Se dice en ocasión propicia que “el dinero no da la felicidad”. Es una frase hecha que se deja caer a la ligera y se escucha con la misma liviandad, como el que oye llover… Pero estamos de vacaciones, juguemos a perder el tiempo, ¿habrá algo de cierto en ella?
Hablar del dinero evoca las monedas y billetes de curso legal, o las menos corpóreas acciones o títulos que ofrece el banco; incluso el encantamiento que surge de la tarjeta de crédito cuando sin contacto activa el terminal, la transacción digital. Si se deja correr la imaginación, las evocaciones del dinero nos llevarían hasta los bienes o disfrutes incontables que puede deparar. Pues bien, en un principio, hace muchos, muchos años, el dinero no existía y se manejaba el trueque, “esto por aquello”, así eran las cosas; con el tiempo, ciertos bienes se convirtieron en referentes, fue el caso de la sal, de donde al parecer proviene salario: pagar con sal, un bien con valor de uso y valor de cambio.
La primera moneda como tal de la que se tiene constancia es el estátero, una aleación natural de oro y plata. Se acuñó en el siglo VII antes de Cristo en el entonces reino de Lidia, en la costa oriental del mar Egeo, la actual Turquía. El rey Creso, afamado por asociarse en la mitología con la riqueza, refinó aquella moneda al separar el oro de la plata. Más tarde se acuñarían otras hasta llegar a la más famosa, el denario de plata, el que mostraron los fariseos y que habría de darse a su dueño: “al César lo que es del César”. Tras el metal vino el papel, el billete. Ocurrió en China. Corría el siglo VII de nuestra era, y los comerciantes, preocupados por la cantidad de metal que debían transportar convinieron en entregar sus monedas a personas de confianza a cambio de un documento que lo acreditase. El dinero en esta forma carecía de cualquier valor intrínseco, si bien estaba respaldado por el valor del metal depositado. El respaldo se fortaleció más tarde con la elección del patrón oro.
Con motivo de la confluencia de diversos acontecimientos, entre los que se encontraba la guerra de Vietnam, el gasto se disparó y obligó a Estados Unidos a emitir dinero; al carecer este del preceptivo respaldo en oro, un desajuste, se revisaron las bases. El valor ya no estaría sustentado en los lingotes de oro almacenados en Fort Knox, sino en un consenso colectivo y su regulación quedaría en manos de los bancos centrales; el acuerdo dio lugar al dinero fiduciario —del latín fiducia, "fe"—, un constructo. El conejo que sale de la chistera.
Por su parte, la felicidad es invocada y hay quien aspira a disfrutarla. Diríase un desiderátum. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos cita entre los derechos inalienables, “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Más cercana, la Academia define el término como un “estado de grata satisfacción espiritual y física”. Parece convincente. Un estado sugiere un tiempo largo en contraposición al contento pasajero; que sea grata la satisfacción, sería lo suyo, aunque bien pudiera ser una redundancia. Por último, que sea total, espiritual y física. Nada que objetar. Es de sobra conocido que el ser humano —rara avis— no es de fácil contentar o, por más exactitud, no todos se contentan con lo mismo. Concedamos pues que el estado de gracia al que se aspira dependerá de cada cual. Añádase que gran parte de la humanidad, sumida en la lucha por la subsistencia, no tiene tiempo de pensar en la felicidad. Así las cosas, el dinero existe, y la felicidad se muestra tentadora, lo que nos lleva al principio, ¿se podrá comprar?
El poder del dinero se valora por su ausencia. Es conocido que la escasez de dinero provoca preocupación y por ende malestar. Hay acuerdo en ello. Pero…, ¿qué ocurre cuando las necesidades básicas están cubiertas? El dilema lo abordó Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía. En su famoso estudio sobre la relación entre dinero y felicidad, observó que “el bienestar emocional aumenta a la par que los ingresos, pero se estanca a partir de cierto umbral”; en 2010 cuando se publicó este estudio seminal se fijó este nivel en 75.000 dólares anuales. El estudio, a pesar de su importancia, fue puesto en solfa por Matthew Killingsworth en 2021 que, con escalas más precisas, observó que no existía tal umbral. Lejos de mantener sus posiciones, ambos investigadores decidieron colaborar. En 2023, corregidos los errores, proclamaron la superación del conflicto en el artículo Income and emotional well-being: A conflict resolved (Ingresos y bienestar emocional: un conflicto resuelto). Nótese que se habla de bienestar. En un porcentaje alto (80%), este bienestar aumenta sin pausa con los ingresos; para el 20%, menos feliz, aumenta, pero se estabiliza en el umbral de los 100.000 dólares (unos 90.000 euros al cambio). Hay matices sin duda para los que quieran saber más.
La felicidad que se pretende medir es una idea abstracta. Se habla ahora, más bien, de categorías, o dimensiones, que serían más fáciles de explorar. Esto, sin tener en cuenta que ya la mera pregunta, por sí sola, condiciona la respuesta, el deseo de agradar: es sabido que el paciente responde sobre el curso del tratamiento lo que el médico quiere oír, que todo va bien. El dinero, sí, evitaría el malestar; salvado el trago, se asociaría con un cierto bienestar. Sin embargo, para los desventurados que padecen cualquiera de los males que acechan —piénsese por un momento en ellos—, el dinero no bastaría para mitigar su aflicción. En esto de la “felicidad” —llegados a este punto, con comillas—, y para no engañarse del todo, procede la pregunta que se hace uno mismo, la pregunta interior. El dinero no da la felicidad, o sí.