Dar coba

Por Alfonso Carvajal

Cuenta García Moutón —una filóloga de pro—que la palabra coba se sostiene por su modismo, dar coba. La palabra se salvaría de esta forma; no es palabra moribunda. De paso, al estar viva, nos trae cobista, el que da coba; se echa de menos el derivado cobismo para agrupar la actividad. Si hubo duda sobre la salud del término, no la hay sobre el sentido. Dar coba es adular, halagar, hacer la rosca o la pelota con el fin de obtener algo. La palabra tiene vigencia. Desde temprana edad, en el colegio, se descubre al pelotilla. No resultaba simpático, mitad servil, mitad acusica, pretendía granjearse de ese modo el favor del profesor. Sin la bula del diminutivo, está el pelota en plenitud, el pelotillero con todas las letras que se encuentra uno en los trabajos. Admitamos en su descargo que nadie es un pelota del todo; como en otros órdenes de la vida, el pelotilleo es cuestión de grado. Recuerdo, por lo del grado, el adulómetro de Chumy-Chúmez, el ingenio colocado en el espinazo para medir la práctica.

La adulación empero reviste formas. El pelotilleo del que hablamos es una. Otras se acomodan a los tiempos. En el ámbito de la cosa pública está el discurso untuoso que busca halagar al auditorio. Suele empezar con los agradecimientos; en primer lugar, y de forma destacada, se agradece a “las fuerzas y cuerpos de la seguridad del estado” —una coletilla de uso obligado si se quiere aparentar ser alguien—, lo de menos, por descontado, es lo que hayan hecho o dejado de hacer esas fuerzas y cuerpos, lo que importa es mentarlos. Después viene la letanía del resto de agradecimientos.

En estas peroratas, uno —que tiene su corazoncito— espera que le nombren. Si bien la lista ocupa buena parte, queda hueco para enumerar los logros alcanzados, se hace: “hemos alcanzado…”, el autoelogio —darse pisto— se acepta mejor cuando se disfraza de éxito colectivo; no entran en la lista los fracasos. Pero no perdamos de vista la coba que nos ocupa, pues otra forma, de práctica unanimidad —políticos, periodistas y gentes del común la cultivan—, es el inocente aplauso. Aplauso en su doble significado, el de celebrar a alguien o algo con la palabra y el de palmotear. Se celebra por ejemplo cuando se dice: “aplaudimos tu decisión de continuar en el cargo…”. Siempre ha existido el aplauso como respuesta espontánea ante la emoción estética y como recompensa a quien la provoca. Nada que objetar. Es el exceso lo que llama la atención. Hay también algo nuevo, omnipresente, en lo que quisiera reparar, la reciprocidad: el aplauso de los unos a los otros. Un caso. Habla un político en un mitin y aplaude el público —es lo esperado—; de manera simultánea el orador y los que arropan al orador dan un paso al frente en el estrado, sin caerse, y aplauden en sincronía —una aportación—.

Además del halago al auditorio, palmotear juntos une. Una muestra cercana del aplauso, en su doble acepción, se vio en el apogeo de la pandemia: se decía de los sanitarios que eran héroes y a hora convenida se aplaudía. Es difícil saber cómo surgió este aplauso, lo que fue espontáneo y lo orquestado; fuere lo que fuere, se percibe un intento de halago a estos profesionales de “la primera línea”, los más expuestos. A la nómina de sanitarios, se añadieron otros héroes, los soldados del ejército, los barrenderos, las limpiadoras, las cajeras y reponedoras de los supermercados, los repartidores… Se desconoce en qué quedó la algarabía. En lo tocante a los sanitarios, los mismos informes del Ministerio de Sanidad apuntan a un déficit crónico de financiación de la sanidad, en especial de la atención primaria; en este ámbito se señalan como problemas seculares la excesiva carga de trabajo y la precariedad de los contratos. Sin embargo, la prensa de estos días se hace eco de cierres de Centros de Salud —reestructuración lo llaman sus adalides— y de la persistencia del déficit de financiación. Obras son amores.

Mención aparte merecen los homenajes. Como aplausos, siempre hubo homenajes; una pintura verbigracia, “Homenaje a Delacroix”, nos lleva a tiempos pasados y a las glorias de Francia. Se tiene la idea de que el motivo de los homenajes era el de reconocer figuras destacadas, figuras que sobresalieron en alguna actividad; o acaso, en nuestro caso, la bandera, la enseña nacional. No es esto lo que sobresale. Se homenajea sin más, por la pertenencia a un grupo de interés, por tal o cual identidad, con cualquier excusa. Nunca se homenajeó tanto. Cualquier motivo basta para un cumplido homenaje. Consta el acto de banquete, discurso —loa al homenajeado— y obsequio. Una industria. A veces el festejado pasó desapercibido, sin pena ni gloria; un azar lo convirtió en objeto de interés. No ajeno a ese azar, el ansia de notoriedad de algunos: aparecer como paladines de la causa. Detrás de tanto homenaje se vislumbra al cobista. No extraña el afán homenajeador.

Del pelotilla escolar a la industria de que hablamos, todo es coba. En algún punto del espectro está la voz que susurra lo que uno quiere oír, regala los oídos de igual modo —a cada cual lo suyo—. Se dora la píldora. Probemos para acabar a dar coba: lector amable e inteligente, si usted ha llegado hasta aquí no es un cobista. ¡Toma coba!


Alfonso Carvajal

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