Camino hacia la estación en busca de mi amigo Pedro, con el paso sereno de quien repite un gesto aprendido por el tiempo. El aire huele a tierra húmeda, y el otoño, testarudo, parece haber decidido quedarse definitivamente. Frente a la ermita del Cristo de Villajos, una mujer se cruza en mi paseo. Se llama Quiteria, como aquella joven por la que Basilio fingió morir de amor en las páginas del Quijote. No sé qué le impulsa a detenerme, pero en su mirada hay una urgencia callada, la necesidad de quien lleva mucho rato conversando consigo misma y, por fin, encuentra a alguien que quiera escuchar.
—Usted tiene pinta de ser hijo de ferroviario —me dice, con una sonrisa que parece venir de otro tiempo—. ¿Me permite un minuto? Yo me crie oyendo el silbido del tren.
Y su voz, templada y suave, comienza a dibujarme un paisaje que casi puedo escuchar: el eco del pitido entre las casas aún dormidas, el crujir de las vías, el rumor del día que empieza. —Mi abuela siempre decía: “Ya pasan los trenes, hija… empieza la vida.”
Quiteria me cuenta que en Alcázar de San Juan los trenes no solo cruzaban el pueblo: lo tejían. Cada llegada y cada partida marcaban el pulso de la gente. Por esas vías viajaban los que se marchaban a buscar trabajo, las cartas que traían noticias desde lejos, los viajeros que llenaban la fonda de la estación con risas, historias y despedidas. —El tren nos unía a todos —susurra—.
Hace una pausa. Su mirada se nubla un instante, como si el recuerdo pesara más que las palabras. —Pero ahora —añade— parece que quieren que pase de largo. Que el progreso nos esquive. Que las nuevas líneas vayan por otros lados… ¿Y los pueblos? ¿Y la gente que aún vive de esto? Ahora su voz se vuelve firme, casi en estado de rebeldía.
—Por eso iremos este sábado, 8 de noviembre, al Centro Cívico de Alcázar de San Juan. A las cinco de la tarde. Las plataformas del tren de Madridejos-Consuegra y Mora-Orgaz nos han convocado. Quieren que defendamos el tramo que nos mantiene vivos: Mora-Orgaz, Madridejos, Consuegra, Alcázar de San Juan… el alma de la nueva línea Madrid–Alcázar–Jaén. Porque si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará?
Quiteria, habla con la serenidad de quien ha visto pasar demasiados trenes, pero se niega a ver pasar el último. Recuerda las palabras recientes de la alcaldesa, Rosa Melchor, que aún resuenan en su cabeza: —“No queremos velocidad, queremos conexión. Queremos futuro”. Y entonces comprendo. Que no se trata solo de raíles ni de horarios, sino de algo mucho más profundo: de no dejar que la vida pase de largo.
Miro la ilustración que acompaña esta historia. La misma estación separada por el tiempo: Una, con bancos vacíos, un reloj detenido, y el eco del silencio reptando entre los raíles. La otra, llena de movimiento: maletas que ruedan, abrazos que aprietan, voces que se mezclan con el silbido del tren. Ahí está nuestra elección: ser la estación del silencio o la del bullicio, la del olvido o la del futuro.
Este sábado, cuando nos reunamos por el tren, no estaremos solo defendiendo un proyecto. Nos encontraremos eligiendo una imagen para nuestros pueblos. La de los andenes vacíos o la de la vida que vuelve a cruzarlos.
Porque un tren que para en Alcázar de San Juan, en Consuegra, en Mora, en Madridejos, no es solo un medio de transporte: es una promesa compartida que nos dice que, estamos aquí, esperando el próximo viaje juntos.
Antes de despedirse, Quiteria me toma la mano y me dice algo que no olvido: —Cuando el tren deja de parar en un pueblo… se detiene la vida. Pero mientras haya gente que lo recuerde, que lo defienda, ese tren seguirá en marcha. La veo alejarse despacio por la calle Ancha. Su figura se hace pequeña, pero sus palabras resuenan como un último pitido a lo lejos.
El tren que unió a tantas generaciones todavía puede unirnos en el futuro. Para ello, solo tenemos que subirnos todos y decidir si queremos ser la estación del silencio o la del bullicio, la del olvido o la del futuro.