EL FORÁNEO DE ALCAZAR

En los orígenes de Alcázar en la Prehistoria. El Bronce Manchego

Por Chindasvinto

“Es importante tener buenos descendientes, pero la gloria pertenece a nuestros antepasados.” Plutarco.

(Fig.1). Motilla de los Romeros. Alcázar de San Juan. Recinto amurallado bajo el túmulo de tierra con datos de 1650 a 120 a.C. Visitable. En término de Alcázar junto con: Motilla de Pedro Alonso, Motilla de Brocheros. Motilla de Casa de Mancha.
 

Este texto es producción propia y extraído del libro en cuya elaboración trabajo, como os adelanté en mi primera colaboración en este diario. Sólo algunas adaptaciones para este formato y tengo a bien compartirlo con vosotros, recalcando como una vez más, Alcázar y sus alrededores son esencia, presente incluso en el origen de los manchegos y de la cultura Manchega. Otro motivo más de satisfacción y orgullo de ser naturales de esa tierra.
    

Resulta perentorio hacer un leve ejercicio de filosofía de la historia y mirar hacia atrás con el alma y con la ciencia, buscando nuestros ancestros más remotos, tanto más cuanto tenían particularidades distintivas y únicas en la península como ocurrió en La Mancha, para preservar y ceder sus frutos, si acaso mejorados, a nuestros descendientes y que no terminen bajo tierra y desaparecidos para siempre.

Nos remontamos pues a los primeros pobladores manchegos, indígenas oriundos de ese territorio desde el Paleolítico (conviviendo con Mamuts lanudos y con rinocerontes de los que se han encontrado fósiles en la Mancha y sureste de Andalucía).      

Posteriormente, la llegada de pueblos del Mediterráneo oriental buscando comercio fue generando nombres a esta tierra innominada; primero la fenicia Span (tierra de conejos, por la abundancia de este roedor) hacia el siglo XI a.C, luego griegos sobre el VI a.C que la llamaron Iberia de donde tomaron sus gentes el nombre de íberos, y más tarde fue la Hispania romana. “Geografía de Estrabón. Libro III. Alianza Editorial, 2009”.    

Bronce Manchego es la denominación genérica de una división temporoespacial de la Prehistoria peninsular también conocida como “Cultura de las Motillas”. Eran asentamientos humanos sedentarios, que basaban su sustento en la ganadería y la agricultura, y que ocuparon el territorio que hoy es La Mancha (gran parte de la provincia de Ciudad Real, prácticamente toda la de Albacete y parte de las de Toledo y Cuenca) a partir del Calcolítico (o edad del cobre), constituyendo uno de los sustratos indígenas que dio origen a la cultura ibera.

Para los no familiarizados con la Edad de los metales, el orden cronológico fue: Cobre, Bronce y por último la Edad del Hierro. En la Edad de Cobre, armas, utensilios, aperos, todo se hacía a partir de ese metal. Cuando el hombre aprendió a hacer aleaciones de metales (cobre con estaño o con arsénico) sencillamente inventó el bronce y con ello nació el periodo que le da nombre, Edad del Bronce. No en todas partes en las mismas fechas, puesto que no fue un periodo transversal ni el tiempo ni en el espacio.


Esta cultura arqueológica se caracterizó, principalmente, por la construcción de asentamientos, unos en el llano (motillas o morras) y otros en zonas altas o muy altas (castillejos o castellones) (fig.2) fuertemente fortificados ambos. De entre éstos, las denominadas "motillas", que dan nombre e identidad propia al fenómeno poblacional y constructivo, son eminencias topográficas o montículos que destacan sobre la llanura manchega.

Su excavación ha demostrado que estaban formadas por viviendas apretadas dentro de cinturones de murallas concéntricas en varios niveles escalonados, dando una apariencia de cerro artificial al asentamiento que facilitaba su defensa y el control efectivo del territorio circundante. Como referencia comparativa, era un sistema urbano más compacto y mejor defendido que los sistemas de castros celtas del noroeste peninsular.

(Fig.2). Distribución asentamientos en el Bronce Manchego.

Sobre la cronología de ocupación en los yacimientos (“Gilman, Fernández-Posse† y Martín et al. en «Consideraciones Cronológicas sobre la Edad del Bronce en La Mancha». ISSN 1131-6993) de El Quintanar (Munera) y El Acequión (Albacete), dos de los poblados más significativos de los centenares documentados en la provincia de Albacete, usando dataciones con C14 y otras (Torio, Th230)) dataciones por toda la Mancha, establecen un periodo de poblamiento que oscila entre 2.200 a.C y 1.500 a.C siendo el Acequión el más antiguo y el Quintanar el más reciente.

No obstante, la datación de la Motilla de Los Romeros de Alcázar oscila desde 1.650 a.C, hasta fecha reciente 120 a.C, porque estuvo muy probablemente ocupada en época iberorromana. Estos intervalos de tiempo, son análogos a los obtenidos para otros yacimientos de similares características en el resto de La Mancha: Motilla del Azuer (Daimiel) y Cerro de la Encantada (Granátula de Calatrava) (Inocente Blanco et al).

 

(Fig. 3). Distribución geográfica de Culturas del bronce peninsular con peculiaridades propis que les proporcionan identidad. Relación topográfica de las Motillas con el Levante y el Argar y solapamientos
 

Así, el Bronce manchego resulta contemporáneo de sus vecinos, el Bronce Levantino (Comunidad Valenciana y Teruel) y el Bronce Argárico (Murcia y Andalucía Oriental), sin que se pueda demostrar la pretendida prioridad cronológica de El Argar.

La cuestión sobre antigüedad e influencias entre las diversas culturas vecinas, sin unos límites geográficos nítidos y definidos sigue abierta y además en algunas zonas geográficas se superponen hallazgos de una y otra cultura. Las zonas de color neutro en el mapa, no tenían singularidades propias y únicas como para considerarlas “culturas del Bronce”.

La fijación precisa de los límites de influencia de los grupos del Bronce peninsular requiere un arriesgado ejercicio no exento de especulación geográfica. Se podría decir que al norte del río Segura, comenzarían los primeros asentamientos no argáricos y clasificables en el Bronce Manchego.

La línea Hellín- Albatana- Montealegre del Castillo- Almansa (coincidente bastante bien con la actual división administrativa entre las provincias de Albacete, Alicante y Murcia) constituiría el límite sur. El valle del Vinalopó delimitaría el Bronce valenciano y el Manchego, por el este, mientras que al norte se extendería hasta el valle del Tajo y la serranía de Cuenca. El límite occidental es mucho más impreciso.

Los asentamientos de esta cultura (muy numerosos, dispersos y extendidos por un amplio territorio) mantenían relaciones entre sí creando agrupaciones de asentamientos. Tenían equidistancias de 4 a 5 kilómetros entre unos y otros, según las zonas, pero siempre manteniendo el contacto visual.

Se distribuyen por las vegas de los ríos, zonas llanas y fácilmente inundables (zonas palustres deprimidas) coincidentes con las actuales lagunas y humedales manchegos (otra diferencia radical con los castros celtas del oeste y norte peninsular construidos en zonas altas no inundables y sin agua).

Las mayores concentraciones de asentamientos estudiados están en el término municipal de Daimiel (Motillas del Azuer, las Cañas, Zuacorta, Casa del Cura, de la Vega Media, de la Albuera y de la Máquina) y en las lagunas de Ruidera (hasta 23 asientos y a una distancia visual a veces de sólo 1 kilómetro).

Son muy numerosos los que quedan por investigar y, se supone que se hallen con más probabilidad en la cuenca media y alta del Guadiana y sus afluentes (Munera, El Bonillo, Lezuza, Villarrobledo, Argamasilla de Alba, Tomelloso). Sólo en la provincia de Albacete se conoce el emplazamiento seguro de unos 300 asentamientos.
    

La construcción de asentamientos humanos eran los propios de la época, cuevas y cabañas. Pero, las cuevas escasean en La Mancha y son anecdóticas, y las cabañas, al estar hechas con materiales perecederos no dejan huella en el tiempo, si acaso el fondo o suelo de éstas, bajo el cual enterraban a sus difuntos.

Por estos motivos lo que da personalidad propia al asentamiento manchego son las construcciones tipo motilla, (en algunos lugares llamados morras) que son los asentamientos del llano, y el otro tipo que se da en llamar castillejos o castellones que se situaban en altura, en colinas o montes altos.

1º. Las motillas, eran una especie de fortalezas circulares dispuestas en anillos concéntricos en torno a una gran torre central, con viviendas y enterramientos en su interior (fig.6) y exterior. Actuaban como lugares centrales de un área agrícola y su principal recurso consistía en el control del agua mediante profundos pozos (como en la actualidad, esas ubicaciones requerían de un conocimiento de humedales y capas freáticas de la zona). La motilla, sin excavar tiene aspecto de elevación del terreno, montículos de tierra (fig.1), pero una vez excavados y sacados al exterior presentan un imponente aspecto pétreo. Por ser el caso más estudiado y excavado y más representativo incluimos imágenes de la Motilla de Azuer (Daimiel) (fig. 4,5 y 6).

Los castellones o asentamientos de altura eran poblados situados en altura elevada y aunque de viviendas de material perecedero tipo cabaña, estaban fuertemente fortificados.

   

(Fig.4). Vista aérea de la Motilla de Azuer. Control hidráulico con su pozo y de los espacios vitales y de almacenamiento             

 
Fig. (5). Imponente aspecto de la Motilla de Azuer excavada. En esta foto, el pozo aparece seco. Imagen de La Torre
 

(Fig. 6). Enterramiento en Azuer, en el interior de la Motilla

En cuanto a la sociedad de las Motillas, se cree que estaba organizada en jefaturas. Desde los grandes poblados fortificados los jefes dominarían la producción agropecuaria de su área colindante y gracias a los excedentes que almacenarían en ellos podrían acceder a los bienes de prestigio y privilegio.

Se piensa que las concentraciones de poblados en torno a determinados lugares constituían una única comunidad cuyo modelo de asentamiento disperso permitía un mejor control del medio y sus recursos desde puntos estratégicos.

Sin embargo, se llegado a asumir que eran comunidades en guerra permanente debido a la propia disposición y fortísima construcción de las motillas, así como por los ajuares de las tumbas masculinas, donde aparecen arcos y otras armas. Es probable que cumplieran ambos cometidos: control de pastos, tierras, cursos fluviales, otros elementos vitales y control militar del territorio.

Se estima que los asentamientos albergaban un aforo máximo de 50-60 personas, y probablemente se trataba de familias, a veces solo una, pero en sentido extenso: ascendientes, descendientes y parentela directa.

La propia disposición de los asentamientos refleja una cierta posición de subordinación o de interdependencia: los centros neurálgicos pueden ser importantes para el comercio e intercambio (se han hallado piezas de sílex procedentes del río Jarama y por el contrario, piezas de cerámica manchega en la zona de procedencia del sílex), pero los centros externos son vitales para el control del territorio.

En cuanto al modo de vida en las Motillas hay pocos datos para interpretar la cotidianidad poblacional durante unos 700 años (2.200-1.500 a.C). Sin embargo, los análisis del grano y huesos de la Motilla del Azuer indican que los alimentos se obtenían del cultivo de cereales y del mantenimiento de rebaños de ganado (vacuno, equino, ovino y caprino) que se complementaba con piezas de caza menor como de conejos, liebres y jabalíes.

Con indicios limitados, es seguro que estas comunidades tenían armas de metal: se han encontrado algunas puntas de flecha y puñales con roblones en las motillas de Los Palacios, El Acequión y Santa María del Retamar. En la motilla de Azuer se encontró un crisol, lo cual indica que se trabajó el metal, pero, todavía no está claro hasta qué punto la metalurgia era un factor real en la economía de las motillas.

A primera vista, parece que las motillas cumplían una función defensiva además de hábitat, sustento de agua y almacén de excedentes y su estructura impresiona como que la construcción era progresiva generación tras generación.

Los potenciales enemigos podían ser grupos desconocidos de territorios lejanos o que hubiera enfrentamientos entre los habitantes de los asentamientos situados en altura (castellones) en las montañas cercanas, incluso se puede postular que cada motilla no siempre podía mantener su sustento y tal vez obligaba a algunos grupos a defenderse de los asaltos de sus propios vecinos hambrientos.

Así (Clementina Díaz de Ovando† et al.), pensaba en la posibilidad que los poblados en altura ofrecieran protección al llano a cambio de parte de sus excedentes, pero en tiempos de escasez podían dejar de ser simbióticos y atacaran a las motillas arrasando sus reservas.

En resumen, son muy pocas las conclusiones que podemos sacar de momento. Es indudable que las motillas eran lugares muy fortificados. Sus comunidades se refugiaban en las torres (la parte más alta de la construcción que parece una torre y que hace que algunos autores las llamen Las Torres de la Mancha) (fig.5), pero también tenían casas situadas fuera de las fortificaciones.

Sentían mucho respeto por sus antepasados y sus orígenes, ya que enterraban a sus difuntos dentro de sus casas viviendas (fig.6) (como curiosidad, una costumbre idéntica a algunos pueblos precolombinos a pesar de la distancia y desconocimiento mutuo). Su modesta economía agrícola prevaleció durante todo el periodo de ocupación. Sin razón obvia conocida, las motillas fueron abandonadas o quizá destruidas antes de que empezara el Bronce Final (1.300-1.200 a.C).

Finalmente, algunas de ellas fueron nuevamente ocupadas en la época iberorromana, como es el caso de la Motilla de los Romeros en Alcázar motivo por el que se hacen hallazgos datado tan cerca como 120 a.C.

A buen seguro, que poniendo atención a lo que se busca, un simple paseo por los alrededores de Alcázar haría aflorar, incluso por el más ajeno a su existencia, más de una y más de dos motillas. Excavarlas, si, evidentemente, aunque el momento que vivimos es difícil incluso para la subsistencia, porque buscar la gloria de nuestros antepasados y poner en valor lo que esos hombres aportaron también es importante.

La historia evidentemente que no se come, pero su conocimiento nos ayuda a mejorar como especie y a no lapidarnos. Como decía Paul Preston "Quien no conoce su historia está condenado a repetir sus errores". De todos modos, adelante, sólo es un paseo y advertir cada montículo, cada elevación del terreno. Algunas, ya completamente enterradas, no dejan ni montículo.

Con el tiempo, las gentes se asentaron de otros modos, siempre buscando suelo con agua y tierra fértil, pero es posible que alguno de esos asentamientos pudo ser el embrión de lo que hoy es Alcázar.

Chindasvinto.

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