Hojas sueltas. El 96

ChatGPT Image 29 ene 2026, 13_53_00
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La casa fue levantada sobre uno de los numerosos cerros en que se asienta el pueblo con vocación de rascacielos. A nivel de la calle hay un comedor de recibo según se entra y a lo largo del portal un albollón vierte las aguas del patio. Un segundo nivel acoge un lavadero con su tabla rizada y una cocinilla para leña seca. Y en el último nivel, ya en la parte alta del cerro desde donde se ofrecen –cósmica visión– los tejados de las casas vecinas, hubo una caseta con su retrete que recibía los detritos. Al menos una vez al año había que vaciar el barranco cuyo contenido servía de abono en los cultivos. A la izquierda del patio estaba la cocina propiamente dicha dotada con un –entonces revolucionario– sistema de fogón llamado pomposamente “cocina económica”. Y a la derecha, el aljibe con su puerta de rejilla.

Fue uno de los primeros aparatos que la entonces llamada Compañía Telefónica Nacional de España instaló en el `pueblo. Y desde el primer momento el 96 fue el número mágico que puso en comunicación a todos los  miembros de la familia vivieran donde viviesen, porque hay números que trascienden su función abstracta  y solos, o en compañía de otros (números), acaban definiendo a las personas. Son ejemplo el DNI, la fecha de nacimiento o la de cualquier celebración de la que guardar memoria. Otros números se han quedado ahí fuera pero cercanos y vigilantes, en guardia permanente. Son el 112 para urgencias sanitarias, el 091 custodio de nuestra seguridad, el 080 que planta cara, casi siempre en circunstancias adversas, al fuego arrasador, o el 016 contra el maltrato. Pero el 96 ha sido nuestro número icono, y sus ondas electromagnéticas amaestradas nos hicieron partícipes de las alegrías e inquietudes que el tiempo fue dejando en el seno familiar.

Hoy, cada vez que he de marcar ese 96 al final de la ristra de dígitos en que se ha convertido cualquier llamada gracias a la digitalización y la inteligencia artificial, me vuelve la visión del abuelo, reconvertido por el asma de trabajador de la madera en corredor de vinos, sentado al tibio sol del patio, junto al aljibe y al lado de su colección de botellitas-muestra etiquetadas con el nombre y año de la cosecha, color y grado y acidez del contenido. El corredor de vinos ponía de acuerdo a los pequeños cosecheros que “pisaban” sus uvas en sus propias bodegas (las había en casi todas las calle del pueblo) para hacerlas llegar a los  exportadores que las enviaban en tren a otras zonas vinícolas del país, entre ellas la Rioja o la Ribera del Duero, a veces como mosto sin fermentar. En la barriada de la estación se ubicaban algunas de las bodegas más importantes del país que conocieron tiempos dorados.

En una de mis últimas visitas a la casa de mi abuelo me entretuve en contar las botellitas y me salieron 96. La vida está llena de casualidades.

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