Era todo rojo, tanto la túnica como la caperuza. Luego, estaba la cruz negra con su fondo blanco a la altura de mi pecho y no podían faltar los guantes blancos y el cordón negro. Todos íbamos iguales, menos él. Él iba de traje y chaqueta con un colgante de la cruz de nuestro Cristo de la Expiación.
Solo tenía seis años, así que lo que yo le decía era: “Abuelo, ¿a que tú eres el que manda?” Solo me sonreía y cambiábamos de tema. Yo le volvía a preguntar a mi padre, el que me daba la verdadera información: el abuelo era el presidente de la Hermandad. Y no se pueden ni imaginar lo orgullosa que me hacía sentir eso.
Cuando llegaba la hora, todos bajábamos a la iglesia. Yo estaba súper nerviosa, pero siempre estaba el abuelo para calmarme. Él llevaba un gran cetro que yo también quería portar, pero siempre me decía que era muy pequeña. Entonces, mi padre me dio la cruz guía, la cual hasta día de hoy sigo llevando en la procesión. Ésta comenzaba y yo nunca veía al abuelo, hasta que me enteré que “los que mandaban” iban siempre al final.

También, recuerdo cuando llegábamos por la casa de los abuelos y había mucha gente dentro. Entonces, una mujer subía al balcón y empezaba a cantar una saeta. Cuando el recorrido llegaba a su fin, me sentaba en un banco de la iglesia y esperaba a ver al abuelo después del Cristo. Pero, entonces, llegaba ÉL, sujeto a la cruz, con la corona de espinas en la cabeza y los bellísimos claveles rojos bajo sus pies.
Era una imagen que me fascinaba. Su cara transmitía más que cualquier palabra, transmitía tantas emociones que terminaban cayendo un par de lágrimas por mi mejilla. Pero, en ese momento, los anderos comenzaban a pasar al Cristo con mucho cuidado a la iglesia y se me iba esa pequeña tristeza. Estaba alerta para ver si el Cristo no daba en ningún lado y lo colocaban bien. Cuando lo ponían en su sitio todos aplaudíamos contentos. Justo en ese instante, veía al abuelo a un lado. Llevaba ya un rato allí, pero mi atención no había estado fijada en él. Entonces, yo pensaba “Guau, ¡qué fuerte es el abuelo, cuánto ha aguantado! ¡Y no está cansado!”, ya que yo necesitaba algún que otro descanso por los bancos de la Castelar.
No obstante, eso no terminaba ahí. Muchos días mi abuelo estaba con las cartas del Cristo cuando yo llegaba a su casa. Y no quería molestarlo, así que lo único que hacía era sentarme y contemplarlo. He de decir que me encantaba su forma de escribir, siempre en cursiva. Y no olvidar el tiempo que dedicaba mi abuela a coser todas las túnicas y arreglarlas para la ocasión.
Quiero terminar este pequeño escrito dirigiéndome a ti. Abuelo, gracias por todo lo que has hecho siempre por mí. Tú me enseñaste el significado de nuestro Cristo de la Expiación y no necesitaste palabras para ello. Solo con tus actos yo entendía la importancia que tenía para ti y para esta familia y, desde el momento en que lo comprendí, lo ha tenido también para mí. Fue entonces, y solo entonces, cuando yo le decía a papá que fuéramos a la procesión del viernes del Silencio. Porque yo quería que “los capuchinos rojos” fueran los que abundaran en la procesión. Sin embargo, no somos tantos como “los capuchinos morados”. Pero me gustaba ir para representar a mi Cristo.
Y, abuelo, eso me lo enseñaste tú; me enseñaste a sentirme orgullosa de nuestro Cristo. Nunca he tenido el momento adecuado ni las palabras exactas, pero espero que con esto entiendas que todo el significado y la importancia del Cristo de la Expiación, “los capuchinos rojos”, la cruz guía, el cetro, los claveles en los pies del Cristo, emocionarme con él... todo esto lo he entendido por ti y le he encontrado su significado por ti.
Por eso, gracias, abuelo. Gracias a ti, el que me ha dado algo muy importante que irá siempre en mi corazón: la devoción por nuestro Cristo de la Expiación.