Brindis

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Imaginen la siguiente situación. Tarde de domingo visitando a nuestra abuela. Con el café, saca el álbum de fotos. Las hemos visto ya doscientas veces, pero a ella le encanta hacerlo. Fotos de reuniones familiares en las que todos salen levantando una copa y sonriendo abiertamente a la cámara. La boda del tío Luis, la comunión de la prima Elena, las oposiciones a Correos aprobadas por Pedro. Tu abuela va pasando las páginas del álbum con los ojos brillantes de alegría, orgullosa de su familia, porque las fotos muestran a personas que brindan por un motivo puro, loable, bonito. Orgullosa de su gente, que se alegra más por la felicidad de los otros que por su propia dicha.

Ahora imaginen sacando el álbum de fotos familiar a la abuela de Ben-Gvir, ministro israelí de Seguridad Nacional. Va pasando las páginas encantada de ver las instantáneas de su familia sonriente, posando ante la cámara en distintas celebraciones y reuniones. Y justo cando llega al final, se topa con la foto de su nieto, en medio del parlamento de su país, loco de alegría y con una botella de champán en la mano, con la intención de brindar para celebrar la aprobación de la Ley que permitirá condenar a muerte a los palestinos acusados de matar israelíes. Quiero imaginar a esa mujer conteniendo las lágrimas, reprimiendo el asco y el vómito al ver a su nieto dispuesto a brindar por la aprobación de la pena de muerte para aquellos que (puede sonar duro, pero, a estas alturas, no nos engañan) de manera interesada y partidista te molestan.

He de reconocer que el juego de imaginación que les he propuesto es una mierda, la verdad. La misma mierda que bombean los corazones de todos los miembros del gobierno israelí que pueden llegar a alegrarse tanto con el ajusticiamiento, en la horca (tanto que se quejan de las formas y maneras de Irán, y piensan utilizar el mismo método, cuánta hipocresía) de un ser humano. La misma mierda que emponzoña las venas de todos aquellos que en su sadismo sin fin brindan por el exterminio de un pueblo, de cualquier pueblo, eternamente reprimido y maltratado.

Perdónenme, he de acabar de forma abrupta este artículo. De tanto imaginármelo, ahora soy yo el que no puede reprimir el vómito. Disculpen.

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