No sacar la mula

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La mirada que no necesita satélites. En el rostro de nuestros mayores, como en el del tío Alfonso, se lee el tiempo mejor que en cualquier pantalla; solo hace falta detenerse un segundo y saber escuchar

En este día con un frío que pela y el cielo plomizo, me he encontrado en el mercado a mi amigo Pedro, antiguo trabajador de los Devis. Entre otras cosas, me trajo a la memoria que la mayor sabiduría no siempre está en los libros ni en las pantallas. La encontramos en la mirada de las personas mayores, aquellas que, con solo oler el aire o ver el vuelo de un grajo, sabían que lo más inteligente del día era, sencillamente, no sacar la mula. Su madre le contaba que su tío Alfonso, apodado el “lillero” (que no trabajó nunca porque tenía gavillera), se levantaba antes de amanecer y se ponía en la fachada del horno de “Raspilla” y mirando el cielo tomaba la decisión de si los peones salían al campo o no. Y posteriormente se volvía a acostar.

Y es que, qué quieren que les diga, hoy día vivimos pendientes de una notificación desde el Servicio de Atención y Coordinación de Urgencias y Emergencias 1-1-2 en el teléfono. Que si una alerta roja por aquí, que si un aviso naranja por allá... por fuertes rachas de viento, lluvias, nevadas, y tormentas. Nos hemos vuelto dependientes de una pantalla para saber si tenemos que coger el paraguas, y en esa agonía de datos, digo yo que, estamos perdiendo el instinto. Por eso, me ha venido a la memoria una estampa de las de antes, de las que algunos hemos vivido.

Mi vecino Sebastián, que vivía en la calle Salitre —un hombre de campo curtido por mil soles y con las manos como cortezas de olivo—, salía a la puerta de su casa, miraba el horizonte con los ojos entornados, se ajustaba la "goina" y soltaba: —Hoy no saco la mula.

Y no es que tuviera una aplicación conectada al MTG-I1, ese flamante Meteosat de tercera generación que vigila Europa desde el espacio. ¡Qué va! Lo que tenía eran años de oficio y una paciencia que ya no se despacha. Esa frase, tan sencilla y nuestra, es un máster en sabiduría que un servidor suele poner de ejemplo a sus alumnos en la Universidad. Porque a veces, para ser listo de verdad, no hace falta saber de algoritmos, sino de vida.
En el pueblo no esperábamos al satélite. La naturaleza siempre avisa y el cielo no engaña a quien sabe mirarlo. Lo que pasa es que ahora vamos todos "atropellaos", mirando al suelo con la prisa metida en el cuerpo. Aún recuerdo las lecciones que me daba el bueno de Sebastián, a veces, alrededor de un buen jarrete, mientras el vino nos templaba la palabra.

Aquel hombre siempre lo decía: los huesos no mienten. Son el mejor barómetro que existe. Cuando le empezaba a dar la "punzada" en la rodilla, el cambio de presión estaba ahí mismo. —Va a llover, que me pincha el callo —decía. Y al rato, ¡zas!, ya tenías el agua encima. Y fíjate tú, que, si veía a las golondrinas volar casi rozando el suelo, ya sabía que el agua estaba al caer. No era magia; es que con la humedad los mosquitos bajan su vuelo y ellas van detrás a por el avío.

También hablaba de los vientos: el Solano, que te deja la cabeza "p'allá" y lo seca todo, o el Ábrego, ese viento que trae la lluvia mansa, la que de verdad cala y agradece la siembra. Y cuando las hormigas iniciaban su mudanza, no hacía falta ser ingeniero: es que llegaban las lluvias de veras.

Lo de la mula de mi vecino no era por gandulería, no se equivoquen. Era puro sentido común. Él sabía que contra el tiempo no se puede pelear. Si el cielo decía que no, pues era que no; ya puedes correr lo que quieras, que el campo no lo vas a secar. Personas como él nos enseñaron la economía del esfuerzo: saber cuándo hay que dar el callo y cuándo es mejor quedarse al refugio de la lumbre arreglando algún aparejo, que no somos de hierro, ¡leñe!

Esa sabiduría de "mirar por encima del hombro" a las nubes se nos está escurriendo entre los dedos. Es un conocimiento que no se enseña en las aulas, sino que se hereda mientras se poda o se hace alguna labor en el campo. Esa conexión con la tierra, ese saber que somos "miaja y media" ante un nublao, les hacía más humildes y, por eso mismo, mucho más sabios.

Así que ahora que el viento silba en las esquinas y la nieve asoma, hagamos caso de las recomendaciones de los que saben. Si el cuerpo te pide refugio y el cielo está de mal humor, no saques la mula. Tómate un respiro y deja que el mundo ruede, que como siempre se ha dicho en el pueblo: —Mañana será otro día y Dios dirá

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