A Rosarito Quintanilla, y a sus hijas

Antonio Cedenilla en mi recuerdo

Por Santiago Ramos Plaza

Acabo de enterarme del fallecimiento de mi amigo Antonio Cedenilla, Señor de Criptana en el corro de amor a su ciudad.

Nos conocimos en los años sesenta del pasado siglo, la década prodigiosa y no solamente por la música, también por  la llegada a la luna de una nave espacial tripulada.

En seguida surgió entre nosotros una amistad segura y duradera que ha permanecido hasta su muerte y seguirá hasta la mía, cuidada cariñosamente en los recuerdos.

Viviendo en pueblos distintos, pero tan cercanos, nos veíamos a menudo, y con seguridad  las tardes de domingo, en que amigos y amigas frecuentábamos el baile con cantantes de fama del Impala, y en otras ocasiones el Boys, la discoteca de la calle Ancha, a cuya hora de apertura las vecinas atisbaban tras los visillos de sus ventanas a quienes  entraban para dar la lista en corrillos de calle o en la novena, tal si el pequeño local fuera un antro de capital. En el Boys había licencia exclusivamente para besarse románticamente,  instantes en que Víctor García, el responsable, se daba la vuelta y releía las etiquetas de las bebidas de la estantería.

Éramos jóvenes, cruzábamos a saltos de baile la edad preciada que ningún libro niega. La juventud posee toda la gracia del mundo a manos llenas -cualquier niño querría comparármela con la infancia suya, si me leyera, seguro de salir vencedor-. Período es que no se disfruta plenamente sin embargo; a cualquiera, en esa edad brillante, le ronda en su cabeza la idea ilusionante de  encaminar definitivamente el porvenir, iniciada ya su situación laboral personal y elegida la mujer de sus sueños, circunstancias en que la amistad, sin bajarla  de su pedestal, quedaba menos alta y más estrecha.

En el tiempo nuevo, instalados en ciudades distintas más retiradas,  ya nos veríamos con menor frecuencia, y solamente las noticias importantes nos acercaban.

En cada encuentro, Antonio venía hacia mí con una sonrisa de labios y ojos conjunta, al unísono, adelantada, creo que para darme el abrazo más completo y sonoro. Simpatía por la que el aire le movía la chaqueta o el abrigo celebrándolo.

Muchas veces nos acercábamos a Criptana, cumpleaños, la feria, el teatro, una película, una terraza de bar, ocasiones en que conocimos a sus amigos de siempre y a familiares. Una de  aquellas tardes, al entrar al Casino, saludamos a Sarita Montiel. Estaba sentada en un banco y al lado de su abuelo, echando de su boca al aire vedijas de humo de un veguero caribeño por el agradable olor. Como decimos en La Mancha, más de dos le dijimos ¡Hermosa! La sonrisa que nos prodigó habría valido para adornar el techo de cielo de la ciudad  un tiempo.

Congeniábamos Antonio y yo en nuestras opiniones, propias de personas distinguidas en el buen trato con los demás de continuo,  en las observaciones y pareceres. Nuestros trabajos eran muy diferentes, y del suyo se sentía enteramente satisfecho, entregándole todo su tiempo por contribuir con él al bienestar de sus ciudadanos.

Me gustaban sus palmadas en la espalda y no eran leves ni de blanda mano, sujetándome mientras me decía, por ejemplo “¿con que poeta, eh?”, gesto y saludo del que ya se acompañaba para preguntarme por mis versos, que si valían algo dicho por otros, me lo hacía saber con orgullo de amigo entrañable.

El no sabía que mi primer articulillo publicado lo fue en su pueblo, en la revista de jóvenes con inquietudes, “Besana”, nombre precioso y propio del campo y del arado. Un excelente amigo de ambos,  Manolo Cabanas, una persona entregada vivamente a los demás como nunca he visto en mi vida, fue quien precisamente me pidió que le diera “algo” para publicarlo en dicha revista. Cuando se lo conté a Antonio le sorprendió y se alegró de la coincidencia.

Vestía con gusto, de manera distinguida y sin afectación,  faltándole en su atuendo el sombrero, que era prenda imprescindible en don Serafín, su suegro. Pero por entonces los sombreros ya iban abandonando las cabezas de los asiduos y los tenderos echando el cierre de  sus sombrererías.

Le lloraremos estos días con el profundo dolor de haber perdido a nuestro fiel amigo, mas sin tardanza, en el dolor mismo se abrirá hueco la airosa luz de la amistad, reencontrándonos con él a solas cada amigo, en nuevos abrazos con palmada, risas, y conversaciones.

Lo creo firmemente, y lo suelo resaltar a menudo con quienes converso. “Hasta que no muera el último de los amigos, los demás no acabarán de morirse del todo.”

Descanse en paz el Amigo.

Fdo. Santiago Ramos Plaza.

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