablamos y de otras muchas que aparecen y de las que no se habla, hay un mosaico de personas que desfilan por estas páginas. Estarían los familiares y amigos que acuden a la misión a visitar a sus seres queridos y el sinfín de colaboradores y benefactores de la misión. Los cooperantes vinculados a las ONG ocupan un lugar destacado; en ocasiones adolecen de incompetencia o falta de compromiso, primaría el espíritu de aventura frente a la generosidad que se espera. Hay críticas para ellos. Fuera de los acontecimientos y de las personas, de los que se da cuenta, el libro mantiene la frescura de lo nuevo, la vida que emerge: en cada página late el corazón de un continente ignoto que se intuye fascinante.
Corolario. La fe mueve montañas. Lectura recomendada, apta para todos los públicos.
Alfonso Carvajal
Nota. - “Mang´ola. El valle de la esperanza”. Miguel Ángel Lozano. Editorial Gollarín.
https://librosdelsur.es/tienda/editoriales/editorial-gollarin/mangola-el-valle-de-la-esperanza/