Cerro de San Antón

Por Santiago Ramos Plaza

Sin altura considerable, no pasa de ser un otero, el panorama que la vista contempla es grandioso en su inmensidad despejada, Pocos altozanos de La Mancha lo brindan en bandeja semejante.

Desde la cima echo a volar los ojos, sobrevolando los campos que se conturban mirados con tanta emoción. Hoy, la tierra parda, aterronada, las siembras encañadas y doradas, las tobas punzantes, los viñedos hilados de verdor, los olivos, si curvos acerados, espolvoreados por la luz del día delicadamente me han conmovido en tal manera que acaso he percibido los efectos de la inspiración, si extraña por inexplicable, si inasible por escurridiza, si fugaz por breve, veraz por mi exaltación repentina.

Inequívocamente, su gracia me ha ofrecido el paisaje realmente como es hasta el horizonte, telón que oculta el más allá de la vida.

Vuelven mis ojos de la lejanía jalonada de pueblos, alamedas, quinterías, caseríos, y sin precisar del vuelo por cercanos, los fijo en los molinos, tocados por las luces cambiantes de color según se desgaja el día.

Luces blancas, rosas, amarillas, rojas y violetas que han tornasolado tantos ratos míos en esta loma en que el viento es su fronda y su floresta.

¡Cerro de San Antón, quién como tú, si abarco con los brazos el pueblo entero desde tu altivo y solemne mirador!

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